Revista Viajero Nro. 10 - Abril 2006




Es por ti

Si te amas, quítate la máscara
No para que te vean,
sino para sentir el sol,
la lluvia, el calor, el frío,
un beso, un abrazo,
el roce de una pluma sobre tu mejilla;
para ver mejor el sol
y los ojos de tus hijos,
y el “te amo” que se dibuja en los labios del que está a tu lado.
Si te amas, no odies,
No por que el otro se lo merezca,
sino por que tú te lo mereces.
Si te han herido, no son dignos para que le dediques los minutos de tu vida que usas para odiarlo.
Ellos deben recibir algo peor: que no existan para ti.
El odio te hace esclavo de los peores sentimientos:
la venganza, la traición, la envidia, la intolerancia.
Si te amas, suéltate el cabello
o aflójate la corbata.
Deja las cosas de todos los días  para ver lo que ocurre sólo una vez,
Ese pájaro volará allí sólo esa vez:
el sol iluminará las flores de esa manera sólo por esta vez;
esa mano tendrá esa tibieza sólo por hoy;
esa idea genial sólo surgirá ese día.
TU TE MERECES VIVIRLO.
Porque sólo podemos tener lo que hemos vivido.
Y si sólo hemos cumplido con las obligaciones,
estaremos vacíos a la hora de irnos.
Si sólo hemos odiado, negras sensaciones nos habrán colmado.
Si hemos sentido el amor, la pasión, el dolor, la risa,
¡entonces estaremos llenos!
No te pierdas a ti mismo.
Por que te amas.

María Claudia Machelett












Sin permiso

"Para un amor que cambio mi vida..."

Lentamente vas guardando secretos en mi corazón,
sin pedir permiso vas entrando sutilmente en mis sueños.
Te robas los suspiros que mis latidos desatan
y sin saberlo perfilas mis sonrisas cada mañana.

Relato dichas por el regalo jamás soñado,
y doy gracias de haber esperado tanto en la soledad,
porque hoy tengo tu risa baña mis horas de felicidad
y varias copas de la ternura de tus manos.

No comprendo el tiempo, la carrera de los días.
No termino de conocer las carcajadas de un sentimiento que llega a la vida.
Desconocía tantas maravillas que hoy me regala tu mirada
que a mis miedos ya les cuesta vivir cuando tus ojos me atrapan.

Me brotan sentires sin nombre y sin números.
Mis silencios piensan buscando una explicación.
Todos mis gritos se quedan mudos…
Y el corazón habla… sin palabras… sin respuestas…

Voy aceptando mi realidad mas real, mas mía…
y pisando con mas eco para escuchar mi presencia en tus días.
He dejado de preguntar al cielo por tu nombre,
Hoy solo endulzo mis oídos con tu voz.

Valientemente vas conquistando colonias rendidas,
algunas abandonadas a la nostalgia y al desamor…,
y vas rescatando confianzas desterradas,
que temerosamente regresan a cantarle al amor.

Liliana Araya













Opresión


Libertad, tu nombre es tan inmenso que a veces inalcanzable estás.
¿Qué se sentirá estar en tu cúspide? Desde aquí abajo se siente todo comprimido, la opresión te deja casi sin respiro, aunque a veces lográs rescatar algo de aire que trae el Viento.
- ¡¡ LIBERTAD!! - Grito tu nombre en vano, nunca escucharás mi dolor y si acaso lo haces ¿Es posible que logres ver lo miserable que me siento en este espacio?
- Destino, dame una señal para poder encontrar el camino hacia ella.
Veces y risas escucho provenientes de la cima, algunas queriendo aconsejarme; solo que el guardián (me observa atentamente deseoso de ver mi sufrimiento) cie­rra las puertas impidiéndome poder oírlas.
LIBERTAD ¿Cuántas guerras tendremos que atravesar para poder conseguir tu gloria?
Meditaré un plan, una estrategia para poder escapar del encierro en el que vivo y así emprender hacia ese lugar que anhelo.

El tiempo


Dicen que el tiempo lo dice todo, que el tiempo pasa volando, que el tiempo apa­cigua las aguas, que el tiempo borra 1as heridas, etc...
Cuanto significado que tiene el tiempo en nuestras vidas, ¿qué tan importante y tan insignificante puede ser en momentos?
Para mí, es un tiempo importante para hacer cambios. No cambiar, ser la misma pero con un toque de valentía y confianza en mí misma.
Para otras personas quizás es tiempo de animarse, tiempo de concretar aquello inconcreto, tiempo de estar más unido a las personas que descuidan tanto, tiempo de darse cuenta quien es más importante, de tomar decisiones, de no dar vueltas, de dejar de ser tan sensible, de demostrar lo que lleva adentro sin sentirse menos y de demostrarse a sí mismo cuanto puede valer.
Estas son las cosas más importantes que puede lograr el tiempo. Cambios que vie­nen de adentro y siempre para bien. Y es insignificante cuando perdés el tiempo en explicarle estos cambios a las personas que son muy obstinadas, que están encerra­das en su mundo y no quieren mejorar.

