Revista Voyager N° 8 - Noviembre 2005






Poema

Y qué esta noche, si el tiempo
se toma cuchillo
transcurriendo sobre mi piel.
Si mi único postrero horizonte es
la triste verdad
de esta vieja pared.

Qué hay de mí
agonizando este cuarto donde
Curiosas sensaciones me asisten
y me ignoran
las básicas nociones
temporales y espaciales.

Las sonrisas huyeron despavoridas;
tras hermosos
velos de artificio han expiado.

y qué va a ser de mí!

Sebastián Humberto












El delirio de ser verdad

El fracaso de ser, solo ser.
Un ser que decepciona y alimenta,
juega y perdura,
tiembla y resiste.

Un ser que fluye como el río solo.
Un ser sin fin, sin edad, sin destino.
Alguien sucio lleno de belleza.
Alguien limpio lleno de maldad.

Un ser que delira su verdad,
alimentando la mentira.
Un ser prófugo del corazón,
atrapado por el fuego del amor.

Ese ser guarda rencor de ser humano.
Ese ser no es un ser, sino humano.
Como tal piensa y razona,
pero su locura cotidiana lo traiciona.

Encierra en la mirada jazmines
y mira con ojos de espinas.
Mira como burlando la verdad,
encierra en esa locura la cordura.

Ese ser que no quiere ver,
ese ser ama demasiado.
Un ser así es diamante,
que se oculta y se mutila.

Jonatan

 













      Slade

En Rocaroja


Slade era un hábil mago de magia negra conocido como “Blade el negro”.
Un día, Slade recibió la misión de vencer una gárgola oculta en el castillo en el poblado de Rocaroja, llamado así por la temible bestia que lo habitaba (No es que la bestia fuera roja sino que era roja la sangre de sus víctimas).
Una vez en el sitio, Slade alquiló una habitación en una posada llamada Ojo de Fénix.
-Saludos, buen extranjero.- Lo saludó el posadero.- ¿qué le puedo servir?
-Un té de anti-gárgola.- Bromeó Slade  mientras bebía un sorbo de agua de su cantimplora.
-¡Vaya!- comentó asombrado el posadero.- ¡así que usted es el famoso Blade el Negro!
-Sí, ¿por qué?- preguntó Slade.
-No, no, por nada.
Unas horas después, Slade se dirigía al castillo Dedalus (Ahora conocía el nombre del hogar de la gárgola) cuando se encontró con  el hombre al que  jamás creyó  volver a ver, Nylon Mohán, un amigo de aventuras juveniles. Justo cuando este se daba vuelta para saludarlo, una garra surcó los aires y golpeó en medio del abdomen a Nylon, desgarrándolo al instante.

Atrapado por la cólera, Slade  lanzó el hechizo más mortífero que conocía, él zerpenta metí.
-Snape morpea fallecius centauro ¡Finish!- Pronunció con un movimiento curvado con la mano. La gárgola, afectada por el hechizo, comenzó a desintegrarse rápidamente, cumpliendo con la misión de Slade.
Eso sí, lanzar este hechizo tenia sus costos.
Unos costos mortíferos...

Nahuel Melis
10 años






 


La historia de los espectros que resurgieron de las tinieblas


El granjero yacía muerto en el corral, el potrillo ensillado en la tranquera. La oscuridad era  plena. Todo marchaba según sus planes.
-Llévalo tú, Ignacio- ordenó una voz revelándose entre las penumbras. Ignacio secó torpemente el sudor de su frente y se marchó jadeante. El crimen estaba hecho.

