Revista Viajero N° 5 - Mayo 2005




Límites y excesos


Me
excedo
con los
excesos.
Me
limito
a los
      límites.
Mi
     fin
es eliminar el
                    final.

Mi
fin
es
   exceder
los
límites.
Mi
   final
será
     limitar
los   
   excesos.

Vivencia y supervivencia


Principio
claro
brillante
cuasi pegajoso.

Colores
calientes
¡colores!,
             gloria.

Vida cos sus
  senderos, caminos.

Violeta
círculos tiempo.

Senderos
blancos nos llevan a lo negro.

Senderos
              negros
nos llevan a la
                       nada.           

Reloj
arena.
De la
        vida
a la
     muerte.
De la muerte 
                   ¿a?

Victoria Salsa











Lo más maravilloso en la vida, ¿es vivir?
Que pregunta, pero creo que nadie se habrá puesto a pensar o a reflexionar.
Muchos se preguntarán, ¿qué es la vida?
Es más, a mucha gente le pregunté qué era la vida y mi reflexión es esta:
La vida es lo más maravilloso del mundo, lo mejor que nos pudieron dar es "estar vivos". Gracias a la vida tenemos amigos, familia, alguien en que confiar, alguien a quien amar.
La vida es hermosa, te da todo, pero hay que trabajar mucho para conseguir lo que queremos, lo que somos, lo que que­remos ser, lo que tenemos, etc.
Hay que saber disfrutar la vida, porque es una sola y es corta; y uno no sabe cuando va a terminar, Por eso hay que vivir día a día el presente.
No hay que pensar en el pasado porque ya pasó. Lo que sí, tenemos que acordarnos de no hacer de nuevo lo malo de ese pasado. Todo es experiencia ¿no? Pero lamentablemen­te vivimos del pasado y no nos damos cuenta del mal que nos hacemos, y no sabemos valorar lo bueno del presente. La verdad, no se porqué escribo esto, si también es injusta la vida.
Sí, es injusta, como por ejemplo, ¿para qué la muerte? ¿Por qué la muerte?
¿Por qué es tan dura?
¿Por qué cuesta tanto superarlo?
Pero lamentablemente es algo en la vida que nos va a pasar a todos.
Se podría definir como un camino sin regreso, ¿no?
Yo a veces me pregunto, ¿adónde vamos después de la vida?
Que pregunta!!!
Creo que todos se lo preguntaron o preguntaran. Es algo que nunca nadie va a saber, nadie nos va a poder contar. Queda en nosotros creer, en nuestra fe. Es muy raro, me carcome la curiosidad. ¿Cómo puede ser que nadie sepa? Es un misterio, un gran misterio.
Yo solo sé que las personas nunca más van a volver, aunque cueste, hay que aceptar que las personas no van a estar más con nosotros en esos momentos malos o buenos, y que no estarán más cuando más las necesites, para pedirle un con­sejo, un abrazo o un beso.
Esas personas solo van a quedar en el recuerdo, en una foto, una filmación, una carta, en el "corazón".
Cuando necesitemos a alguien en quien confiar y no encon­tramos esa persona, solo hay que mirar las estrellas y hablarle a la más grande y brillante. Porque aunque piensen que soy una boluda que sueña mucho, que no piensa en la realidad, están muy equivocados. Porque si en la vida no soñamos, la vida es un cagada. Hay que soñar y pensar en los que ya no están, con el mejor recuerdo, con todo lo bueno que tenían.
A mí me pasó y es algo muy feo. Me paso con una de las personas que más amaba (sigo amando) en la vida: mi abuela. Siempre estuvo en mis momentos malos y buenos, siempre con una sonrisa, siempre feliz y contenta. Con su humor trataba de alentar a los demás. Siempre pensando y buscando la comodidad para los demás. Tenía un corazón inmenso. Era una persona llena de vida, con muchos proyectos para todos, buscaba la felicidad con lo mínimo que fuese. Era una de las mejores personas que conocí en la vida. Siempre la voy a recordar por su sonrisa y su forma cariñosa que tenía al dirigirse a mí: con sus chistes y comentarios. Gracias abuela por todo lo que me diste y me seguís dando.
Pero, ¿por qué se van las personas?
¿Por qué te fuiste abuela?
No te lo merecías, vos estabas bien. ¿Por qué pasó lo que pasó? Yo te había ido a ver y estabas bien.
Nadie puede entender el porqué: fue de un segundo al otro...
Pero bue... yo, de lo único que me arrepiento es de no haber podido demostrarte todo lo que te amaba y quería., todo lo que sentía por vos, de la gran admiración que tenía hacia vos, por todo lo que hacías por los demás, por tu simpatía, tu dul­zura, etc.
A veces tengo miedo, miedo de olvidarme de vos, de los recuerdos, no sé porqué. Tengo miedo de no poder recordar todas las cosas que hicimos juntas y de todas las cosas que me enseñaste, etc.
Espero que sea algo equivocado esto. Pero no sé, a veces lo pienso y trato de que sean falacias que aparecen para ponerme a prueba: de que, no sé. Pero esto me lo dicta el corazón.
Pero sabes, yo se que estas bien ahí donde estas. Porque tu corazón está con toda esa gente que lloraste por mucho tiempo; te encontraste con esas personas, ¿no? ¿Cómo es allá arriba?, ¿cómo te tratan? Yo sé que estás bien por que te estás encontrando con tus amigas y familiares. También sé que desde arriba, vos nos cui­das mucho y nos proteges.
La verdad abuela, es que yo hablo con vos. Y siempre me ayudaste cuando te lo pedí. Por eso quiero decirte que te extraño mucho, y nuevamente gracias por lo que me diste y me enseñaste.

Agustina Recchini
agusrecchi@hotmail.com












Viene y va


Implacable,
siempre viene y va.
De un lado a otro,
como agonizando,
pero viene y va.
Solo,
innumerables veces,
siempre viene y va.
De lar en lar,
de hendijas en hendijas,
perturbando,
siempre igual
pero viene y va.
De hogueras en hogueras,
como acariciando la alameda,
siempre viene y va.
Mezclándose,
con el verde, arenal
parece que estuviera inmóvil,
pero igual,
viene y va.
N o sabe de suerte,
nostalgia ni recuerdos,
siempre está,
igual viene y va.
Aunque silben ven las pavas,
sobre amores hechizados,
crueles y apasionados,
siempre está,
pero igual viene y va...