Carolina Villalba












El Visitante

Serían las doce y cuatro de la noche. El viento había cesado. Nada más se oían unos grillos en las afueras. Yo estaba acostado en la cama durmiendo al lado de Beatriz. Me desperté al oir unos pasos en el techo, me exalté; sentí un impulso en el corazón. Cerré los ojos, pero seguía con los sentidos en alerta. Abrazé a Beatriz que dormía profundamente, le recitaba versos sin que me oiga. Y otra vez los pasos ya más firmes y contundentes; pero provenían ahora del living. Noté que caminaba nada más. Busqué en el ropero la linterna y el bat de béisbol y con cautela salí en busca del intruso. Entreabrí la puerta del dormitorio y a un tiempo escuché un  gruñido de gato o pantera. Fue entonces que encendí la luz sujetando fuerte el palo y ví hechado a un gato negro enorme. El animal me miró y gruñó. Nos mirábamos los dos como conociéndonos. Era bastante grande y su pelaje brillaba reverberando en lãs paredes. Me acerqué hacia él y traté de espantarlo pero no tuve suerte: el gato en su postura felina no se hacía a un lado siquiera. Sus ojos cumplían una impresión casi mágica; sus uñas eran tan grandes que se podrían confundir con las de un trigre de bengala.
Habían pasado como cinco o diez minutos  y el maldito gato seguía mirándome. Ya
para  fastidiarme y en cuanto alcé el palo para darle en la cabeza dijo unas palabras: "- Nemo me impune lacessit."  Sentí un acto de descubrimiento.
Beatriz seguía durmiendo y la llamé: repetí su nombre unas cuantas veces. No me oía. La situación era única y relacioné con tanta facilidad la imagen de "Plutón". Pero no entendía que tenía que ver yo con el gato.
El animal se erigió completamente y formuló otras palabras: "- This suspicion is, actually, awful...! But, what is still more awful is the sentence!." No comprendí su idioma nuevamente, pero resolví que él conocía mi idioma  y hablamos un poco en castellano. Le pedí que se alejara, que tenía que seguir durmiendo; que este sueño se había cumplido y se hacía
demasiado extenso y tedioso el encuentro para ser realmente un sueño. Esta invención mía cumplía su fin. Pero el gato en su postura cuadrúpeda parecía burlarse y mi estado invulnerable se tornaba irrascible. Un odio por el pecho corría dentro mío. Fuí hacia la cocina y alcé el hacha que estaba al lado; me dirigí al dormitorio donde se encontraba mi mujer; mis manos apretaban fuertemente el mango. Mi propósito era asesinarla.
Entré a la habitación  y no encendí la luz, ella dormía plácidamente; el brillo de la luna la divisaba infinitamente. Me acerqué con cautela; levanté los brazos sujetando el hacha, fijé el destino que darían mis manos. Cerré los ojos y al cerrarlos un temblor en mi pecho hizo que soltara el arma. Abrí los ojos y Poe me miraba con el gato negro echado sobre su pecho. Toda esa imagen junta representaba un acto sublime. Poe se levantó alzando al animal y me dijo que la historia había fracasado; pero declaró que el relato estaría inconcluso por ahora.
Pasó al costado mío; posó su mano sobre mi hombro y me miró de reojo. Abrió la puerta del dormitorio y cerró muy bien al irse; escuché sus pasos enormes, alejándose.

Cristian Navarro













            Slade

El mercenario profesor


Slade, el hábil hechicero de magia blanca, tenía la piel curtida por causa de los hechizos de sus adversarios, las garras de una gárgola, la maldad del Lechi y un maleficio malvado que él mismo se lanzó (por venganza a la gárgola que mató a su amigo, y no por locura). De su nuca caía una larga  cabellera blanca.  Llevaba una túnica negra y de tela de jade mágico, que caía arrastrándose por el suelo.
Nuestro héroe se disponía ahora a vivir otra aventura, pues recibió nuevamente una encomienda: la de vencer al Pazuzu, una deidad babilónica cuyo cuerpo delgado  tenía una cabeza monstruosa, cuernos de cabra en la frente, cuatro alas y patas de ave rapaz.
Esta bestia habitaba en el castillo de Valencia, una ciudad hermosa y pacífica,  que anteriormente había sido habitada por el famoso Cid Campeador. Allí, según rumoraban  los magos,  el Pazuzu le trajo desgracias al Cid y su esposa, llamada Doña Jimena Díaz.
Una vez en Valencia, Slade se introdujo en una escuela de magos llamada “La princesa druida” donde, no solo se hospedó allí para pasar  las noches, sino que también le permitieron dar clases.
El primer día de maestro, Slade entró a una sala recubierta de mármoles negros, con numerosas jaulas mágicas. En el interior había un olor como a huevos podridos, sudor, madera rancia y quemada y otro olor muy diferente, como de jazmines. El hedor era tanto, que Slade lanzó un hechizo para eliminarlo. Las mesas del salón estaban un tanto chamuscadas por las pociones ácidas que allí se fabricaban, una de ellas, ubicada en la zona más oscura,  tenía un tajo que la atravesaba por el medio.
Entonces, la puerta se abrió  con un chirrido y  por ella  entraron  como  una quincena de muchachos, que, al ver a Slade, empezaron a gritar cosas como “¡Blade el negro!” u “¡oh por dios! ¡Es Slade!”.
Ya restablecida la calma, el gran mago se pasó toda la tarde enseñando hechizos como el Gigitfili o el Armagedon (usado para convocar al Vagadonnaego, Dios infernal al que se invoca para que se cumplan los acuerdos y promesas).
Mientras estaba tomando lección, uno de sus alumnos le nombró un hechizo maligno para conjurar cualquier deidad demoníaca poderosa. Slade se preguntó para que podría servirle un Hechizo  como ese. Luego de eso se encaminó al castillo del Cid, donde habitaba el Pazuzu, dispuesto a acabar con las amenazas que causaba.
Al entrar en el humilde hogar del Cid Campeador, encontró un pasillo muy largo que conducía a una escalera, Slade la subió hasta que oyó un crujido detrás de él. Cuando volteó su rostro, se encontró cara a cara con el Pazuzu, entonces, Slade intentó derribarlo con un rayo violeta, pero este atravesó al Pazuzu como si fuera una nube de humo. Volvió a intentarlo, esta vez con una llama de fuego azul, pero ocurrió lo mismo que con el rayo.
—No puedes hacerme daño —decía—. Yo soy el Pazuzu, hijo de Anu, el  rey de los espíritus malignos del aire, que descienden huracanadamente desde las montañas causando estragos como un tornado a la montaña de naipes creada por la tranquilidad de la humanidad.
—Yo no, pero si podría...—decía Slade mientras conjuraba un Hechizo—. ¡Tu padre, Anu! —terminó Slade lanzando el Hechizo de conjuración.
Entonces, una nube de humo apareció, y todo el suelo se estremeció. Los candelabros se encendieron y unos volcanes grandes como estalagmitas brotaron del suelo. Entonces, de la gran nube de humo salió una figura monstruosa, muy similar a la del Pazuzu, pero mucho mas grande... era Anu, el padre del Pazuzu.
— ¡Es el colmo! —le gritó Anu a su hijo.- ¡Has torturado y maltratado al dios Ra, al Cernunnos (dios de la mitología celta), al Ilia (dios de mitología Rusa), al Ahura-Mazda ( Dios mas importante en la mitología Persa) ... y como si fuera poco  ¡ Y ahora me encuentro que molestas también a los mortales! ¡Se acabó! ¡Ahora mismo vendrás conmigo y te enseñaré  algo para que aprendas a meterte en tus propios asuntos...! Una vez dicho esto, padre e hijo se esfumaron en una nube de humo.
Aquí se presenta otro efecto del Serpenta Mentí: aprender a usar las armas del enemigo, porque, tal vez no lo hayan notado, pero Slade usó el hechizo maléfico que le enseñó su alumno para conjurar al dios Anu.

