Revista Viajero Nro. 16 - Mayo 2007



Adolescentes


Debiera sentirme relajado supongo,
pero abatido suena mejor;
en realidad no,
pero así estoy hoy.

Debiera sentirme seguro quizás,
sin motivo aparente,
pero fehaciente me suena mejor;
no sin razón, no.

Debiera verme cuando me veo,
pero en realidad no soy.
Una persona traicionada por su sombra
es lo que soy.

Debiera mirar hacia el frente,
pero humano, verás, es lo que soy.
Me quema mi pasado instantáneo,
que sin mirar, observo.

Debiera ser muchas cosas
más de las que soy;
debiera ser alguna cosa primero
más no la puedo hallar,
la existencia de mi vida,
sin divulgar está.

No sin motivo,
seguro que no,
pero acaso,
¿quién lo dirá?

No la oiré jamás
si mi centro no logro hallar
en esta intrincada etapa
que solo puedo recordar.

Destino ventajoso
pero no tan piadoso,
no te reveles, no;
más déjame ver
lo que debo hacer
para finalmente ser.

Gonzalo M. Romano














Presagio


Caminaba con calma por la calle desierta. El frío era agudo. Unos pocos bares se encontraban abiertos y en su interior se podía ver a los hombres perdidos en la bebida. Me había sentido demasiado abrumada al comprobar que pasaría la noche de fin de año en soledad, por lo que había decidido abandonar mi humilde hogar para salir a vagar por esas calles sin dueño. Creí que, al menos, serviría para despejar mi mente de los problemas económicos que me acosaban en ese entonces.
Sin embargo, fue inútil. Pensé que las familias disfrutaban de ostentosas cenas mientras yo me “deleitaba” observando a los pobres hombres, y hasta incluso perros, que revolvían la basura intentando hallar algo de comida para saciar su apetito.
Los estrechos caminos se encontraban iluminados únicamente por las luces procedentes de las casas o bares; el resto, oscuridad. Ni siquiera los focos de alumbrado público podían esclarecer aquel ambiente tan sombrío. De pronto, toda la situación me infundió miedo.
Al observar con detenimiento la precaria luz proveniente de la ventana de un pequeño edificio, recordé las horrorosas circunstancias de las que había sido testigo alguna vez.

En una noche fría y oscura, ella camina por la vereda de enfrente al edificio en el que vivo. Como casi todos los días, la veo; es la hora en que me dispongo a cerrar las cortinas de mi departamento, ubicado en el primer piso.
Repentinamente, un hombre sale desde un estrecho callejón a espaldas de ella y se le acerca con sigilo. Tiene un arma blanca en la mano derecha, que presiona sobre su delicado cuello. La obliga a retroceder y la conduce hacia el mismo callejón del que salió. La oprime contra la pared y continúa hundiendo el filo del cuchillo en su cuello. Su cara se encuentra tapada por una máscara que por momentos se confunde con la opacidad de la noche, aunque pese a ésta veo. Le indica con un movimiento de cabeza el bolso que ella carga en su brazo izquierdo. La mujer lo abre y él saca de su interior un objeto un tanto rectangular, probablemente un monedero.
Cuando parece que finalmente va a marcharse, la obliga a levantarse el vestido y se dispone a violarla, pero ella comienza a gritar. La calle está desolada. Pide ayuda una y otra vez; nadie más que yo puede saber lo que sucede. De pronto, observo cómo el ladrón se convierte en asesino al cortar con la hoja del cuchillo el cuello, imagino que más precisamente una de las venas yugulares de la mujer. Él corre con el monedero en la mano, ella se desvanece en el suelo donde será encontrada sobre un charco de acuoso granate, manchada de muerte.
Cierro la cortina y continúo con mi vida como si nada hubiera sucedido, me convierto en cómplice de aquel desconocido al ocultar por el resto de mis días la visión de ese homicidio.

Seguí mi camino intentando olvidar aquellas imágenes que reaparecían en mi mente después de tantos años de sucedido el hecho. Desde el momento en que había sido testigo también había sabido muy profundamente que jamás podría librarme de ellas.
Sentí un escalofrío que subía lentamente por todo mi cuerpo. Al percatarme de la intensa oscuridad que aumentaba a medida que los minutos corrían, opté por regresar al departamento, aunque tuviera que acostumbrarme a la soledad del ambiente. Así que apresuré el paso y doblé en una esquina, no obstante, al hacerlo, me hallé en una calle aún más oscura que la anterior.
Mi mente se escapó, escabulléndose por recovecos y lugares desconocidos, para detenerse frente a unas imágenes con algún factor común y a la vez familiar.