Luis Romero













El bosque


El óleo se recortaba cubriendo casi en su totalidad una de las paredes de mi habi­tación; lo había pintado mi bisabuelo sobre la pared misma y todavía sobrevivía indemne a la humedad y a los años.
Me acompañaba desde siempre y significó el berretín más grande de mi infancia, al insistir día tras día en descolgarlo de la pared. Conocía cada pincelada del cua­dro y todos sus detalles.
Cuando era pequeña, aterrada por alguna pesadilla, solía ver en alguna parte del cuadro, una figura que me consolaba y en cualquier momento podía volar y perder­me en sus rincones.
Pasaron muchos años desde mi infancia y el óleo de tan cotidiano y conocido des­apareció a mi mirada, y dejó de ser diferente a los mueles, la ropa, la cama. Confundido con los objetos, se desvaneció en el olvido.
Pero esta noche he vuelto a observarlo detenidamente:
Luminosos rayos de sol atraviesan los distintos verdes, verde profundo de las hojas caídas sobre el verde musgo de la hierba en la tierra. Rojo ladrillo el camino, escon­dido entre sombras, conduce hasta el manantial de agua clara y cristalina, el agua corre desgastando rocas antiguas sin lograr cambiar su curso. A un costado, man­tiene la puerta entreabierta invitándome a entrar.
Sí conocía ese cuadro de memoria y a la perfección.
- Pero, ¿qué es eso? Ese punto blanco en el cielo, nunca estuvo allí. ¿Quién pudo haber osado manchar el cuadro del bisabuelo? ¿Qué es eso?
Me acerqué ofuscada, furiosa y pude comprobar que la mancha blanca en el cielo del cuadro era un chicle, que estiré sin lograr despegarlo; en mi tercer intento, el efecto rebote del chicle me sumergió en las profundidades de un cielo tumultuoso, aterricé en una nube que a la velocidad de la luz me condujo hasta otro lugar y caí torpemente sobre la calle de adoquines.
A mi alrededor, la construcción del lugar impedía divisar horizonte alguno, todas las paredes eran grises y altísimas, por lo frías parecían de acero, no tenían venta­nas - era lógico, pues no había otra cosa que mirar otra pared -, lo más extraño eran las puertas, unas eran tan altas como el edificio mismo, tan altas que se perdían en el infinito; otras en cambio eran pequeñitas, tan chatitas que casi desaparecían, y en algunos edificios una flecha indicaba el subsuelo y las puertas estaban bajo tie­rra. No había otra cosa en el lugar, no había animales, ni automóviles, ni carteles de propaganda, nada, absolutamente nada más que edificios grises y adoquines en las calles.
Un frío desolador recorrió mi sangre. Perdí la noción del tiempo recorriendo las calles, buscando una salida, como en un laberinto algún camino conduciría a la salida, debía encontrar el bosque.
Vencida por el cansancio me quedé dormida. Al despertar, la noche en aquel lugar era la noche más oscura de toda mi vida.
Una a una se fueron abriendo las puertas y de las mismas salieron hombres peque­ñitos y chatitos de las puertas pequeñitas y chatitas, hombres gigantes de las puer­tas que se perdían en el infinito y de las puertas bajo tierra salían hombres que se arrastraban como serpientes.
Un grupo se acercó rodeándome y alguien preguntó: - ¿Cómo te llamas?
- Esperanza, respondí.
Todos estallaron en sonoras carcajadas. Entonces pregunté: - ¿Y tú, como te llamas?
- Ego, me respondió.
- ¿Y tú?
- Ego, dijo.
- ¿Y tú? Volví a preguntar.
- Ego, dijo también.
Un grandote se abrió paso diciendo:
- Todos aquí nos llamamos "Ego", pero yo soy el más grande y el único tan talen­toso, y como verás el más apuesto e inteligente, y el más simpático y...
y así continuó, lo demás aburridos se fueron alejando, pero como ni siquiera se dio cuenta, se quedó hablando solo.
Otro hombre que se había acercado se presentó y dijo:
- No le hagas caso, siempre habla de esa manera, él se cree todo lo que dice, pero no es cierto, porque el mejor soy yo...
y así continuó igual que el otro durante horas.
Entonces decidí acercarme a un hombre pequeñito, que me dijo:
- No, no vale la pena que te acerques a mí, porque yo nunca sé nada y seguro que si contesto tus preguntas, voy a estar equivocado.
Me alejé y le pregunté por la salida a uno de los hombres serpientes y no me contestó.
Un anciano, ni muy grande ni muy pequeño, acotó:
- Nunca te contestará, esta encerrado en sí mismo, no puede escucharte
- ¿Por qué están bajo tierra?
- Son los suicidas, nadie puede ayudarlos, se esconden en la tierra para no hablar
con nadie.
- ¿Y tú, quién eres?
- Yo, soy tu bisabuelo.
- ¿Cómo? Por qué me has traído a este lugar tan horrible, tú que siempre me acompañaste con la belleza de tu bosque.
- Pequeña, yo no te he traído hasta aquí, tú vives aquí, has vivido aquí desde que dejaste de volar en mi bosque.
- No entiendo.
- Pinté el bosque en tu cuarto para que jugaras con tu imaginación y fuera tu fantasía de niña. Pinté el bosque para que salieras a buscarlo de grande. Tú olvidaste mi bosque, en colores desleídos, mi bosque se convirtió en tan solo un cuadro.
- Perdón, sigo sin entender.
- El bosque, la belleza de la vida, la vida que quieres, tienes que verla, tienes que
buscarla, creer que es posible para hacerla tu realidad. Yo no te he traído hasta aquí. Eres tu propia carcelera, has olvidado quien eres, Esperanza, debes creer que el bosque existe para ti y podrás volver a volar en él.
Todo a mi alrededor empezó a girar y girar a gran velocidad.
Recostada en mi cama, tomé el vaso de agua de mi mesa de luz y bebí un poco. El agua era fresca y clara como agua de manantial, con el perfume a fresias y menta del bosque.
Observé el frasco de veneno y sin dudarlo lo vacié en el lavabo del baño. Le di gracias al artista que hace posible la vida en un cuadro.
Preparé mis valijas y me marché en busca de mis sueños, a encontrar mi bosque.