Nahuel Melis
10 años













El lado de adentro de mis ojos


La casa está en silencio
dentro de mi alma
que la alberga,
pero el silencio es ruido
en mis recuerdos,
futuros recuerdos ...

Los años que pasan
proyectan una película
en el lado de adentro
de mis ojos,
y entre tanta escenografía
yo me escurro en la noche,
como si fuese la última.

Si pudiera decir basta
creo que tampoco lo diría,
a veces soy la nostalgia que me enreda,
a veces, solo el dolor
es quien me esculpe,
y entre tantas formas
que refleja la luna,
se esconde mi soledad.

Por qué todo es tan frágil,
el mar es un cristal líquido
y yo soy la espuma que lo acompaña,
y entre tanta desintegración
puede que empiece a comprender
algo de lo que me pasa,
lo que le pasa al tiempo,
y a sus cambios, la vida.

A donde iré cuando ya no recuerde
quien soy, en que creía esta noche
como espejo del transcurrir,
mientras todo pasa al lado mío
y mi corazón mira e imagina,
que serán de mis mañanas
cuando deje de recordar,
que será de mi vida,
cuando deje de sentir...

Esteban












Mis pupilas de barro y sangre


Ojos ven
o bien
saben:
Cómo arrancarlos
de allí donde el vacío
esgrime horrores
ateridos
frustraciones
muertes sin sentido.

Oscuros ellos-
Soles negros me circundan
Mi luz es oscura
mis pupilas
de barro y sangre.

Prisión;
Hablo de mis cinco
puertas de percepción.


Sebastián Humberto González














El oro de la tarde

                                                                                  A Cristian Navarro

   El oro de la tarde
cifrado en aires de fuego
lejano, reluciente, infinito,
denota la transparencia
en tus ojos reflejada.

   Delirios de hielo y fuego
vuelan sobre mi alma
como hojas de un otoño
olvidado, desecho.

   Cuando tu ausencia
apaga el brillo de tus ojos,
mi ser colmado de tristeza
se delira en las reminiscencias
de tu perfume impregnado a mi cuerpo.

   La presencia circular del tiempo
reitera cada instante,
y destaca lo elemental de cada jornada:
            lumbre de tu existencia
derramada sobre mi alma.

Roxana Contreras

 







Sintiendo tu nombre


Si desdibujas mi alma saltan los colores,
se pintan las ventanas de estrellas.
Si desdibujas mi alma es para caminar traslúcida,
casi transparente y llena de arco iris.

Si desbordas mis manos de caricias y sabores,
desaparece el mundo en tu figura.
Si desbordas mis manos es para abrigar,
para acariciar como las nubes al cielo.

Tu risa convoca aplausos y silencios:
carcajadas pidiendo otra risa,
ojos silentes que se enamoran de ella;
y ella, contagiosa, canta esperanzas.

Esperando tu boca abrazo tu pecho,
abrazando tu ombligo me siento el mundo.
Tu pecho estalla y se mezclan los colores,
y el mundo colapsa simplemente alcanzando tu risa.

Este poema camina a tu lado sigiloso,
para con cuidado amar sin pausa.
Este poema te quiere a su lado,
porque su sombra no convida tu frescura
y porque sus letras nombran tu nombre.

Jonatan

Revista Voyager N° 9 - Diciembre 2005



Mil perdones


Aunque esto sea lo último,
aunque no quieras interpretarme
ya con entusiasmo,
con alegría,
y aunque sientas el máximo de los odios
hacia mí,
quiero pedirte mil perdones más.

No sirve de nada hablar y no actuar,
no sirve sentir y no ser,
o despiadadamente al revés,
y todo se vuelve oscuro
en esta noche que no recorrerá tu presencia,
y todo será más oscuro aún,
cuando en los días que me asustan
no estarán tus palabras
que eran fuerzas para continuar.

Y tan solo lo he decidido yo,
sin consultarte, sin consultarme,
he dejado de lado esas caricias tuyas
sin ninguna comprensión,
pues el viento a veces me da tantas vueltas que termino girando sin sentido ni ubicación.