Ajustaron las correas de los bultos y se internaron en el abrigo del bosque. Comenzaba a amanecer; ávidos brotes de sol husmeaban oscuros rincones. Bordearon setos, malezas y juncos; arroyos que serpenteaban vagamente profundas laderas y lechos, caminos salpicados por altos robles y nogales. Cabalgaron durante horas, tratando de evitar contacto con cualquier otro individuo. La cabaña no habría de estar muy lejos. Tenían poco tiempo.
El sol se puso; el cielo nocturno los envolvía sosegado, límpidamente. Se adentraron en los senderos más recónditos, camuflándose bajo la sutileza del vidrio, la ilusión agazapada. Todo parecía cobrar vida: a la distancia, árboles que se confundían con extrañas figuras, el incesante suspiro de una brisa somnolienta  entre las ramas, el aterrador murmullo de las hojas perdidas y…un grito… ese despertar del silencio sepultando gemidos agonizantes, la oscuridad sellando la sutileza del crimen, la esperanza desenredando infiernos, el arte de lo perverso resurgiendo de lo inevitable...
Quedaron paralizados.  Ya era demasiado tarde. Fugaces sombras se escurrieron entre los juncos, como si jugaran a las escondidas. Reían. Sintieron escalofríos que los estremecían gradualmente. Las figuras no paraban de moverse. Reían. Siguieron avanzando lentamente, no miraban hacia los costados. Tenían miedo. Las sombras se evadían de ese mundo incierto, entre pantanos y juncos, para convertirse en inocentes ardillas que se esfumaban bajo la insoluble oscuridad  y un silencio efímero, cuestionado por los grillos bajo azules perdidos. En fin, sólo eran ardillas…
Parecía mentira: años perdidos en soledad y abandono; hipnotizados por amargos rencores, misterios, traición, odio…insolada locura. Decapitando sueños; sepultados en infernales calabozos durante años que parecían eternos. Sus vidas parecían dar un vuelco repentino, como oscuros espectros que volvían a resurgir de las tinieblas…
Cada minuto que pasaba era eterno. Su ansiedad por llegar era cada vez más prematura. De repente, una figura que resurgía entre los robles se abalanzó sobre ellos. Ambos se lanzaron hacia los juncos.
-Llegan tarde- profirió una voz- debemos apurarnos, ya deben estar esperándonos…
Las sombras trepaban los setos, las nubes comenzaban a levantarse,  la imaginación inerte de sus pensamientos se desplomaba en el horizonte. Siguieron al desconocido un trecho, parecía conocer los caminos de memoria. La ineludible palidez de su rostro delataba una personalidad ermitaña, sosegada. ¿Quién era ese hombre? ¿Acaso era uno más?
El camino se tornaba cada vez más dificultoso; se habían apartado del sendero. Caminaron por el corazón del bosque, ceñidos por una bruma espesa y la penetrante crispación del instinto; el puñal del viento acuchillando la inspiración del alba. El cielo se tornaba pálido; pasajeras manchas crepusculares envolvían el horizonte; la inmensidad del cielo vespertino los hacía cada vez más pequeños. Sólo eran puntos: tres puntos que trataban de superar los límites que el propio destino había sido capaz de ponerles a prueba, superar la  barrera  que separa una vida incierta, misteriosa, férrea de…
Un destello de luz agonizante se disipó entre las hiedras. Las horas de oscuridad habían parecido eternas. Pudieron ver las luces de la cabaña parpadeando en el agua. No podían creer haber llegado…
Cruzaron un viejo y llamativo puente, el mismo que el leñador les había predicho poco antes de emprender el viaje. El lugar apestaba a resina. Asediado por numerosos cedros y alerces, un arroyo cristalino zigzagueaba rústicamente los alrededores de la cabaña. El ermitaño golpeó bruscamente la puerta. Nadie respondió. Se asomaron por la ventana y notaron que la mesa estaba servida.
-Será mejor que esperemos aquí, no debe tardar en llegar- dijo por fin el ermitaño, tratando de evitar mirarlos a los ojos.
Se sentaron plácidamente en las escalinatas de la cabaña, acólitos por una bruma enternecedora gravitando aquel mundo desconocido. El lugar transmitía una armonía única, irreprochable. No era más que eso, sentarse y escuchar el silencio…
Abrieron los ojos lentamente. Estaba amaneciendo, un sosegado resplandor naranja impactó contra sus rostros, cerrando las puertas a un ocaso predecible. Se miraron fijamente unos segundos, como si aún no aterrizaran en la dolorosa pesadumbre de la realidad. Se habían quedado dormidos, esto no podría estar pasándoles… La cabaña estaba vacía, no había rastro de nadie que pudiera haber entrado mientras ellos dormían profundamente en lo más remoto de sueños sublimes, pesadillas quizás...
Atroces y singulares crímenes, ¿Qué podría ser peor? Uno más en la lista, un grito, era tarde. El leñador no les había previsto nada de esto; debía haberles dejado algún mensaje, una señal… pero nada de eso habían encontrado. En fin, tenían que seguir su camino. El granero no habría de estar muy lejos…
Los caminos eran cada vez más desolados, el cielo cada vez más despejado…habían acabado el tramo del bosque, irrumpieron en terrenos cada vez más solitarios. Estaban cansados, pero no debían detenerse, el tiempo los sujetaba hasta el cuello. El ermitaño aminoró la marcha, respiraba con dificultad. Su rostro se fue tornando cada vez más colorado, como si alguien lo estuviera estrangulando, pero no había nadie más allí: solo oscuridad, silencio… Con un último esfuerzo tomó un papel de su bolsillo y lo aferró duramente entre sus dedos, al mismo tiempo que un golpe seco y un último grito callaban el silencio. Ellos lo sabían, siempre lo supieron; tarde o temprano sus condenas llegarían, no había escapatoria. De todos modos, nada perderían por intentarlo.
Las luciérnagas acometían vagamente la cúpula infinita. Ensillaron el potrillo en la tranquera y  se apresuraron a llegar al corral. Como lo suponían, era demasiado tarde… jadeando, Ignacio llevó el cadáver hacia el lago.

Singulares crímenes, el granjero que yacía muerto en el corral, la misteriosa desaparición del leñador en el bosque, un ermitaño que yace sepultado en lo más profundo de su soledad aferrado a un mísero papel… Dos sujetos: dos sujetos que marchaban hacia el bosque bregando sus últimas horas, mientras los envolvía, sin pausa, la oscuridad.

Ayelen Illanes
2° premio de la etapa regional en los torneos bonaerenses











Burla a la soledad


Siento la frontera de tu piel,
                                 y hace frío.
El freno de tus ojos a los míos,
                                     y hace frío.

Cómo tratás de ocultarme tu fragancia
y vaciarte de mí. Hace frío cuando
frente al mar te lloro.
Escondo en el frasco del silencio el dolor
                                          y hace frío


Cando junto a la almohada hace frío,
con una frazada
                     lo esquivo.

Danilo











La espera


Era aquel un lugar distinto por su estructura edilicia. Los principales edificios públicos, que se encontraban a lo largo de una avenida de doble circulación, le daban la apariencia de pueblo de paso.  Sus incontables casas estaban dispersas en  manzanas mal dispuestas, debido a  una anárquica diagramación urbana. Solo la inmensidad de la  pampa que lo rodeaba,  unía a Puente Viejo con  los demás pueblos del mundo.
En el fondo de la avenida, ya saliendo de la zona urbanizada, estaba la estación de servicio.  Don Juan, su  propietario, estaba  parado en la puerta.   Los brazos en jarro,  le daban a aquel hombre  una imagen de “patrón” del universo. Su  mirada,  hundida en el paisaje,  vislumbraba, desdibujada y ondulante por el espejismo, una polvareda muy lejana, casi eterna. 
 Se percató que a su  alrededor, todo era silencio, que las campanas de la iglesia no repicaban, porque no había feligreses para llamar, y que el Palacio Municipal  estaba vacío, porque no había contribuyentes, ni concejales para legislar.  La policía no procedía, ni los  jueces impartían justicia, porque no había crímenes, ni robos, ni controversias de ningún tipo. El hospital  estaba sin  médicos y  enfermeras, porque no había enfermos que curar. En los locales comerciales no se exhibían  mercaderías, porque no había compradores. Reinaba la paz en todos los ámbitos de Puente Viejo, porque el pueblo  no tenías habitantes.
 Por un instante imaginó, que la polvareda desdibujada y lejana, se transformaba en gente que poblaba las calles de Puente Viejo. Entonces – pensó - que resonarían las campanas de la iglesia llamando a los fieles, que acudirían a confesar los pecados, que volverían a cometer una y otra vez, que el Palacio Municipal se llenaría de contribuyentes y los concejales legislarían, procurando quedarse con la mayor parte de los dineros del pueblo, pero siempre prometiendo una vida mejor para todos.  La policía reprimiría brutalmente a los inocentes y haría la “vista gorda” con el  accionar de los verdaderos delincuentes. Los jueces impartirían injusticias olvidando, en sus fallos, la aplicación de las leyes. El hospital estaría superpoblado de gente enferma y sin atender, porque los médicos y enfermeras estarían protestando  para obtener mejores salarios.  Las calles estarían  cortadas por piqueteros, que pidiendo pan y trabajo,  sabrían de antemano, que nadie les daría  respuesta  a sus necesidades. Se acrecentarían las ventas de  artículos innecesarios para vivir, ofreciendo  regalos, tómbolas y toda la artillería pesada del marketing y la gente compraría, con todos los medios de pago posibles, hasta quedar económicamente destrozados.     
El caos se apoderaría de  Puente Viejo.
  Pero no obstante todo ese caos, también se llenarían las plazas de niños jugando, con sus madres embarazadas, esperando a que los padres regresen de trabajar. En los asientos, de esas  mismas plazas, se sentarían  parejas de enamorados prometiéndose amor eterno, entre besos y caricias. Los  ancianos, jugando a las bochas,  se sentirían felices, rodeados   de sus nietos. En realidad todos los habitantes de Puente Viejo, en algún momento, podrían gritar con toda la fuerza de sus pulmones: “ Hoy  he tenido un día de felicidad”
Don Juan dio media vuelta, entro en la oficina de la estación de servicio y se sentó en cómodo sillón  del escritorio Con la mirada puesta en el infinito y con voz muy segura expresó “Vale la pena esperar”.          