Liliana
lreineri@speedy.com.ar












Hoy


Hora de deshonra
con susurros escondidos,
donde tu amor ausente
permanecer no ha podido!

Has robado mi pasado
has robado mi futuro,
hoy solo somos extraños
que acabamos con los años
de pasión!
Hoy ya solo nos aterra
que fuera tan mío y tuyo.
Hoy somos solo
dos heridas
que se cubren
con las manos
desgarradas y apretadas
ocultando sus medidas!

Yolanda Ada López












Los tiempos de la Internet 


Les voy a contar una historia muy triste para mí y no quiero que me juzguen por mi sensibilidad, pues creo que yo hacía mucho bien a la sociedad; y todos los soñadores que buscaban la felicidad me adoraban. Ahora todo cambió.
Mi vida estaba llena de momentos alegres, era feliz ayudando a la gente, brindán­doles amor y acelerándoles el corazón.
Recuerdo una mañana de primavera, que me llamó la atención una hermosa joven recitando una poesía al viento, a la sombra de un árbol. Era el más hermoso y sencillo poema de amor que jamás había oído (todavía creo que no escucharé nunca nada igual)
Pero mientras lo leía, inundaba sus ojos con tristes gotitas de amor.
Fue por eso que me propuse investigar para quién estaba dedicado ese poema. Pregunté en el cielo a todos los arcángeles y ángeles, hasta que encontré a uno al que le gustaba mucho husmear a la gente y me contó sobre el afortunado.
Era un compañero de colegio de ella. Siempre estaba hablando sobre el amor de la joven, aunque no se animaba a confesárselo. Estaban mutuamente enamorados y ninguno sabía de los sentimientos del otro.
En ese momento me di cuenta que tenía que intervenir, agarré dos de mis mejores flechas, mi arco y fui a buscar a esas dos almas enamoradas.
Cuando los vi hablando, juntos, les disparé bien el centro del corazón. Desde ese instante, quedaron unidos por el amor y la pasión.
Como éste episodio hubo millones. Formé infinidad de parejas. Pero ésta unión la recordaré siempre, porque fue la última que logré.
Desde que apareció la Internet, la historia es otra. Ya no tengo trabajo. Ya no puedo disfrutar la felicidad de ver a las personas enamoradas por mi culpa.
Ahora se conocen por Internet y no se acuerdan de mí. La gente piensa que una relación se puede formar sin hablar personalmente. Yo conocía los gustos de las personas y armaba parejas que pudiesen compatibilizar. Con esto de la Internet es todo más vano, no existe persona que le importe los sentimientos. Solo ven (qui­zás) una foto, hacen un par de preguntas idiotas y creen haber encontrado a su alma gemela. Y esta es la visión del amor que tienen.
Me duele mucho haber terminado así. No tanto por mi trabajo; sino porque el mundo, de a poco, se está quedando sin amor.

Jonatan
jony87@hotmail.com





Revista Viajero N° 4 - Marzo 2005


Mi valentía

Mi valentía se hunde.
Se hunde en mi mar de lágrimas,
en mi tristeza.
Es como si esta lluvia de diciembre
fueran mis lágrimas.
Mis lágrimas saladas como el mar,
que caen gota a gota
sobre mí.
Siento mis lagrimas caer
y se confunden con la lluvia.

Siento una pureza,
que abre mis sentidos, mis sentimientos.
Los abre lentamente
y se mojan con la lluvia;
y se sienten enternecidas,
bajo esa brisa de lluvia cálida que cae.

Quiere salir el sol
y al reflejarse en mis lágrimas,
se forma el arco iris,
que levanta el ánimo
y empurece a mis sentimientos,
que quieren salir
y estar libremente.
Bajo ese cielo anaranjado,
que tanta ternura les da,
y esa valentía,
crece cada día más.

Agustina Recchini
agusrechi@hotmail.com












El amor (1)

Comienza una historia bella por demás, la misma que algún día ha comenzado en las puertas de otro corazón, la que todos aclaman y desprestigian a la hora de soñar, cuando la vida se vuelve absoluta, en la pura distancia sentimental.
Ya lo hemos visto así, una lágrima riendo encuentra su camino un día normal, se desliza innecesariamente o como si nada pudiera evitar, como si la única esperanza de hechizo salvador estuviera en esa acción imprecisa de amar, como si la vida por un momento dependiera de esos hilos delgados que nos dan la libertad, y entonces no lo dejas pasar.
Acaso permito reconocer en el tiempo estas historias que sinceras llegan a verse enfrentadas con una suerte de medicina elegante que ahora y nunca nos quiere saludar, que invierte sus ansias en la piel de la hermosa suavidad mental, un corazón casi ausente se cree protagonista del momento preciso donde las olas se convierten en mar, y quedan totalmente fusionadas con una espesura que a veces es cristal, a veces son alas del mal.
Sabemos que se habla de un registro donde encontramos huellas existentes de años atrás, que sin darnos cuenta vamos dejando pasar, quedan sepultadas en un cielo distinguido que nos suele calmar, y una tormenta incalculable interrumpe ilusiones en vano, nos reencuentra con la fortuna de lo indeseado. Y creo nombrar parte importante de un amor corriente que nos suele atrapar, ese período hermoso de sensaciones particulares que aún así costaría mucho pronunciar, el vuelo de un ave en un amanecer coloreado nos podría de ayudar, un mundo hermetizado por esa quietud espacial que solemos interpretar con gran suavidad, con poca dificultad.
El amor, quien lo diría, tan insolente y necesario, inquieto e involuntario, las rosas que nos humedecen el alma por esos minutos que abandonan su recorrido exacto, que mecen en su instinto un delicado y profundo goce de lo impensado. y al final, se convierte una estrella en el desierto que nos verá desencontrar, en ese justo mecanismo que en algún lado nos engañó, que sin quererlo nos depertó, y en el mejor o peor momento de los sueños algo ya no nos complace, no nos acompaña en este viaje complicado y distraído de la vida, y los besos que resbalaban en la piel, que acariciaban sonrientes la brisa del amor, se convierten en llanto delicado que nos decepciona conscientes las armas de la mente, y casi diría que hemos caído en la verdad de los hechos, e insignificante la pena que nos rodea, vuelve y profundiza, se escapa y lamenta.
Y en la parte final, la historia que suele recordamos a libertad, nos duele en pun­tuales instantes de la eternidad, en una vida que nos quiere y a veces se hace rogar, en un destino que se paraliza cuando se interpone lo inhabitual, cuando sin quererlo te enamoras de lo que luego te irá a dañar, si claro, tu solo lo eliges y duermes, lo llamas y huyes. Y no sería confuso de evitar, no creo en la cien­cia inolvidable de la soledad, por eso volvemos a hallamos en el amor, el único punto de encuentro con nuestro lejano interior, con la risa del llanto que nos espera impacientes por demás, motivo por el cual lo volvemos a intentar, caemos en esa búsqueda que nuevamente nos verá comenzar, en ese amor que anhelamos para volver a soñar, para volver a llorar. ..