Y aunque estés dolida con razón,
aunque pienses que mis confusiones
va más allá de los límites,
que todo el mundo y la primavera
se han incendiado de repente
y sin objeción,
entonces me despido dolorido
y mil perdones
serán mi consuelo en una noche interminable,
y más interminables los días que vendrán,
sin escuchar tu voz.

Esteban











Criaturas Nocturnas


Rodeado de calaveras en la noche de halloween, pisando máscaras ajenas voy abriéndome paso entre la multitud fervorosa que se agita al compás de una música hostil. Todos parecen sonreír, como si un payaso estuviera jugando con sus mentes. Indecentes pensamientos me surcan, tuerzo los ojos al ver dulces doncellas aparearse con reptiles de lenguas bífidas. Pero es noche de brujas, todo está permitido, la pócima surte su efecto en mí, me dejo llevar por el espasmo de los movimientos, adornando el momento, formando parte de un ritual pagano.
Algo rompe el encanto, dejándome al descubierto, mostrándome inseguro e insensato. Trato de volcarme al dialecto, siendo cortés, ubicado, pero torpes palabras pronuncian mis labios. Decido callar, dirigirme a algún jugador que entienda mis contradicciones y vuelvo a hablar, ahora con firmeza como un sabio en alta mar. Subo al bote y comienzo a remar. Lástima que resultó ser un pantano, que ya estaba seco.
Hoy luzco un buen disfraz apropiado para la situación, voy pálido, gélido, ojeroso. Con todo el look de un muerto recién resucitado, chocando mi cuerpo moribundo contra todos ellos que me sonríen, complacidos al verme. Seguramente se preguntaran si lucen infernalmente bien como yo, pero nunca les diré que sus caras aparentan haber salido de algún circo de feria berreta.
Llego a destino, amistades perdidas se encuentran nuevamente, palabras repetidas en alguna otra reunión se enuncian, provocando cada vez menos gracia. Igual nos miramos, compartimos el pasado que nos une nuevamente y para siempre. El grupo es cada vez más florido, nuevas máscaras se acercan tratando de hacerse amigas. Algunos se quitan el absurdo disfraz, lo dejan caer, viendo realmente seres humanos llenos de tristezas, deseos, esperanzas, alegrías.
Alguien me parece interesante, le presto realmente toda mi atención, me alejo del grupo para fusionarme a éste otro ser, comprenderlo, aunque sabiendo no poder hacerlo, el intento es legítimo y bien intencionado. Concluida la conexión verbal, me dirijo al lenguaje del cuerpo, donde estelas de placer estallan, salen chispas de nuestras lenguas como espadas recién afiladas, penetrando en lo más profundo del ser.

Algo se corta. Un cambio en la música, un cambio en el clima, algo esta pasando.
Cuando miro, veo que ya no está, pero eso no me preocupa, hay infinidad de realidades alrededor mío. Todas tienen algo para admirar, aunque a simple vista no lo parezca. Me quedo solo por un momento, sintiendo el calor que se concentra, húmedo, impuro, viciado. Sofocado salgo a la calle, algunos se me habían anticipado. Todo el mundo esta poblado de cuerpos en constante movimiento, parlantes, cabezas. Retazos de conversaciones se entremezclan con el rugir de los automotores que circulan. Un vehículo frena, sale una mano que hace una seña, inmediatamente me dirijo allí. Abro la puerta y me introduzco. Éramos cinco personas allí adentro, todas en silencio, mirando por las ventanas la realidad que pasaba a toda velocidad, el stereo retumbaba como el latir de todos nuestros corazones juntos, veloces y graves...pum...pum...pum.
La entrada al templo nocturno era inmensa, entregamos el vehículo a toda prisa, dirigiéndonos al infame santuario. En la puerta dos primates nos inspeccionaban con mirada de desconfianza. Hay que ignorarlos me dijo uno que estaba a mi lado, por supuesto yo no tenia otra idea en mente, para ver gorilas solo hace falta ir al zoológico, pensé. Aquí el asunto era otro, aunque no sabíamos bien cual.
Adentro los zombis se movían lentamente, sin dirección alguna. El espectáculo era absorbente, las mujeres parecían derretirse empapadas en sudor, como un helado de crema en verano a pleno sol, en cambio, yo me sentía fresco, liviano como una pluma, flotando a través de éstas dulzuras. Los hombres parecían tiesos mirando a esas chicas, mas con ganas de matarlas que de amarlas.
Me postré en la barra, pedí cualquier cosa para sostener en mi mano y sorber de cuando en cuando. Un cigarrillo da comienzo a una conversación, el juego está en la mesa, las piezas, son dos personas que se dedican pequeñas sonrisas, invitándose mutuamente. Juntos, de espaldas al delirio, mirándonos a los ojos, sin cruzar palabra alguna, porque la música lo decía todo, hasta la mañana donde la fiesta termino y el encanto se rompió.

Leandro O. Szilvay













Retrato

Cecilia llora
junto a la resplandeciente ventana del desván

las cavidades de su rostro
tanto como las cavidades de su alma
me obsesionan

afuera
el cielo
rosas amarillentas y espejos y huesos blancos
derramándose
sobre el escarpado horizonte de la ciudad

Cecilia no me mira
quizás le baste con recordarme
y odiarme

sus párpados se desmoronan lentamente
sobre las abultadas columnas de agua
deshaciéndolas 

Cecilia
esta tarde con aroma a tilo
se ha puesto para mí la máscara del llanto

la luz que convoca la ventana
aclara su sien
y las ondas de sus cabellos

siempre me pregunté cómo lloraría
no solloza como lo había imaginado
no solloza como yo
cuando lloro

tarde de angustia
                           silencio
                                        belleza