Mario Cano        

Revista Viajero N° 7 - Septiembre 2005




El aljibe



Un aljibe seco, en una casaquinta alquilada en el verano...,
desde el primer día de las vacaciones, comencé a dar vueltas en tomo a la idea de sujetar una soga y bajar con una linterna hasta el fondo de ese mítico laberinto, recto y vertical que me seducía y rechazaba al mismo tiempo. No podía terminar mis vacaciones y dejar esa casa, tal vez para siempre, sin atreverme a explorarlo. No podría escribir una sola línea de mi tan esperada novela en esa casa de las afueras de Dolores sin haber llegado a concretar esa acuciante fantasía.
Una noche de plenilunio me levanté súbitamente de la cama, como despertado por un llamado del aljibe. Busqué mi linterna y, vestido apropiadamente, mientras mi mujer dormía, me encaminé hacia el punto exacto de la cita.
El descenso se hizo lento y prontamente la luz de la luna dejó lugar al más oscuro de los silencios. Luego de un tiempo prudente, dudé en seguir o volver pero me fue imposible ascender un solo centímetro, pensé que estaba cansado y que el final no estaba lejos. Así fue como pisé tierra firme casi inmediatamente. Pensé en descan­sar para volver a subir, pero antes saqué la linterna de mi cintura e iluminé el lugar. Un esqueleto humano se conservaba dignamente sentado en el suelo con la espal­da sobre la pared en posición de estar descansando, a su lado una pila de hojas manuscritas envueltas en un nylon. Intenté volver a subir y me resultó imposible, me senté para descansar y me dediqué a leer ávidamente esos manuscritos de 33 hojas. Contenían el comienzo fabuloso de una novela inconclusa.
Supe desde ese momento que me sería imposible volver a la superficie y que sería el único lector de esa escritura que me tenía como protagonista. Me acomodé para relajarme, envolví cuidadosamente el manuscrito y me entregué mansamente a un sueño inevitable, abrazado al autor de mi final.

Andaluz













Volver


De repente volvemos,
caemos desde el ocaso
como cayendo hacia lados que no existen
e imaginado suelos que desaparecen,
la superficie blanda absorbe distancias exageradas
que se clavan, no dejan espacios para sentir,
en ese laberinto de circunstancias.

Y en la vida hay momentos que olvidamos,
los dejamos detrás de eternas paredes espejadas
que solo reflejan parte del presente
y por las grietas es por donde padecen y salen a luz
las diferencias de interpretación,
cuando el sol no sale, fa luna tampoco,
y tú tampoco sales de ti mismo.

Un día de bajas temperaturas
una especie de apertura lineal expulsa
años que sin ser tiempo perdido
lo llamamos pasado y no lo queremos,
pero el pasado es la persona que da forma al presente,
y el desnudo es tan artístico como los sueños,
no hay nada más sentimental que las sensaciones,
y nada más represivo que el descuido,
y en su falla el olvido.

Las historias que contamos parciales inevitables,
acontecen dentro de una espina que se ata a lo que queremos,
y cuando hablamos hiere profundo el instinto de no entender,
y cuando callamos también hiere pero ya sin fuego ...

Apenas escondido el misterio de lo que somos,
lo que fuimos o aquel que realmente podríamos ser,
se encuentra el desarrollo de una vida que se asombra
pero tiene solución,
el alma sufre si es que no la sacamos a pasear,
la mente protesta y sus señales asesinan
por el encogimiento de las partículas del sol,
no hay vergüenza en la libertad,
no hay destellos de alta tensión en algo que se abre
y ya no contiene esa espesura permanente.

Termino siempre por el mismo sendero invisible,
que lo rompemos cuando damos un salto
en el sentido transversal,
porque lo continuo se encierra en sí mismo,
y el silencio es el cambio de ritmo,
cuando vemos al objeto desde el ángulo de la sombra,
aquella que se encontraba oculta, inmersa en la irrealidad,
de ser como podemos y no damos una oportunidad ...














El arte del detalle


La luna de un negro violáceo
y el cielo muy blanco.

La aurora venidera dorará su vello.

Ella pinta los bordes de bordó,
delinea la inmensidad
y sus cabellos son como labios rizados.

Ella desmenuza dulcemente
el esqueleto de la copa.

Una ventana
la muestra ansiosa detrás de lo profundo,
recogiendo tulipanes y detalles
que yo olvidé mientras la miraba.