Esteban










Cuestiones surrealistas

Si los grandes artistas
duermen detrás de sus colores:
¿Por qué he de evitar
la locura que comparto
con el deseo de encontrar
un marco que me encierre
en plena diversidad?

Inocencia

No era mi intención más sincera
conquistar a ese pequeño mundo
plagado de llantos en cautiverio
sin misterio alguno.

Apocalipsis

Y sobre tantos espejos
pintarán cielos ocultos
abrazados por temibles paisaje
de naves y surcos.

Juan Francisco Garibaldi












Los sesenta 

-¿Qué pensás de las relaciones prematrimoniales? le preguntó súbitamente en un rapto de audacia a la hermosa adolescente sentada frente a él en una mesa del bar "La paz". Mientras ella improvisaba una argumentación inte­lectual para salir airosa de esa inesperada y deseada pregunta (era la época del comienzo de la ruptura definitiva del tabú de la virginidad, de la revolu­ción sexual a la luz de la emancipación de las juventudes nacidas después de la segunda guerra mundial, la época del "flower power" , el mayo francés y el rock). Miró a su alrededor para comprobar que nadie los estuviese obser­vando, o por lo contrario, confirmar su fantasía de haber sido escuchado por todo el mundo. Las mesas estaban ocupadas por gentes que pensaban pausa­damente en voz alta, que ejercitaban su capacidad crítica y esgrimían su jerga sesentista, que utilizaban los lenguajes marxistas y psicoanalíticos en boga para pensar la realidad o interpretar la última película de Buñuel, Truffaut, Antonioni, Fellini… que acababan de ver en El Lorca, El Losuar, El Lorreine o cualquiera de los cines de películas de autor de la calle Corrientes. Se palpaba un goce por el pensamiento, por el descubrimiento, el asombro, por la conversación nutrida con las lecturas de los autores del momento:
Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa...
Había una sensación de novedad permanente flotando en el ambiente, sacudido por las exposiciones del Di Tella, por la Menesunda de Minujin estre­nándose para escándalo de las clases conservadoras. Como un Aleph intelec­tual, todo lo nuevo convergía para suceder en ese aquí y ahora, típica expre­sión de la época.
Lajovencita encendió un Parliament y terminó su sinuosa reflexión sobre las relaciones prematrimoniales, que sonaba a promesa racionalizada de goces irrefrenables, sonrojada se excusó levantándose para ir al baño. Lucía una cortísima minifalda color turquesa, la prenda femenina que estaba revolucio­nando el mundo con su insolente sensualidad. Ella miró caminar con deseo orgullo, se sentía dueño del universo futuro conquistador de ese inquie­tante continente situado entre las sensuales piernas de su amiguita.
El tiempo implacable borró esas imágenes. La década del 60 se marchó rápi­damente las consignas combativas invadieron el paisaje desalojando a la intelectualidad crítica y soñadora del liderazgo. Había que pasar a la acción proclamaban los nuevos líderes incitando a los jóvenes, mientras el cielo se saturaba de nubes plomizas, presagio de tormenta. La guerra comenzaría, los poderosos señores decidieron apresurar el final.

Andaluz












La caída

             dedicado a mi amigo Lucio Humberto Loayza 
Lo mejor para templar a los hombres,
es caer otra vez derrotado,
no interesa que la gente se asombre,
ni las causas que lo hayan provocado.

Caer no es lo más grave, aunque parezca,
sufrir, desesperar, ser humillado,
todo ha de pasar cuando el prestigio crezca,
y surjas otra vez reivindicado.

Es justa y razonable la caída,
de un hombre que procura la certeza,
que sabe demostrar que tiene vida,
que juega en un momento su cabeza.

Es signo elocuente de valor,
salir al peligro a hacerle frente,
aunque pierda un instante el contralor,
que lo saque de su sitio de repente.

Que fácil!..., triunfar sin rebeldía,
dejando que harto nos humillen,
que todos nos hagan porquerías,
y solo las infamias siempre brillen.

Sería estar subido a un pedestal,
de fama y falsa gloria inconmovible,
que ésta supeditada a algún puntal,
que buscan los negados e inservibles.

No importa caer, mi amigo,
es casi un galón, que condecora,
tu temple de varón franco y altivo,
es signo inesperado en esta hora.

Que todos se arrodillan y flagelan,
la mente de ineptos consumados,
tan solo ser esclavos es lo que anhelan,
amargos, que vegetan doblegados.

Caer es preferible, es evasión,
es volver a reencontrarse en uno mismo,
es signo de franca evolución,
salvar a la moral del cataclismo.

Lo importante es poder recuperarse,
levantarse nuevamente tras el golpe,
estar en la batalla y prepararse,
que digan lo que digan, nada importe.

Después tendrás ejemplo y experiencia,
caer una vez mas no te hará mella
son cosas de la vida, consecuencias,
que marcan en la senda nuestra estrella.       

Domingo L. Lopito













Trozo de agua


Hace un rato
fui un trozo de agua.

La luna flotó en mí como un ojo
y algunos animalitos me bebieron
mientras yo pronunciaba sensualmente
la palabra "desierto".

Las ruinas del agua
son los sueños
y los alfileres más brillantes.

Alguien me llamó cielo
y yo le expliqué que estaba confundido,
pero no me entendió:

es difícil jugar con la fealdad.