Gastón











Hay un niño en la calle

Don Armando era un paisano buenazo que había vivido toda su vida en campos que no eran suyos, pero que los había sentido como propios. Siempre había sido respetado por sus patrones, que veían su calidez y hombría de bien, para nombrarlo capataz general de la estancia. Hombre rudo para las tareas del campo, pero sus horas de descanso las usaba para cultivarse leyendo o escuchando buena música. Todo medio era bueno para enriquecer su espíritu. En cierta ocasión, leyendo a su “tocayo” Armando Tejada Gómez se le habían quedado pegadas estas tres frases:

A esta hora exactamente hay un niño en la calle

De nada vale, si hay un niño en la calle
El amor se ha perdido, si hay un niño en la calle.
Ellas  forman parte de un poema,  que se llama precisamente “Hay un niño en la calle”.
Todas estas lecturas  le agregaron a su  filosofía de vida, propia de la gente campera, ese sentimiento hacia la niñez desvalida y abandonada existente en todo el mundo. Las tardes de lectura, charlas y mates servidos por Marta, su compañera de toda la vida,  habían hecho de aquel hombre una especie de sabio, humilde y profundo, capaz de comprender las más complicadas conductas humanas.
Un día le dijo a su mujer, que lo seguía en todo lo que Don Armando emprendiera o dispusiese - “Martita” (así la nombraba) "Nos vamos para la ciudad, a visitar a los nietos” Y allá fueron Marta y Don Armando a Buenos Aires con toda la alegría del mundo.
 Llegaron a la Terminal de Retiro, después de un largo viaje desde el pueblo. Él que podía,  galopar días enteros sin cansarse, las ocho horas de ómnibus le parecieron interminables. Por fin el suplicio terminó cuando el abrazo con sus hijos y nietos le sacaron todo el cansancio acumulado.
Los días siguientes transcurrieron entre paseos y recorridas, por los lugares, que aunque recordados, estaban totalmente renovados por el paso de la “civilización”.
Pero a Don Armando había una cosa que le preocupaba mucho y eso era que   el paisaje de Buenos Aires, estaba plagado de chicos pidiendo una moneda o tratando de vender alguna baratija. Medio sucios y con “cara de pocos amigos” se desplazaban, día y noche por toda la ciudad, sintiéndola como propia, durmiendo en los pasillos o escaleras de los subtes, en las plazas y hasta en el umbral de algún local desocupado.
Estaba acostumbrado a ver a los hijos de los puesteros, que bien temprano a la mañana, ensillaban sus “petisos”. Se ponían sus guardapolvos  y al tranco corto, para hacer mas largo el camino, iban a la escuela muy contentos. A la tarde, después de almorzar, se ponían a hacer los deberes y luego se juntaban para jugar con muñecas y pelotas de trapo.
A estos chicos de la ciudad, se les  notaba la falta de algo, no se le acercaban francamente, era como si tuvieran miedo de ser agredidos. Percibía que el pedir una moneda, les costaba menos que pedir un poco de cariño. No lograba romper esa la barrera invisible que lo separaba de ellos. Estaba acostumbrado a actuar de otra manera con los hijos de Juan o Anselmo, los peones de la estancia.
 De repente se le vinieron encima los versos de Tejada Gómez y comprendió que la mayoría de los hombres y mujeres de las ciudades –que se dicen a sí mismo “muy ocupados”- son capaces de dar cosas materiales, para que las distribuyan otros. Que ha creado supuestas instituciones benéficas, para distribuir el dinero sobrante de sus abultados sueldos, justificando con esas acciones,  las “bondades” de sus helados corazones. Pero no son capaces de  ofrecer un minuto, de su valioso tiempo, para dar un poco de amor.
Cuando volvía en el ómnibus, rumbo a la estancia, pensaba en los niños de Juan, Anselmo y de todos los puesteros, que a pesar de todas sus falencias eran inmensamente felices. Pero  Don Armando seguirá pensando que el corazón de los hombres de las ciudades se  debe entibiar, y deben aprender a poner las acciones donde corresponde, antes de que sea demasiado tarde, porque cuando esos niños dejen de serlo, las lágrimas derramadas no serán suficientes para lavar la sangre de las calles de Buenos Aires.

Mario Cano













          Slade

Peligro en el bosque


Ya se acordarán de Slade, el hechicero, el mismo hombre que mató una gárgola y conjuró el Serpenta metí y se atrevió  a sufrir sus consecuencias.
Resulta que,  María, su jefa, le dio una misión nueva: vencer al Lechi, el duende místico del bosque.
El Lechi, el espíritu del bosque, es prácticamente verde y azul, no tiene sombra y usa los zapatos al revés.
Esta vez, Slade  tuvo que ir a Elk, donde se hospedó en Greta, una posada famosa por su  hospitalidad y su adicción a los gatos.
-          Señor posadero, sírvame unos cuantos vasos de ron verde de Santa María.- Dijo Slade.
-          ¿Unos cuantos qué?- preguntó  el posadero.- Sólo supe de él en libros de Blade el Negro.
-          ¡Adivina quien soy!- Dijo Slade con voz irónica.
-          ¡O, cielos, supongo que esta vez usted vino para matar al Lechi!- Le dijo el posadero- Si es así, solo le diré una cosa, antes de entrar al bosque, póngase los zapatos al revés y cambie la hora de su reloj a las 6:00 pm, o bien puede romper su reloj.
Slade (pensando que el posadero estaba loco) se adentró en el bosque sin modificar su atuendo. Luego de unos cuantos minutos, Slade decidió utilizar su brújula para orientarse en el bosque, pero esta había desaparecido.
Desesperado, Slade intentó hacer una brújula con un palo y una piedra (Además del conjuro gigitfili) pero no lo lograba, algo se lo impedía.
De repente, una voz conocida resonó, era la voz de Nylon Mohan.
-          Snape morpea fallecius centauro ¡Finish! ¡Finish! ¡Finish!.- Resonaba la voz una y otra vez.
-          No, no, Nylon está muerto, la gárgola lo mató, no, yo lo maté, la gárgola me mató a mi, y Nylon mató a la gárgola.- Se dijo Slade, poseído por la locura.
Entonces, Slade  comenzó a correr como un loco, corrió y corrió hasta que una raíz que sobresalía del suelo lo hizo caer de bruces contra el suelo.
La caída fue tan dura que el reloj que Slade se hizo añicos contra la tibieza del suelo.
Aun así, Slade siguió corriendo, de repente, dos rocas aparecieron de la nada y engancharon los Zapatos de Slade, quien salió catapultado hacia el suelo, desmayándose por la potencia de la caída. Cuando despertó, la locura desapareció y apareció la esperanza, surgiendo como por arte de magia, la voz de Nylon se esfumó y, en lugar de ello, la voz del posadero hizo eco en su mente.
- “póngase los zapatos al revés”- Decía la voz del hombre.
Slade comenzó a mover con esperanza la hierba, creyendo que encontraría sus zapatos.
Efectivamente, en medio se la hierva, los dos zapatos estaban enganchados en dos rocas en forma de peñasco.
-          Bien, al Lechi se lo regalo a otro mago loco.- Se dijo Slade mientras se ponía los zapatos al revés.
A propósito, uno de los miles efectos del Serpenta mentí es la cobardía, una cobardía que, en muchos casos, puede salvarte la vida.