Gastón














El sueño



Me levanté esa mañana, cansado y con muchas ganas de seguir durmiendo. La cabeza parecía que me iba a estallar los whiskys me habían caído bastante mal, pero más que nada me sentía extraño, seguía dando vueltas en mi mente el acontecimiento vivido la noche anterior.
La reunión había sido en la casa del importador de automóviles, a ella concurrían, como en tantas noches, lo más granado del pueblo. Se juntaban personajes de distintas generacio­nes, que se unían con deseos de pasar muy buenos momen­tos. Todo se transformaba en conversaciones banales e intras­cendentes, siempre consumiendo abundante comida y bebi­das alcohólicas a discreción. Estaban allí, por nombrar algu­nos, el ingeniero experto en redes de gas y la señora dueña de casa, en grata conversación, pero con intenciones lujuriosas. El anfitrión, con la señora del dueño del aserradero, departía amablemente, siempre cuidando las apariencias, por si alguien se daba cuenta de la aventura amorosa que estaban manteniendo. La joven hija del representante de cigarrillos, sacaba a relucir todos sus encantos femeninos para conquis­tar los favores de un abogado amigo de su padre, un hom­bre mucho mayor que ella, pero muy atractivo y desprejuiciado. Los otros matrimonios, junto a sus hijos e hijas mayores, y no tanto, jugaban a las cartas. Por supuesto, se hacían toda clase de trampas, con habilidades propias de tahúres profe­sionales, y entre copa y copa, bocado y bocado, criticaban y se reían de la mojigatería u honestidad de los demás habitan­tes del pueblo. Todo era, a mi entender, de una hipocresía sin límites. Un ensayo de lucha, entre sus bajos instintos contra las malas intenciones, disimulando permanentemente sus propias conductas y dejando traslucir la infelicidad que los envolvía.
En un momento, sentí como una explosión, y luego un rayo iluminaba el ámbito. Miré a mí alrededor y observé que todos se miraban con tranquilidad, como si una aureola de paz los poseyera, comenzaban a confesarse, sin ninguna vergüenza, toda clase de infidelidades conyugales, comerciales y mil atrocidades más. Se comentaban sus propios pecados cometidos, o por cometer, con personas presentes y ausentes. El ámbito se había convertido en un gran con­fesionario. Parecía que se sentían felices, porque les complacía sincerar sus mise­rias y vergüenzas, y la felicidad era completa porque no sentían culpa, y sin culpa, no hay castigo posible. Aquel fenómeno los había convertido, temporariamente, en personas menos egoístas, menos ventajeras, y con principios de solidaridad capa­ces de pensar en el prójimo, sin querer sacarles alguna ventaja. Prometían ayudar a los demás, sin esperar compensación alguna y ponían a disposición de los más desvalidos, sus bienes, que si bien, habían sido conseguidos con argumentos inmo­rales, los ennoblecía el acto en sí mismo y sentían la satisfacción del deber cumpli­do. En una palabra, se habían convertido en seres caritativos y únicos.
Pero de repente, como si nada hubiera sucedido, todo volvió a ser como al princi­pio, nadie parecía haberse dado cuenta de nada, nadie hacía comentario alguno sobre lo acontecido. Entonces volvieron a mentirse, a estafarse, a hablar mal de los demás y a pensar solamente en sus mezquinos intereses personales. Sus risotadas me resonaban, como surgidas de un enorme campanario, que a toda orquesta, hací­an que mi cabeza diera vueltas y vueltas, sin parar. Entonces, aturdido y malhumo­rado, me puse de pie, me enfundé el abrigo y caminé hacia la puerta de entrada. No entendía nada, se habían olvidado de mi presencia, por tanto, tenía la horrible sen­sación de haberme convertido en el hombre invisible. Me di vuelta, los miré a todos, sonreí por no llorar, y dando un portazo me alejé del lugar.
En el camino a mi casa, sentí que una gran angustia me envolvía, pero la soledad de la noche me devolvió la esperanza de ver, en un futuro aún lejano, que el sueño del rayo se hiciera realidad, y cambiara definitivamente los hábitos de la humani­dad.

Mario Cano













Otoñal

                                                                        a Roxana Contreras
Cae la tarde enredándose en la llanura,
el rumor de un ave parece deslizar
el tiempo al reposo de un gato infinito,
tus ojos de mañana y de futuro todavía es ese sueño.

Beso tus labios a una sola luz desnuda del otoño
que está tendido en mi memoria;
te contemplo con la última hoja de un árbol que no cae,
trasciendo más allá de toda historia.

Te revelo que estás nuevamente hermosa
y dibujas muecas como sorprendida.

El Sur se esconde en el crepúsculo nocturno,
el cielo desata una lluvia perdida de marzo;
aún queda la hoja del árbol en el aire.
Sobre tu hombro abrazo el tiempo de la noche,
el insomnio, los vómitos del tango, tu sexo y tus senos,
desnudo y hecho pedazos.