Petalandia

Petalandia es un bello reino, tan bello que no existe ningún otro lugar en el mundo que tenga su hermosura, seguramente no lo conocen, pero vale la pena que intenten encontrarlo.
Mientras tanto voy a contarles su historia.
Esta es la historia de un reino muy pequeño, con gente maravillosamente buena, que lo hace aún más hermoso. Está en medio de un bosque con árboles de todos los tamaños y colores, con pájaros que aman cantar y gente que ama escucharlos. En él se encuentran las flores más hermosas del pla­neta.
En verdad son las más hermosas, porque son muy grandes, tienen colores brillantes y su perfu­me es mágico. Dicen que tan sólo con olerlas, se descubren los sentimientos más lindos, y el cora­zón se llena de felicidad.
En Petalandia todos las aman, y las cuidan como si se tratara de niños. Aquí, las flores se abren juntas, todas el mismo día y en el mismo momento, ese día es el 21 de setiembre a las 00 hs., así lo han hecho siempre. Esto marca el inicio de la primavera y todos se reúnen en el bosque para espe­rar el gran momento. Siempre lo hacen de la misma manera: están sentados en silencio, con velitas encendidas en sus manos, luego llega la Reina Margarita, se sienta en su sillita dorada, y esperan juntos ese mágico instante. Cuando se produce, estalla un gran aplauso; y aunque ya lo han visto muchas veces, siempre se emocionan. ¿Se imaginan miles de flores gigantes, abriéndose al mismo tiempo, con colores brillantes y un perfume que les envuelve el corazón? Esto emocionaría al más malo del planeta.
Luego de la ceremonia se da inicio al gran baile, y la encargada de hacerlo es la Reina Margarita, que elige a su compañero entre todos los presentes, y así comienza la gran fiesta que dura un día entero.
La reina es hermosa, parece un ángel caído del cielo, con sus cabellos castaños y su delicada piel; siempre usa vestidos de algodón blanco, nunca se pone joyas, solamente se coloca su corona de flores una vez al año, para el gran baile.
Además de su hermosura física, tiene un alma tierna y bondadosa, dicen los que la conocen, que cuando te mira lo hace con el corazón.
Pero hace un tiempo atrás, llegó al lugar el malvado conocido con el nombre de "Envidioso", y lo primero que hizo fue ir a buscar a la reina y dirigirse a ella diciéndole:
-Finalmente ha llegado tu príncipe, he venido a pedir tu mano, para llevarte a mi reino; ya es hora de que dejes a todos estos tontos con sus horrendas flores.
Margarita no podía creer lo que estaba escuchando, su respuesta no se hizo esperar y lo echó a los gritos diciéndole: "prefiero morir antes que ser tu reina".
Envidioso se fue del lugar enfurecido, aclarándole que se vengaría por el desprecio, y que aún no conocían todos sus poderes. Margarita, que era muy valiente, le hizo "fuchi" "fuchi", y lo sacó
a patadas del reino.
Nunca se supo nada más del villano, y la vida continuó sonriendo en Petalandia, hasta que llegó nuevamente la ansiada estación de primavera. Todo se realizó en la forma acostumbrada; pero esta vez cuando estaban esperando el momento de apertura de las flores, y ante los ojos asombrados de todos, cuando fueron las OOhs, nada ocurrió, ninguna flor se abrió. El silencio más triste envolvió al bosque y se quedó allí.
Todos comenzaron a llorar desesperados, era increíble lo que estaba sucediendo, jamás había ocurrido algo así.
Margarita recordó las palabras de Envidioso y pronto emprendió su viaje, no podía permitirle esta maldad, porque seguramente esto era obra de su "gran maldad".
Contra la voluntad del pueblo, partió en su caballo platinado y cabalgó durante muchos días, hasta llegar al reinado de Envidioso.
Lo buscó y cuando lo tuvo frente a frente le dijo:
-No puedo creer lo que has hecho, te exijo que repares el daño ahora mismo.
El estalló en una gran carcajada y le contestó:
-Eres muy graciosa, cásate conmigo y terminamos con el problema.
-¡Eso jamás, nunca lo conseguirás!
- Ya lo veremos... ¡Guardias, enciérrenla en la torre hasta que cambie de opinión! y la encerraron.
En Petalandia la gente empezó a enfermarse de tristeza, sin flores y sin su reina, no sobrevivirí­an mucho tiempo. No sabían cómo rescatarla porque nunca habían salido del lugar, ni tenían con qué hacerlo.
Mientras tanto, Margarita seguía encerrada, sin fuerzas, ya no tenía salida, era necesario buscar un final para tan fea historia.
Por las noches lloraba, se imaginaba a su gente triste y a todas las flores del bosque cerradas.
Tenía que pensar urgentemente en algo.
A la mañana siguiente, la reina llamó a Envidioso y le dijo:
- Te suplico mi rey, que quites el mal a mi pueblo inmediatamente y yo seré tu esposa. Pero te exijo una prueba, deberás traerme una flor abierta de mi bosque, para que yo sepa que has cumplido con el trato.

Envidioso bailaba de alegría. Rápidamente quitó el maléfico conjuro, mandó a un guardia para traer una flor del lugar y ordenó preparar todo para la gran boda.
Unos días después, en Petalandia, la gente asistía con gran tristeza al espectáculo de apertura de las flores, y entregaba al mensajero, la flor más grande y hermosa, con el deseo de poder recuperar a su reina.
Mientras tanto, en el reino del malvado, todo estaba listo para celebrar la gran boda. Sólo esperaban la llegada del enviado.
Cuando éste llegó le entregó la flor a Margarita, ella sonrió porque su pueblo estaba a salvo; entonces miró a Envidioso y le dijo:
-Mi rey, te pido que aceptes esta flor como muestra de mis sentimientos hacia ti, deseo que pongas en ella todo tu amor.
y como en el corazón del malvado sólo existía odio, en el momento en que tomó la flor, se pin­chó el dedo con una gran espina.
Ante el asombro de todos los presentes se convirtió en un cactus, de esos que pinchan por todos lados.
Margarita volvió a su reino y todos festejaron su regreso.
Ella descubrió que todos tenemos poderes, el poder está en el corazón de cada uno.
Si te encontrás frente a un cactus, recordá no pincharte con las espinas, porque puede tratarse del malvado Envidioso.
¿Sabés por qué los cactus tienen flores tan hermosas? Porque Margarita sintió pena por él y se las colocó para que la gente se le acerque y no se sienta tan solo.
Después de escuchar esta historia: ¿No tenés ganas de conocer Petalandia?
Buscála, tal vez está más cerca de lo que vos te imaginás. Y por qué no, en tu propio corazón.