Nahuel Melis
10 años














El conocimiento prodigo


y cuando el sol sufrió
partiéndose en mil pedazos
el niño ya había comprendido
la Soledad y el Dolor de las estrellas

Sebastián Humberto






 

Creación

Quise inventar algo,
nunca había intentado siquiera hacerlo;
recorrí mi mente con suave brío.
Algo loco, liviano, transparente debía ser.

El suelo sonó como una gota rompiéndose,
como la saliva que se hace gota en tu boca,
como tus besos que se pegan a mi piel,
como mi cuerpo dividido en dos cuando nos amamos.

Nació lo impensado tantas veces planificado:
los sueños entraron y contagiaron.

Entonces te inventé preciosa;
llena de defectos y amor, sino es lo mismo.
Me desarme para armarnos
y te inventé
                  para amarnos.

Jonatan













Un gato


Allí está el gato posado en la pared del vecino estúpido.La tarde lo registra en número infinito.  No se atreve a mirarme; (porque está de espalda a mí), pues, yo sí lo miro detenidamente. Arroja un estornudo y sigue observando un eucalipto enorme enfrente de el. Posiblemente se pondrá en cuatro patas y lamerá sus afelpadas patas para el rito. Pero no: sigue en su pose perfecta sin mirarme; hago señales para atraer su atención; le tiro  una piedra y le erro. Me pregunto por qué sigo mirándolo. Creo que ya estoy involucrado desde que lo miré por primera vez en calidad de espectador; entonces mis aspiraciones sólo se deben a ese gato: a su pellejo, a sus uñas, a sus ojos, a su mirar de tigres y jardines.

Ahora se erige increiblemente. Voltea su cara y mira que estoy mirándolo también. Nos observamos largamente conociéndonos, interpretamos que somos la misma fábula eterna de un gato en busca de un ratón.

Cristian Navarro

Revista Voyager N° 8 - Noviembre 2005






Poema

Y qué esta noche, si el tiempo
se toma cuchillo
transcurriendo sobre mi piel.
Si mi único postrero horizonte es
la triste verdad
de esta vieja pared.

Qué hay de mí
agonizando este cuarto donde
Curiosas sensaciones me asisten
y me ignoran
las básicas nociones
temporales y espaciales.

Las sonrisas huyeron despavoridas;
tras hermosos
velos de artificio han expiado.

y qué va a ser de mí!

Sebastián Humberto












El delirio de ser verdad

El fracaso de ser, solo ser.
Un ser que decepciona y alimenta,
juega y perdura,
tiembla y resiste.

Un ser que fluye como el río solo.
Un ser sin fin, sin edad, sin destino.
Alguien sucio lleno de belleza.
Alguien limpio lleno de maldad.

Un ser que delira su verdad,
alimentando la mentira.
Un ser prófugo del corazón,
atrapado por el fuego del amor.

Ese ser guarda rencor de ser humano.
Ese ser no es un ser, sino humano.
Como tal piensa y razona,
pero su locura cotidiana lo traiciona.

Encierra en la mirada jazmines
y mira con ojos de espinas.
Mira como burlando la verdad,
encierra en esa locura la cordura.

Ese ser que no quiere ver,
ese ser ama demasiado.
Un ser así es diamante,
que se oculta y se mutila.

Jonatan

 













      Slade

En Rocaroja


Slade era un hábil mago de magia negra conocido como “Blade el negro”.
Un día, Slade recibió la misión de vencer una gárgola oculta en el castillo en el poblado de Rocaroja, llamado así por la temible bestia que lo habitaba (No es que la bestia fuera roja sino que era roja la sangre de sus víctimas).
Una vez en el sitio, Slade alquiló una habitación en una posada llamada Ojo de Fénix.
-Saludos, buen extranjero.- Lo saludó el posadero.- ¿qué le puedo servir?
-Un té de anti-gárgola.- Bromeó Slade  mientras bebía un sorbo de agua de su cantimplora.
-¡Vaya!- comentó asombrado el posadero.- ¡así que usted es el famoso Blade el Negro!
-Sí, ¿por qué?- preguntó Slade.
-No, no, por nada.
Unas horas después, Slade se dirigía al castillo Dedalus (Ahora conocía el nombre del hogar de la gárgola) cuando se encontró con  el hombre al que  jamás creyó  volver a ver, Nylon Mohán, un amigo de aventuras juveniles. Justo cuando este se daba vuelta para saludarlo, una garra surcó los aires y golpeó en medio del abdomen a Nylon, desgarrándolo al instante.