Cristian  Navarro













Una lágrima


Tarde ya muy tarde, bajo un cielo alúnido, pero rebosante de millones de estrellas que se apiñaban y dispersaban frente a un inmenso paño azabache, la silueta desdibujada de un pueblito mostraba su endeble fachada. Revelándose con los destellos provenientes de las colinas, que esa noche, parecían más cercanas que nunca.
Las casitas del poblado agonizante entre los árboles que adoptaban grotescas e intimidantes formas, se pintaban con cada fulgor. Para volver a vestir el matiz del miedo tan pronto se extinguía el brillo, el color de una noche sin luna. Cuando la muerte negra se viste de negro para acercarse sin ser vista, llegando por la espalda justo hasta donde alcanza su guadaña.
Fueron pocos los que quisieron quedarse, y apenas dormían, viviendo los inquietantes sueños de un alterado descanso.
Una solitaria luz se percibía desde lo lejos en la compacta figura del pueblo. Era la ventana imprudentemente abierta de un balcón, y en ella, dos siluetas se recortaban delante de la macilente claridad de un candil.
- ¡Te lo advertí Sansón, pero como siempre, te salís con la tuya!, y si papá nos pesca, seré yo la que tenga que soportar el sermón -
Como respuesta: solo un leve gemido, grandes orejas que trataban de aplanarse en una enorme cabeza, y dos ojos culpables mirando de soslayo a la pequeña.
- ¡Oh!, ¿lo viste?... ¡mirá!, otra vez ¡ahí! - la niña rodeó con el brazo a su amigo, y los repentinos fulgores lejanos iluminaron por momentos su asombrado y pecoso rostro - papá  dice que están cerca, y dentro de poco nosotros también vamos a tener que irnos. Hoy es un día triste, Sansón, no sé si volveremos. Lo escuche hablar con el abuelo y mamá mientras yo dormía... bueno, vos ya sabés... Es una guerra de verdad, no como cuando jugamos en el campo, ahí hay gente grande, y ellos no tienen armas de mentira, ¡qué lindo sería que nos escucharan para que les explicáramos cómo hacemos nosotros! ¿no?. ¿Sabes, Sansón?, a veces se matan por un poco de tierra. ¿Y para que lo querrán?. El abuelo dice que para amontonar los escombros y cavar sus tumbas, y papá opina que la provocó no sé qué país para venderle armas a los que pelean. Se gasta mucho dinero en una buena guerra, mil veces más de lo que debe haber gastado el padre de Manuel con la enfermedad de su hermanito... y no le alcanzó, ¿te acordás?... - preguntó la niña frunciendo el ceño, aun sabiendo que Sansón no recordaba - pero no quieren hablar conmigo. Dicen que no correspondería, ¿y vos creés que se esfuerzan por explicarme? -
Sansón comenzó a animarse meneando la cola.
- Pues no! - exclamó la pequeña, y el can volvió a su letárgico estado - ponen cara de caramelo y después tartamudean y se taran, dicen que las cosas empiezan y se van complicando hasta que después nadie sabe por qué pelean, que se transforma en una cuestión de “honor nacional”, y no sé que montón de cosas más. ¿Sabés qué pienso?, creo que no se atreven a decir lo que en realidad sienten, creo que no quieren darme la razón porque los haría ser como niños, y ya son grandes... - la niña miró sus manos y tal vez las noto infantiles - cuando yo sea grande no voy a ser como ellos... pero por las dudas, recordádmelo siempre, ¿si, Sansón? - su amigo siempre le contestaba, y se acomodó para ladrar cuando una regordeta mano trabó su hocico - ¡ay, Sunsy!, ¿cuándo vas a usar todo el aserrín que hay en tu cabezota? -
Al instante, el rostro de la niña se volvió hacia el horizonte. A lo lejos la batalla llegaba a su momento más feroz, y como una amenazante tormenta de verano, inmensas nubes de humo y polvo espejaban flamas de avérnicas cuevas.
- ¡Pobres soldaditos!. Sí, ya sé, son hombres grandes, pero creo que deberían ir sus madres y traerlos de una oreja como a nosotros. Lo que pasa es que a veces las personas hacen las cosas en el momento en que no es preciso, y después, no hacen nada. ¿Irían si pudieran? - la niña miró por un instante a su fiel compañero - no me dejes ser tan cruel, ellas deben estar muy tristes, llorando y rezando... pidiendo... ¿y Dios, Sansón?, ¿qué opinará de todo ésto?. El padre Javier dijo el domingo que su... ¿ira?... sí, que su ira debe ser infinita. Está equivocado, Él no puede estar enojado, debe estar muy triste... pobre Dios... pobres soldaditos. Pero, ¿por qué no hace algo?... el padre dice que somos sus hijos... vos también, por supuesto... - aclaró mientras acariciaba a Sansón entre las orejas, luego volvió a fruncir el ceño y continuó - ...y claro, es probable que los hombres no sean tan grandes como parecen. Quizá para ellos, pero para el bueno de Dios... -
y una lágrima rodó por la mejilla de la niña, acomodó entre sus manitos las toscas patas de Sansón y rezaron en silencio, con la mirada fija en un hermoso cielo azabache. Alúnido, pero colmado por una miríada de estrellas.
Y en lo alto, muy muy alto, una amarga sonrisa si dibujó.
Y una lágrima rodó por una mejilla.
Y quiso el azar que se dirigiera hacia la Tierra.
Y dio el destino que una estrella fugaz se precipitara en el campo de batalla.
Nadie allí tuvo tiempo de advertirla.
Pero por esa noche... el fragor cesó.

Daniel Gonzalez
mailadaniel@yahoo.com.ar














Pesadilla

En resumidas cuentas,
solo nos va quedando
el mañana.
¿Cuál mañana? El que imagina
milagros soleados, filtrando rayos
de sol esperanzado,
o el que vislumbro al borde de una realidad
que me tortura.
Preocupación asomada a oscuro vacío,
sin contención de red para el futuro.
Un futuro de envejecidos cartoneros,
inmigrantes a un mundo de desechos.
Caballo de madera, desfilando modelos
de pobreza, calesita antigua
girando en decadencia.
Luz que me abruma en la brumosa niñez
del desamparo, cabezas canas
pintadas sin sueños, desesperada búsqueda
del ayer perdido.
Humanidad embozada, tras el ansiado pan
que se niega,
inercia detenida en el cansancio,
que al fracaso sin razón,
hoy los condena.
Marcha del hombre encapuchado,
en un submundo de dolor globalizado.
Desamparo en el rescoldo de una fragua
silenciada, impotencia, angustia y rabia,
de callosas manos aquietadas.
Miseria, lluvia de cenizas nublan el horizonte,
retazos de cielo en la ventana, simiente ilusionada
de un destino mejor, el de mañana.

José Casquero Galone













Discusiones


Me desperté para ir al baño de madrugada. Suelo hacerlo; creo que ya no es que tenga tantas ganas (en algunos casos sí), sino, mera costumbre.
Traté de llegar al pasillo que da al baño, pero fue inútil, alguien me había jugado una broma. Al primer paso, me choque con una pared, que juro, jamás estuvo allí. Probé traspasarla: seguramente, esa pared era producto del sueño. Después de tropezar con ese maldito banco, levantarme un poco dolorido del piso y darme unos golpes en las paredes del pasillo, por fin pude llegar al baño.