Flor Marina









Revista Viajero N° 3 - Noviembre 2004



La noche interminable


Es una noche que vuelve, que no termina de ser y aniquilarse para dar paso al nuevo día; que es convocada por acciones mínimas: el sonido de un avión, un portazo, el aullido del viento en una tormenta, ciertos fulgores del crepúsculo. Una noche atravesada por alucinantes trazadoras buscando su frágil objetivo, y obuses fragmentando piedras, huesos y tripas; devorando el aire imprescindible. La mierda, el sudor, la cordita y el olor del metal caliente son los perfumes dominantes. Y el estruendo y los gritos desesperados. Luis trata de ordenar sus percepciones para zafar de esa noche, para ser otro, para vivir, y salta de pozo en pozo para escurrir su cuerpo de la muerte próxima. Los obuses cesan y sólo se escucha el tableteo de las ametralladoras y la seca detonación de los fusiles automáticos; Tomás dispara hacia la noche y Luis se arroja junto a él y abre fuego, son minutos apenas los que permanecen echados en la tierra codo con codo, pero son suficientes para ver cómo varias siluetas acechantes caen y para no convertirse en blanco del fuego de las ametralladoras británicas, se ponen de pie y corren y vuelven a echarse en el barro y de nuevo disparan. Repiten la operación hasta que los obuses vuelven a caer, corren hacia atrás, Tomas tropieza y el obús cae directamente sobre él, la fuerza de choque golpea a Luis en la espalda y lo eleva un par de metros, cae y luego de unos momentos cree escuchar los lamentos agonizantes de Tomás pero sabe que éso es imposible, como puede se pone de pie y comienza a correr por alejarse, por salir de esa noche templada por demonios, corre, corre por diecinueve años y a menudo cree dejarla atrás pero todos sus intentos son vanos y hoy sabe que la despedida exige un gesto definitivo. Lleva el cañón de la pistola a la sien izquierda, sonríe y presiona la cola del disparador.

Julio Páez




















Niño de la calle

Este niño no es de acá.
me dijo la oscura noche.
No tiene voz, ni recuerdos,
ni alguien, que muerto, lo llore.

Buscando va, entre paredes,
un rumbo que no conoce
y le salpica la cara,
mi luna de caracoles.

Sucias, sus manos y rostro
relucen, cual bellas flores.
De inocencia, va pintada
la muerte, en sus pantalones.

De jirones su camisa,
lo vi temblar junto a un coche.
Brillaban, como sus ojos,
las dos monedas de cobre.

Este niño no es de acá.
me dijo la oscura noche.
No tiene madre, ni padre
y acaso, no tenga nombre.

Lo habrá parido, la calle
que corre de sur a norte.
En su vientre de adoquines,
con pechos, de baldosones.

Y de mamar el silencio,
su sentimiento, hizo bronce.
Con cara de joven, viejo,
sus ojos, penas esconden.

Este niño no es de acá,
me dijo la oscura noche
y lloraba, en el rocío
la conciencia de los hombres.

Ricardo Ángel Moren







Caracol

 
Casi sin darse cuenta y sin prestarle atención alguna, la mujer pequeña, vestida con buzo y zapatillas, pateó el caracol arrastrado por el mar hasta la orilla, en una playa solitaria y fría, abandonada por los turistas en un agosto lluvioso y empobrecido.
Al trote y con los auriculares puestos, llegó hasta el muelle de hierro corroído y cemento desgastado, que el mar se tragaba incesantemente sin lograr desplazarlo, como si fuera una batalla sin tregua y sin razones.
Giró sobre sus pasos en unos pocos metros y volvió, de cara al sol y al viento que la empujaba hacia atrás, como si quisiera advertirle algo.
Menguó el trote y al encontrarse nuevamente con el caracol, observó que no era un simple caracol igual a los demás, tenía un extraño dibujo, formado por algas marinas. Se inclinó para verlo mejor, el dibujo contorneaba una estrella de mar, pero como ya había perdido mucho tiempo en algo insignificante lo arrojó de vuelta al agua.
Fue entonces cuando un remolino surgió entre las olas, fue directamente hacia ella y en un instante, menor que el mismo instante, se la tragó.
Mientras giraba y giraba a gran velocidad, pudo ver pasar, como si rebobinara una película, su "presente" una y otra vez, su presente giraba ... y así era, desde que se levantaba hasta que se acostaba a dormir, e incluso mientras soñaba; su vida sólo giraba sin sentido, pues jamás se detenía, ni a observar, ni a pensar, ni a escuchar.
Vivía su vida, así, tal cual se encontraba en el remolino, era el centro del universo, y el universo giraba a su alrededor.
Quiso escapar de tal situación y decidió subir, no sin temor, girando con el remolino. Subía y subía, pero, no había fin, - era imposible, se dijo- por lo menos tenía que encontrar la muerte, la muerte es el final, pero no, el remolino era infinito... entonces comprendió, era el "futuro" y el futuro es misterio, por supuesto, nada iba a encontrar en él, absolutamente nada.
Entonces decidió bajar, desde el centro, de vuelta en el presente, miró hacia abajo, todo estaba allí, su vida, con todos y cada uno de sus detalles, - i qué bueno! ­Podía reír con sus recuerdos, volver a ser niña o adolescente, sentir con alegría, llorar con las tristezas, revisar sus errores, justificar sus faltas; podía culpar a su infancia y juzgar a los demás por sus fracasos y angustias con mejor criterio y mayor sabiduría. Y también podía bajar a jugar con el caracol dibujado con algas, que había arrojado mar, allí estaba, podía verlo muy en el fondo.
No, no podía, la fuerza del remolino la retenía y no la dejaba bajar, - claro! qué ilusa -, si era el "pasado", podía verlo, sentirlo, añorarlo, odiarlo, pero nunca volver a él.
Entonces, ¿qué opción tenía?, ¿ninguna?, ¿viviría "atrapada" en el presente? Fue entonces, cuando encontró una salida, apretó el botón de Stop, la fuerza centrífuga se detuvo, abrió la puerta, sacó la ropa escurrida del lavarropa y la tendió en la terraza de la casa sobre la playa. Observó el mar, la arena, y HUY! Ese caracol en la orilla parece tener un dibujo, voy a ir a ver, total... la patrona no está! 