Atrapado por la cólera, Slade  lanzó el hechizo más mortífero que conocía, él zerpenta metí.
-Snape morpea fallecius centauro ¡Finish!- Pronunció con un movimiento curvado con la mano. La gárgola, afectada por el hechizo, comenzó a desintegrarse rápidamente, cumpliendo con la misión de Slade.
Eso sí, lanzar este hechizo tenia sus costos.
Unos costos mortíferos...

Nahuel Melis
10 años






 


La historia de los espectros que resurgieron de las tinieblas


El granjero yacía muerto en el corral, el potrillo ensillado en la tranquera. La oscuridad era  plena. Todo marchaba según sus planes.
-Llévalo tú, Ignacio- ordenó una voz revelándose entre las penumbras. Ignacio secó torpemente el sudor de su frente y se marchó jadeante. El crimen estaba hecho.

Ajustaron las correas de los bultos y se internaron en el abrigo del bosque. Comenzaba a amanecer; ávidos brotes de sol husmeaban oscuros rincones. Bordearon setos, malezas y juncos; arroyos que serpenteaban vagamente profundas laderas y lechos, caminos salpicados por altos robles y nogales. Cabalgaron durante horas, tratando de evitar contacto con cualquier otro individuo. La cabaña no habría de estar muy lejos. Tenían poco tiempo.
El sol se puso; el cielo nocturno los envolvía sosegado, límpidamente. Se adentraron en los senderos más recónditos, camuflándose bajo la sutileza del vidrio, la ilusión agazapada. Todo parecía cobrar vida: a la distancia, árboles que se confundían con extrañas figuras, el incesante suspiro de una brisa somnolienta  entre las ramas, el aterrador murmullo de las hojas perdidas y…un grito… ese despertar del silencio sepultando gemidos agonizantes, la oscuridad sellando la sutileza del crimen, la esperanza desenredando infiernos, el arte de lo perverso resurgiendo de lo inevitable...
Quedaron paralizados.  Ya era demasiado tarde. Fugaces sombras se escurrieron entre los juncos, como si jugaran a las escondidas. Reían. Sintieron escalofríos que los estremecían gradualmente. Las figuras no paraban de moverse. Reían. Siguieron avanzando lentamente, no miraban hacia los costados. Tenían miedo. Las sombras se evadían de ese mundo incierto, entre pantanos y juncos, para convertirse en inocentes ardillas que se esfumaban bajo la insoluble oscuridad  y un silencio efímero, cuestionado por los grillos bajo azules perdidos. En fin, sólo eran ardillas…
Parecía mentira: años perdidos en soledad y abandono; hipnotizados por amargos rencores, misterios, traición, odio…insolada locura. Decapitando sueños; sepultados en infernales calabozos durante años que parecían eternos. Sus vidas parecían dar un vuelco repentino, como oscuros espectros que volvían a resurgir de las tinieblas…
Cada minuto que pasaba era eterno. Su ansiedad por llegar era cada vez más prematura. De repente, una figura que resurgía entre los robles se abalanzó sobre ellos. Ambos se lanzaron hacia los juncos.
-Llegan tarde- profirió una voz- debemos apurarnos, ya deben estar esperándonos…
Las sombras trepaban los setos, las nubes comenzaban a levantarse,  la imaginación inerte de sus pensamientos se desplomaba en el horizonte. Siguieron al desconocido un trecho, parecía conocer los caminos de memoria. La ineludible palidez de su rostro delataba una personalidad ermitaña, sosegada. ¿Quién era ese hombre? ¿Acaso era uno más?
El camino se tornaba cada vez más dificultoso; se habían apartado del sendero. Caminaron por el corazón del bosque, ceñidos por una bruma espesa y la penetrante crispación del instinto; el puñal del viento acuchillando la inspiración del alba. El cielo se tornaba pálido; pasajeras manchas crepusculares envolvían el horizonte; la inmensidad del cielo vespertino los hacía cada vez más pequeños. Sólo eran puntos: tres puntos que trataban de superar los límites que el propio destino había sido capaz de ponerles a prueba, superar la  barrera  que separa una vida incierta, misteriosa, férrea de…
Un destello de luz agonizante se disipó entre las hiedras. Las horas de oscuridad habían parecido eternas. Pudieron ver las luces de la cabaña parpadeando en el agua. No podían creer haber llegado…
Cruzaron un viejo y llamativo puente, el mismo que el leñador les había predicho poco antes de emprender el viaje. El lugar apestaba a resina. Asediado por numerosos cedros y alerces, un arroyo cristalino zigzagueaba rústicamente los alrededores de la cabaña. El ermitaño golpeó bruscamente la puerta. Nadie respondió. Se asomaron por la ventana y notaron que la mesa estaba servida.
-Será mejor que esperemos aquí, no debe tardar en llegar- dijo por fin el ermitaño, tratando de evitar mirarlos a los ojos.
Se sentaron plácidamente en las escalinatas de la cabaña, acólitos por una bruma enternecedora gravitando aquel mundo desconocido. El lugar transmitía una armonía única, irreprochable. No era más que eso, sentarse y escuchar el silencio…
Abrieron los ojos lentamente. Estaba amaneciendo, un sosegado resplandor naranja impactó contra sus rostros, cerrando las puertas a un ocaso predecible. Se miraron fijamente unos segundos, como si aún no aterrizaran en la dolorosa pesadumbre de la realidad. Se habían quedado dormidos, esto no podría estar pasándoles… La cabaña estaba vacía, no había rastro de nadie que pudiera haber entrado mientras ellos dormían profundamente en lo más remoto de sueños sublimes, pesadillas quizás...
Atroces y singulares crímenes, ¿Qué podría ser peor? Uno más en la lista, un grito, era tarde. El leñador no les había previsto nada de esto; debía haberles dejado algún mensaje, una señal… pero nada de eso habían encontrado. En fin, tenían que seguir su camino. El granero no habría de estar muy lejos…
Los caminos eran cada vez más desolados, el cielo cada vez más despejado…habían acabado el tramo del bosque, irrumpieron en terrenos cada vez más solitarios. Estaban cansados, pero no debían detenerse, el tiempo los sujetaba hasta el cuello. El ermitaño aminoró la marcha, respiraba con dificultad. Su rostro se fue tornando cada vez más colorado, como si alguien lo estuviera estrangulando, pero no había nadie más allí: solo oscuridad, silencio… Con un último esfuerzo tomó un papel de su bolsillo y lo aferró duramente entre sus dedos, al mismo tiempo que un golpe seco y un último grito callaban el silencio. Ellos lo sabían, siempre lo supieron; tarde o temprano sus condenas llegarían, no había escapatoria. De todos modos, nada perderían por intentarlo.
Las luciérnagas acometían vagamente la cúpula infinita. Ensillaron el potrillo en la tranquera y  se apresuraron a llegar al corral. Como lo suponían, era demasiado tarde… jadeando, Ignacio llevó el cadáver hacia el lago.