Hace unos meses me habían regalado un pequeño chihuahua, como es ínfimo, no alcanzan a despertarme sus graciosos intentos de ladridos resfriados; pero sí, su lengua mojando toda mi cara y, a veces, un liquido que me calienta los pies. Cuando necesito dormir hasta el mediodía, pongo un banquito que cubre la entrada al cuarto.
Verónica, no entiende que yo me levanto para ir a trabajar y encuentro la inmundicia de Tomy por toda la casa. Encima de que ella no se quiere levantar, porque viene muy tarde del trabajo, tengo que desayunar solo y con un olor viciado, que precisamente no es de flores. Ella dice que más tarde lo junta, que yo podría ayudar un poco y que está cansada de mis reproches. Yo le digo que gano más que ella, que ya sé que llega muy tarde y que seguramente a consecuencia de que tiene un amante. Así discutimos seguido (demasiado, para mi gusto), hasta que un día me canso y le digo que así no podemos estar más. Pienso que va a entrar en razones, pero no. Se va de casa y a causa de la pelea queda un agujero en la puerta. La saco pensando que la voy a cambiar... y me voy a desayunar, sin dejar de atender mis necesidades fisiológicas.

Cuando volví del baño, ella estaba en la cama durmiendo placidamente. Ni bien me acosté, me rodeó con un abrazo reconfortante. Decidí no pelear por lo del perro en la mañana.

Jonatan

Revista Viajero Nro. 6 - Julio de 2005




Hombrecito de madera
                 
José está tallando otro hombrecito de madera. Mientras da los últimos toques piensa como podría insuflarle vida.
María, su esposa, siempre le dice.:
- Ah José,  no sos Dios, ni sueñes con serlo.-
Pero, : si de alguna manera pudiera...
Deja al muñeco sobre la mesa, se acerca al balcón  del décimo piso donde reside.
La avenida a sus pies se ve pequeña, como un río cruzado por lianas selváticas, líneas telefónicas de la gran ciudad.
En un extremo, faro apagado, el obelisco le recuerda que vive en Buenos Aires.
Entra, toma al hombrecito, se sienta a mirarlo, los párpados le pesan, ¡le pesan tanto!...De pronto los dos son absorbidos por un inmenso globo, la respiración se hace lenta a medida que lo invade un extraño sopor. Atrae al muñeco hasta su boca, sopla con fuerza. Enormes manos enguantadas desinflan la esfera gigante.
El hombre pierde la noción del tiempo, escucha gritos de algarabía  que suben desde la calle, prontamente se asoma al balcón, ve a su muñeco caer  de pie y de a poco transformarse en un muchacho que ríe y canta, rebotando en el cableado.

Martha Fausti













Único crepúsculo




Y afuera se juega
Pero estalla
en estos flancos
estalla aquí
              toda la vida(!).
Con sus dolores y amores,
su sincera incertidumbre.

Sofisticación brutal
de rostros y figuras
centelleando como locos.

Con palabras prestadas
hablo
No!:
Balbuceo sonidos
indescifrables.
No:
Soy no yo
quien soy.
Digo,
Ni una pertenencia
Ni una identidad.

        II
 
Bosques de murmullo.
Y yo que sé
si los lobos sólo espectros
si las plantas venenosas.

Sí. venenosas!
Y los lobos
Sí. espectros!
Aunque vigorosos
Aunque inmarcesibles.


Sebastián Humberto
mascaraverdebajolalluvia@hotmail.com











Noche sin luna


    Luego de tres días sin dormir, pues el sonido tétrico de la muerte congelaba mis huesos, decidí ir donde había comenzado todo. El cuarto contiguo, lleno de charcos de lluvia roja, parecía una sucursal del mismísimo infierno. Los pasos del demonio jugaban conmigo, llevándome a lugares oscuros y llenos de luz. Ella se encontraba desnuda sin ningún gesto de dolor u odio, atónita, con los ojos ciegos y mirando al vacío. Se incorporo y con voz grabe me ordenó que abriera el armario.
     Nunca, desde aquel día, creí encontrar algo parecido. Sin embargo, cuando cayo esa cosa del armario, comprendí que jamás volvería a ver el sol.


El perdón

   El hombre se acomodó en su mullido sillón, encendió un cigarrillo y leyó la carta que había recibido el día anterior sin darle importancia.
   “Te pido perdón por tenerte que matar. No quiero hacerlo, por eso te aviso un día antes para que te prevengas”
   El hombre nervioso, se apresuró para salir de su casa. Abrió la puerta y se desplomó en el suelo.


Jonatan
jony87@hotmail.com











Azoramiento

[...] “No hay modo de saber lo que quiere, si es que lo sabe el mismo” [...] Miguel de Unamuno.

Yo no soy
Nada
¡Nada
yo! no soy!
No soy yo.
nada.
Yo soy. No
nada.
Nada
no, ¡soy yo!
No, yo soy
nada.
Yo no soy
Nada.

Yo sé que
Nada sé.
Nada. Sé
que yo sé.
Sé nada.
             ¡Yo que sé!
Yo, nada sé
que sé.
Sé. Que yo
Sé nada.
Nada. Que sé,
yo sé.
Yo sé que
Nada sé.

Soy / no soy / empiezo a / dejo de / ¿cuándo? / ¿bajo qué? / ¿sobre qué? / ¿dónde? / yo / tú / él / sé / ¿yo sé? / o / ¿él me sé?
No soy / nada / soy algo / No soy / no nada / no soy / algo / ¿qué me sé? / ¿quién me sé? / turbación / ¿sé o no sé? /

Sé / que no / sé nada / sé algo / ¿cómo? / ¿qué me hace sé? / ¿hace que me sé? / ¿por qué? / nosotros / ustedes / ellos / sé / soy / soy sé /
No sé / nada / pero / soy / sé / que sé / algo / o nada / ¿cómo sé / si sé o no sé? / todo / nada / lo mismo / nunca todo / nunca nada /

¿Acaso qué es saber y qué es no saber? ¿Qué es el todo y qué es la nada? Respuestas, nunca habrán, pero sí quienes escriban las preguntas.


Victoria Salsa











Tiempo

Sobre esa ventana estarás dormido,
llenando los ayeres de palabras altísimas,
pasando tristezas compartidas,
borrando amargas canciones.

Vos pasás y dolés en mí.
Tus marcas no me dejarán en paz;
nunca y siempre confiaré en ti,
como cayendo al pozo y sin pensar el fin.

Sobre esa ventana estarás dormido:
en los recuerdos ahogados
y en las flores marchitas,
y te veré otra vez.