Liliana 28-8-99
lreineri@speedy.com.ar

















Cuentos para irse a dormir


El sapo
 
Mi papá me había dicho que no creyera en esas historias, que la realidad no era, pero yo quise besar al sapo y ser mariposa.
Me acerqué a la boca de seda y por mi mente pasó una carroza que llevaba una corona. La boca se abrió seductora y me olvidé de los cuentos las hadas.
Fui pájaro cantor y al cantar cerré los ojos y no necesité inspiración ni musas. Fui gata y con mi piel acaricié la piel resbaladiza y ronroneé hasta sentirme águila. En una fiesta de plumas sobrevolé a los desposeídos del amor y no me burlé porque era todo sentimiento y el resto no existía. No había alturas porque ahí estaba.
Cuando bajé y pisé la tierra rocosa y seca, abrí los ojos, recordé los cuentos, estaba en la boca del león.
 
La rana
 
Estaba la rana sentada cantando debajo del agua, cuando la rana salió a cantar...
La rana cubrió las hojas de ojos grandes y redondos, redondos como la "o" de ojo, la "o" de oscuridad, la "o" de olor. Interrumpió los saltos y se quedó quieta, como esperando un dato más pero el olor solo la llevaba a un tiempo lejano de margaritas y una voz que no recordaba, la voz iba y venía como a través del agua. No supo por qué pero algo le apretó la garganta, quiso sonorizar una canción pero de los ojos salieron lágrimas como burbujas. Y tuvo miedo, tuvo miedo de respirar más hondo para hacer vivo el recuerdo vago, tuvo miedo de que la noche fuera más oscura y cerró los ojos grandes y redondos, redondos como la "o" de ocaso.
... cuando la rana salió a cantar vino el hombre y la hizo callar.
 
Liliana Prystupiuk


















La flor del amor


Un día, un chico llamado Esteban, que paseaba por todos los parques, vio una flor muy especial y quería ponerle un nombre; como no supo cuál ponerle, se la llevó a su casa.
Él tenía una chica que apreciaba mucho. Ella tenía el nombre de Mariza. Esteban era muy tímido, pero una tarde, él se animó a pedirle si quería ser su novia y ella dijo que sí.
Para guardar su cariño por siempre, Esteban pensaba qué hacer; se acordó que tenía una flor en su casa y fue a buscarla. Cuando volvió Mariza, quiso ponerle como nombre "la flor del amor" y desde ese momento su amor fue eterno.

María Victoria
9 años












El tiempo

 
Pasan las historias que algún día sonrieron en mí, pasan los argumentos que sin darse cuenta crecieron en un manto de algodón, en las sombras que sin querer se convierten en la estrella que nos verá entristecer, por la misma energía del andar, por esas cosas que maravillan el paso de una luz desde el vacío hacia el final.
Qué comienzo al retomo, qué vuelta del tiempo nos llevará al lugar donde las rosas cambiaron su color, y de nuevo aquí, en la brisa de un cementerio azulado, en el llanto de una risa sorprendida, en las infantiles batallas de los minutos contra un cielo de elefantes, que arriban en su tumo como una estrofa de mar.
Interesantes las inmensidades de ese océano hacia atrás, las conquistas del mundo en una noche distante y fugaz, lo que diría una eternidad, o apenas infelicidad.
La ternura del olvido hoy nos lleva a encontrar, la sinceridad del fracaso nos mueve de mano en mano cuando se trata de investigar, cuando se quiere buscar, yen esa búsqueda insolente se halla mi destino, de fecundante sabor, y un insignificante giro bloquea la ciencia del tiempo y sus números de azar, los puntos exactos de un ritmo introvertido y locuaz.
Un respiro de aire del presente me suaviza este penoso habitar, un saludo expresivo al pasado organiza en el alma esa fuente de vida que a veces no se quiere mostrar, que cuando el protagonismo necio de las nubes ansiosas se encaprichan por demás, siempre nos volverán a rescatar, y esa lucha podría de perdurar.
Querido tiempo filoso que encuentro en mis ojos en esta noche ocasional, yo valoraría tu esencia si es que a ti me permitieras mirar, si tus lágrimas empapadas de olvido no me dañaran al pasar, y una lluvia mi malestar. Termino mi día reloj con la imagen esperanzada de una carrera ingeniosa sentimental, un recorrido pausado por las hojas que mi corazón alguna vez derramará, por las nostalgias ajenas que se instalan en el paladar, o las propias que sin duda nunca nos abandonarán. 