Singulares crímenes, el granjero que yacía muerto en el corral, la misteriosa desaparición del leñador en el bosque, un ermitaño que yace sepultado en lo más profundo de su soledad aferrado a un mísero papel… Dos sujetos: dos sujetos que marchaban hacia el bosque bregando sus últimas horas, mientras los envolvía, sin pausa, la oscuridad.

Ayelen Illanes
2° premio de la etapa regional en los torneos bonaerenses











Burla a la soledad


Siento la frontera de tu piel,
                                 y hace frío.
El freno de tus ojos a los míos,
                                     y hace frío.

Cómo tratás de ocultarme tu fragancia
y vaciarte de mí. Hace frío cuando
frente al mar te lloro.
Escondo en el frasco del silencio el dolor
                                          y hace frío


Cando junto a la almohada hace frío,
con una frazada
                     lo esquivo.

Danilo











La espera


Era aquel un lugar distinto por su estructura edilicia. Los principales edificios públicos, que se encontraban a lo largo de una avenida de doble circulación, le daban la apariencia de pueblo de paso.  Sus incontables casas estaban dispersas en  manzanas mal dispuestas, debido a  una anárquica diagramación urbana. Solo la inmensidad de la  pampa que lo rodeaba,  unía a Puente Viejo con  los demás pueblos del mundo.
En el fondo de la avenida, ya saliendo de la zona urbanizada, estaba la estación de servicio.  Don Juan, su  propietario, estaba  parado en la puerta.   Los brazos en jarro,  le daban a aquel hombre  una imagen de “patrón” del universo. Su  mirada,  hundida en el paisaje,  vislumbraba, desdibujada y ondulante por el espejismo, una polvareda muy lejana, casi eterna. 
 Se percató que a su  alrededor, todo era silencio, que las campanas de la iglesia no repicaban, porque no había feligreses para llamar, y que el Palacio Municipal  estaba vacío, porque no había contribuyentes, ni concejales para legislar.  La policía no procedía, ni los  jueces impartían justicia, porque no había crímenes, ni robos, ni controversias de ningún tipo. El hospital  estaba sin  médicos y  enfermeras, porque no había enfermos que curar. En los locales comerciales no se exhibían  mercaderías, porque no había compradores. Reinaba la paz en todos los ámbitos de Puente Viejo, porque el pueblo  no tenías habitantes.
 Por un instante imaginó, que la polvareda desdibujada y lejana, se transformaba en gente que poblaba las calles de Puente Viejo. Entonces – pensó - que resonarían las campanas de la iglesia llamando a los fieles, que acudirían a confesar los pecados, que volverían a cometer una y otra vez, que el Palacio Municipal se llenaría de contribuyentes y los concejales legislarían, procurando quedarse con la mayor parte de los dineros del pueblo, pero siempre prometiendo una vida mejor para todos.  La policía reprimiría brutalmente a los inocentes y haría la “vista gorda” con el  accionar de los verdaderos delincuentes. Los jueces impartirían injusticias olvidando, en sus fallos, la aplicación de las leyes. El hospital estaría superpoblado de gente enferma y sin atender, porque los médicos y enfermeras estarían protestando  para obtener mejores salarios.  Las calles estarían  cortadas por piqueteros, que pidiendo pan y trabajo,  sabrían de antemano, que nadie les daría  respuesta  a sus necesidades. Se acrecentarían las ventas de  artículos innecesarios para vivir, ofreciendo  regalos, tómbolas y toda la artillería pesada del marketing y la gente compraría, con todos los medios de pago posibles, hasta quedar económicamente destrozados.     
El caos se apoderaría de  Puente Viejo.
  Pero no obstante todo ese caos, también se llenarían las plazas de niños jugando, con sus madres embarazadas, esperando a que los padres regresen de trabajar. En los asientos, de esas  mismas plazas, se sentarían  parejas de enamorados prometiéndose amor eterno, entre besos y caricias. Los  ancianos, jugando a las bochas,  se sentirían felices, rodeados   de sus nietos. En realidad todos los habitantes de Puente Viejo, en algún momento, podrían gritar con toda la fuerza de sus pulmones: “ Hoy  he tenido un día de felicidad”
Don Juan dio media vuelta, entro en la oficina de la estación de servicio y se sentó en cómodo sillón  del escritorio Con la mirada puesta en el infinito y con voz muy segura expresó “Vale la pena esperar”.          


Mario Cano