Sos años, sos miedo, sos pena.
Pero también sos dichas y risas,
mares de alegría enamorada,
amistad que no te llevarás.

Podrás llevarte todo, incluso a mí.

La amistad no te la llevarás.

Constantino Hernan











La Flauta de Odin

 En 1812, había un Príncipe que quería ser músico.
- ¡Eres el Príncipe!- le decía su padre – no puedes ser un simple músico.         
Sin hacer caso, el Príncipe tocaba todas las noches el violín de su abuelo Maglér, que según decía la historia, lo había conseguido al liberar de las garras de Loki al hijo de Thor, llamado Uller.  
- ¡Hermoso día! – Dijo el Príncipe en el patio del palacio esa mañana.- ¡Atención todos! –  Dijo uno de los vigilantes.– ¡Una flota de barcos enemigos viene hacia acá! ¡Preparad las armas!
Todos los habitantes del pueblo fueron a luchar, excepto el Príncipe, pues el único objeto que tenía era  el violín, porque era músico. Pero poco se parecía esto a un arma.- ¡Tengo que hacer algo! - Dijo el Príncipe.
Buscando un arma desesperado, se dirigió al ático, encontró joyas, diamantes, perlas, libros, todo menos un arma.En su rabia, tropezó con el violín de su abuelo, lo levantó y lo estrelló contra el suelo. Al hacerlo, una flauta salió del interior del violín, junto con una tarántula.El Príncipe recordó que no tenía ningún arma y, sin saber lo que hacía, comenzó a tocar la flauta, laaraña dejó de atacarlo, y volvió dentro del violín.Luego, se dio cuenta que la flauta tenía las siguientes inscripciones:la flauta de OdinFue entonces al campo de batalla,  donde habían ballestas rotas, gladios y espadas clavadas en la tierra. Tan tremendo era el combate. En el lugar ya no había casi nadie de los suyos, habían muerto. Bastantes enemigos, muchos más que ellos, aún se encontraban allí aprovechando su ventaja.
El Rey leyó las inscripciones, decían:
la flauta de Odin
l  a  f   l  a  u  t  a       d e      O d  i  n
. ¿Adónde lo llevan?- Preguntó el Príncipe. 
- Al Valhal, para preservar su alma y aumentar el ejército que enfrentará al Lobo.- Dijo el capitán.
- Debo ir con él.- Dijo el Príncipe.- alguien debe escoltarlo.
- No puede escoltarlo nadie.- Volvió a decir el capitán.
El Príncipe no se rindió fácilmente, al anochecer, se escondió en la bodega del barco.
Pasaron cinco horas hasta que finalmente, zarpó. El Príncipe se asomó a sentir el cálido humo que salía de la tumba.
- ¡Fuego en el barco!- Gritó nerviosamente.
Pero él sabía perfectamente que para ir al Valhal debían ser quemados.
Recordó también que había una canción llamada “Hielo Mágico” y pensó que, si la flauta era mágica, tal vez ocurriría algo.
Mientras tocaba, el fuego se iba apagando.
Esa noche, el Príncipe soñó que estaba en un bosque navegando en un río de hidromiel puro, cuando de pronto, comenzó a sentir una respiración y, sobresaltado, despertó enfrente de un lobo de un tamaño increíble.
- Ningún mortal con vida puede entrar a la morada de Odin sin cumplir la prueba.- Dijo el Lobo.                
- ¿Qué prueba?- Preguntó el Príncipe.
- Debes quitarle la sombra a la Luna.- Dijo el Lobo al Príncipe.     
- ¡Es imposible quitarle la sombra a la Luna!- Dijo el Príncipe apesadumbrado. Pensando en una solución, recordó que al día siguiente habría Luna llena. Entonces dijo al lobo: - Aún así lo intentaré, mañana por la noche la Luna estará totalmente blanca y así cumpliré mi prueba.
Mientras el tiempo pasaba, El príncipe se entretuvo bebiendo hidromiel y comiendo los extraños peces con escamas de plata y aletas de bronce. 
La noche de la Luna llena, el Príncipe trajo al Lobo a contemplar la prueba cumplida.
- Como veo que has cumplido la prueba que te he encomendado, se te permitirá el paso.
Comenzó  a tocar la flauta, todos dejaron de luchar para  escuchar la bella música.
- ¡La flauta mágica- gritó  el Rey – nos hemos salvado!
El Príncipe continuó tocando  ¡ Ojalá no lo hubiera hecho! Las valquirias aparecieron, gritándole – Maldito, has cambiado el curso de la guerra, veamos que te parece esto...-  Dijo una de ellas mientras tomaba un hacha y la arrojaba al pecho del Rey.                                                 
- ¡¡¡Padre!!!- Gritó el Príncipe desesperado.
- Hijo,...revíveme con la fl...- Esas fueron las últimas palabras del padre del Príncipe.       
Las valquirias desaparecieron riéndose a carcajadas.
La guerra se inclinó mucho a favor de los buenos no así la felicidad del Príncipe.
Al día siguiente, el cuerpo del Rey fue colocado en un barco.
Al día siguiente, el príncipe continuaba navegando,   entonces se encontró un águila de un tamaño tan inmenso como el del Lobo.
- No puedes pasar a través de estas puertas, a menos que cumplas la prueba que te encomiendo.- Dijo El águila. - Esta es muy simple, sólo se me antoja comer un pequeño conejo de las montañas.
El príncipe se preguntó de dónde sacaría un conejo en el Valhal, pero como el tiempo iba a velocidad terrorífica,  se dirigió a las montañas con la esperanza de encontrar el conejo. El problema era que no aparecía ninguno, las horas corrían y nada, ni una huella siquiera. Entonces el príncipe comenzó a enojarse, de pronto se tropezó con una roca blanca, haciéndola rodar colina abajo, tal era la furia con la que la había pateado, el Águila creyó que era el conejo que había pedido, y lo devoró sin esperar.
- Bien hecho, has cumplido la prueba que te he encomendado.- Dijo el Aguila, y, por supuesto, le permitió la entrada.
El Príncipe avanzó hasta las puertas de la morada de los dioses, en ese momento, se topó con lo más temible desde que entró al Valhal, más temible que el Águila y el Lobo, más aun que las Valquirias: era Odin, el inventor de runas y de poesía.
- ¡Mortal insolente! ¿Cómo te atreves a entrar a mi palacio?- Le gritó Odin.
- Sólo vengo aquí para reclamar el alma de mi padre, tomada por las Valquirias, y, como puedes ver, cumplí las dos pruebas que tus guardianes me han asignado.- Dijo el Príncipe en un tono humilde.
- Entonces, yo también te asignaré una prueba.- Dijo Odin.- debes colocarle el mango de esta espada al lobo Fenris, sirviente de Loki, cuando esté encadenado con la cadena mágica de seda que le hemos preparado.
El Príncipe se dio cuenta que en esta ocasión no podría ganar con trucos e ingenio, así que se dedicó el resto del tiempo a pensar una forma de triunfar en la prueba.
Luego de un largo rato, el Príncipe recordó que la música calmaba a las bestias, o al menos así decía el mito.
Al día siguiente, Odin le entregó la espada que usaría para incrustarle el mango en la garganta al Lobo.
El príncipe fue, junto con los demás dioses, hasta donde estaba el Lobo que, al verse encadenado por la cadena de seda, intentó morderlos, el Príncipe comenzó a tocar la Flauta, tranquilizándolo, en el momento oportuno, el Príncipe hundió el mango de la espada lo más hondo en la garganta que pudo.
- ¿Acaso tú eres el  descendiente de Maglér?.- Preguntó Odin.
- Sí, ¿por qué?- Preguntó el Príncipe extrañado.
- Yo le entregué esa flauta junto con un violín.- Dijo Odin señalándosela.- ¡Ah! A propósito, con muchísimo gusto te daré el alma de tu padre.
Al día siguiente, el Rey y su hijo habían llegado al pueblo.
- ¡El Rey ha vuelto!- Gritó uno de los  pobladores alegremente mientras un puñado de monedas caían en su mano abierta.
- ¿Cómo logró revivir, Rey?- Preguntó el Capitán asombrado.
- Pregúntenle a mi hijo, él fue el que me salvó.- Respondió el Rey.
Tiempo después, una noche, el Príncipe soñó que estaba en el campo de batalla, luchando contra los Irlandeses, y una lanza con punta de diamante lo atravesaba.
Al día siguiente, en su sueño, el Príncipe fue embarcado e incendiado, luego, se vio volando hacia el Valhal.
- Hola de nuevo.- Lo saludó Odin cariñosamente.
- ¿Qué me ha ocurrido?- Preguntó el Príncipe como despertando de un sueño interminable.
- Has perecido en batalla contra los Irlandeses.- Le respondió Odin.
El príncipe comenzó entonces a volver a la realidad muy lentamente.
- Y toma este regalo de tu abuelo Maglér. – Agregó Odin.        
El Príncipe despertó con una sonrisa mientras acariciaba unas joyas debajo de su almohada.