Esteban


















El Árbol


El árbol, esa maldita estructura orgánica que desarrolla sus dos extremos con idéntica simetría, con la misma fuerza, con las mismas ansias de extenderse y extenderse. Como si quisiera tocar los pies de Dios y los cuernos del Diablo al mismo tiempo. 
El árbol, ese montón de células sin alma que el hombre se empeña en defender, en mimar y en preservar para los hijos de sus hijos. El árbol tiene embelesada a la humanidad, y nadie se da cuenta de que nos engaña con una astucia concebible únicamente dando por hecho que posee el don del raciocinio, o por lo menos, la inteligencia intuitiva y universal que mueve los hilos de la naturaleza, (y yo no tengo dudas de que no sólo existe, sino que también es). Nos atrae con el verde de una sombra acogedora y respira inmune nuestro veneno, nos empalaga con frutos dulces y engalana a enamorados con colores y perfumes, nos deja podarlo y ornamentarlo para que gocemos junto a él momentos memorables. Hasta si le confiamos nombres y secretos, corazones e ilusiones. 
Pero se cobra su precio, todo lo hace en aparente sumisión escondiendo la macabra simbiosis que nos lleva a no poder vivir sin él. Imaginen una tierra sin árboles, imaginen una humanidad sin madera. El árbol nos distrae y nos hace esclavos de su merced con tal que no le prestemos atención a la cara oculta que se muestra en la profundidad de la tierra. Allí es donde mora lo más perverso de su lado oscuro, donde sus raíces pardas y vellosas, sus gusanos ávidos de la putrefacción y de la inmundicia, se alimentan como voraces vampiros nocturnos, buscando algo más nutritivo que sales y minerales. Sondea en la podredumbre de cientos de lombrices e insectos que abonaron el terreno, estiércol, humus y todo tipo de inmundicia. El árbol es el cerdo del reino vegetal. 
El árbol es mítico, como todo lo que sobrepasa el parpadeo de una vida humana, por su existencia centenaria lo hemos convertido en el símbolo de la sabiduría. Dios nos lo prohibió y nosotros lo desobedecimos. Tal vez el bautismo no lava el pecado original, tal vez estemos pagando una vieja deuda con el creador, y tal vez el mismo Jehová, nos haya maldecido por toda la eternidad, dejando que el árbol se convierta en el vengador divino que cobre la ofensa de Adán y Eva, y, como postrera elucubración enfermiza: tal vez Dios mismo no tenga forma humana, sino de árbol. 
Pero por favor, no piensen que odio a los árboles, nada más los conozco a través de mi árbol, (y cuando se conoce a uno...). Créanme, los conozco como ninguno de ustedes lo hace ni lo ha hecho, y estoy seguro de que con el tiempo me darán la razón. En la vida todo es cuestión de tiempo... 
Hay en mi terreno un árbol, y el objetivo de mi árbol, (creo que tengo derecho a considerarlo mío aunque tal vez algún otro lo reclame como suyo), parece ser el de estirarse y estirarse hasta alcanzarme. No me persigue, pero me busca. No me ha tocado, pero lo hará. ¿Hasta cuándo lo veré acercarse sin pausa...? Conozco la respuesta, y maldigo a los que me dejaron aquí abandonado e indefenso a merced del árbol. Si no fuera por mi invalidez, por mi imposibilidad de moverme, lo cortaría sin piedad hasta hacerlo astillas. Deshaciéndolo como tosca en un puño, del mismo modo que él pretende hacer conmigo. 
Pido perdón a los defensores de los árboles, es posible que mi resentimiento no esté bien enfocado, y que el árbol obedezca a la ley de la conservación sin ningún otro fin siniestro más que el de no perecer en el intento por vivir. Después de todo, yo también lo único que deseo es poder vivir. Es que mis seres amados me abandonaron en el momento que más los necesitaba. Me dejaron solo y desmoronándome al lado de un árbol que, si tengo que ser sincero y agradecido con él, será mi último compañero de viaje. ¿Por qué lo hicieron?, no quiero saberlo. ¿Yo habría hecho lo mismo que ellos?, tampoco quiero responderme la pregunta. Ya he gritado por piedad, ya intenté terminar con el martirio por mis propias manos, ya hice todo lo que podía hacer.... menos lo imposible. 
Sé que mi hora se acerca, que quizá el motivo por el cual fui creado esté a punto de cumplirse: mi desaparición por siempre jamás del mundo, el acto supremo al que debe enfrentarse todo mortal. Es por todo lo que me ha ocurrido que es posible, (pero la posibilidad se resume a un dudoso quizá), que posea tanto odio acumulado y lo esté enfocando en la única cosa viva que tengo a la vista: mi verdugo el árbol. Para ustedes un símbolo de vida y esperanza; para mí, de muerte y olvido. 
Lo observo continuamente, mantengo mis ojos abiertos sólo para mirarlo sin pestañear siquiera, y por más que las horas pasen y soy conciente de que debe haber un sol que antecede a la luna, desde que me despertó del lento fluir hacia mi destino, su perseverante y tenaz crecimiento me ha sumergido en una eterna y oscura noche. Lo escucho crecer milímetro a milímetro, rasca, se retuerce y avanza. El árbol murmura cuando evoluciona, gime, suspira y ronronea como un gato acechando la cueva del ratón. No sé si lo percibo gracias a un don, a una hipersensibilidad de mis sentidos desequilibrados, o si simplemente por primera vez me dedico a prestar una cabal, (y aterradora), atención en las plantas. 
Soy menos de la mitad de la persona que era, un guiñapo puro piel y huesos, débil y postrado. Por eso me dejaron de lado los adoradores de la vida, los idólatras del árbol. Ya no tengo fuerzas para respirar y mucho menos para defenderme, lo único que me resta es la autocompasión, y no puedo más que observar con terror cómo se acerca, cómo gana el terreno que me pertenece, estrechándose a mí tanto como puede día a día. Sé que conseguirá su cometido, ya horadó la puerta de madera de mi morada de madera, y me observa desde lo alto con ojos toscos como topo, pero con el sexto sentido que guía a ciegos. 
Es irónico, podría decirse que hasta paradójico. Pensándolo bien, yo estoy encerrado en un podrido ataúd hecho de carne de árbol, y él viene por mi carne de humano descompuesta. Buscando el alimento que le permitirá, un día no muy lejano en su casi eterna existencia, ser la madera de otro féretro al que otro árbol abrazará entre sus raíces. La serpiente de la vida mordiéndose en un círculo sin fin el propio cascabel de la muerte. La revancha del árbol... 

Daniel González




















Huella

Las caricias que rozan la hipocresía
mi paz interna sanará las heridas
mis alas caídas sienten el cautiverio
mi espalda adolorida solo quiere descansar
las manos rotas quebrando
los cristales de mis ojos.

Cambiando emociones por monedas
lanzo mis lágrimas al río
tiemblo como una hoja al viento
vuelo sin sentido el extravío
baña mi alma el rocío
de una noche contenida.
Exploro el aire que respiro
veo entonces el dominio de sus besos
rindo el cuerpo al abandono de mi fuerza
caigo en definitiva al suelo
me atrapa y me controla el miedo
y no sé si es odio lo que siento
no lo sé, tal vez nunca lo entienda.
Gris el cielo, apenas veo
ha de consumirse totalmente el fuego
abrazando el final del juego
veo el aire atravesar el tiempo
sin pensar en esperanzas nulas
sin querer una oportunidad incierta
deseando el consumo lento
de este frágil respirar
y decir hasta mañana
y que el sol me despierte temprano
para verte una vez más
y explicarte quizás un día
lo que significas en mi vida de verdad,
quizá algún día lo entiendas
quizá aquel día no me lo puedas contar.

Matías Gabriel Rodriguez