Nahuel Melis
(10 años)













La lucha


     La noche oscura ponía el marco a la luna, que se ocultaba entre el follaje de los árboles del bosque, espeso e impenetrable, pareciéndose a la boca de un inmenso túnel de sombras amalgamadas, en una danza de misterio y desolación. El fuego del hogar chispeaba, poniendo un poco de calor al ámbito, que daba  la imagen  teatral, poniendo en escena, la lucha eterna de los seres que representan la vida misma del hombre civilizado. En los momentos previos a la batalla, como en una pelea de boxeo, los contrincantes, se presentaban ataviados con sus mejores galas, y como si un público imaginario los mirara, sonreían, sabiendo de antemano, que durante la disputa, no recibirían ayuda de nadie, serían sus propias reservas morales las que determinarían el éxito o el fracaso en la contienda.
Como no había árbitro posible, que aplicara las normas de un reglamento no establecido, se acordaron principios básicos, que fueron respetados, según sus propias conveniencias. Hubo golpes bajos y malas intenciones y por momentos se tensaba cada vez mas la discusión. Hubo zarpazos de ideas que brotaban como torbellinos.
Con los mismos métodos de combate, se propinaban rudos golpes que producían heridas  muy profundas, a sabiendas que nunca más cicatrizarían.      
Heridas, que los hijos de sus hijos no iban a asimilar y menos a perdonar jamás.       
Llegó el momento en que parecía que las ideas no fluían. Alguno de los dos pensó: me vencieron, no juego más, estoy perdiendo el control, estoy cediendo terreno. La posición de uno u otro podría no ser sincera, podría ser una estrategia, un camuflaje. Él tenía claro el objetivo: vencerla, acorralarla y colocarla en un brete para poder dominar su pensamiento. Ella, por lo contrario, buscaba la libertad en las ideas, las mismas que como pancartas invisibles,  las pueden ver solamente los libres, que saben volar como los pájaros, los que mueren por ellas y que no pierden las guerras ideológicas.        
Entonces, acordaron una tregua, parecerían amigables. Podría decirse que hubo un momento de paz. Tomaron una copa y hasta brindaron con ella por el momento de sosiego. Y sin rencores, rieron. 
Algo los empujó  a continuar  nuevamente la lucha.  Algo los obligó a cambiar de posición estratégica,  pero siguieron  siendo consecuentes a sus principios de lobos o corderos. Esta vez la batalla fue sangrienta y sin piedad. Se descuartizaron las ideas, se despedazaron los principios y en la batalla final no quedó nada en pie. El cuarto fue devastado. Se cayeron las paredes, el  techo, las ventanas y las puertas, volaron por los aires. El fuego del hogar creció de tal manera, que las cenizas encendidas se esparcieron  quemando todo a su paso y  hasta los  cuerpos de los contendientes, desaparecieron  en un desgarrador grito final.
Y el día siguiente amaneció radiante, y todo se vistió de luz, los colores embellecieron el bosque, que se lleno del dulce canto de los pájaros. Entonces sobrevino una gran calma, con promesa duradera. Pero la lucha seguirá eternamente y habrá espacios de reflexión y tiempos de armarse más fuertemente, para una nueva contienda. Esta lucha será eterna,  mientras haya opresores y librepensadores,  con espíritu y fortaleza para seguir sus ideas  por los siglos de los siglos.
Olvidaba decir que ella se llama Libertad y él Tiranía.

Mario Cano