Me encontré parada en una callecita lúgubre e imperturbable como ninguna otra. Caminaba despacio, hasta que escuché pasos que se acercaban lentamente. Un hombre se detuvo frente a mí, impidiéndome el paso. Me pidió plata que yo no tenía y me amenazó de muerte si no le entregaba toda la suma que llevaba conmigo. Le repetí que no tenía dinero, pero no me creyó. Se oyó un disparo seco y algo que se hundía en mi corazón, quemando mi interior.

Súbitamente regresé a la realidad. Casi por instinto, llevé la mano al corazón para asegurarme de que todo había sido solo producto de mi imaginación. Miré alrededor, me encontraba en el escenario donde había tenido lugar la fantasía. Todo era exactamente igual, incluso los mínimos detalles. Sentí pánico y traté de convencerme de que era una locura, nada de aquello había sido real ni tenía por qué serlo ahora.
Instantáneamente, oí unos pasos largos en dirección a mí. El pánico se convirtió en completo espanto y comencé a correr desesperadamente sin rumbo fijo. Solo deseaba salir de la oscura calle y buscar refugio entre algún tumulto de gente. Sin embargo, ya estaba frente a mí. Su cabeza estaba cubierta por una máscara de tela negra y sus manos, por guantes del mismo color. Llevaba un revólver en su mano derecha, el cual apuntó a mi cabeza, al mismo tiempo que pedía dinero.

-No tengo -le dije con voz temblorosa.
-No grites o te mato. Dame todo lo que tengas. ¡DALE! -contestó él.

Exclamé una vez más que no tenía dinero, que se llevara el reloj o cualquier otra cosa, pero que dinero no tenía. En ese preciso momento, escuché el sonido del disparo que había oído anteriormente en mi extraña visión. Sentí frío, mucho frío y me desvanecí en el suelo. En medio de la espesa e interminable sombra alcancé a ver una precaria luz proveniente de la ventana de un pequeño edificio.

Natalia Soledad Rotelo








Mar de ojos vacíos

 
Ella camina sola
sobre el mar de ojos vacíos
porque nada queda para ella
solo otro igual sin un dios
esperándola en la ciudad desierta
sobre el mar de ojos vacíos.
El la ve llegando con la caída del alba
bajo la luz de lágrimas y ecos
que separan los ojos de la cara
aquellos ojos que perdieron la libertad en vos
haciendo lo posible imposible
lo imposible tu única ayuda
y entonces encuentras
la libertad en los ojos vacíos
y entonces encuentras
la vida tras tus caminos
entonces
ellos abrazan la suerte en una caricia
y miran el mar de ojos vacíos
esta vez ella le dice a su mirada
ya no somos la espera de los dos
y nunca parte fuimos
del mar de ojos vacíos...

Lautaro Dure














Virtudes

Hoy el mundo me confiesa su frescura;
me muestra su ternura y su sabor a flores.
Hoy me inspiro en una pequeña idea:
en juegos trasparentes, manzanas dulces,
toboganes a la nada, sube y bajas al cielo.
Hoy encuentro mi bella necesidad;
mi pureza en lo impuro,
en lo que florecerá.
Hoy redescubro primaveras; hoy soy la primavera,
que nace para los que aman;
que vive en los que se aman.

Hoy mis suspiros caen rendidos a tus caderas;
y mis manos se desarman en tu boca.

Jonatan








sin ton ni sazón

                                                                        
Era una tarde triste, y esas siempre atraen la melancolía invitando a reflexionar sobre aquellas cosas que, en días de sol, se espantan como los vampiros.
Preguntas revoloteaban como moscardones:
¿Tendría alguna vez un minuto de paz o comprensión? Quizás no, y pasara su tiempo así, saltando de aquí para allá tratando de no importunar demasiado. ¿Acaso no le decían siempre que cuando se excedía en su presencia todo se volvía demasiado ardiente? No, mejor estar poco y desaparecer rápidamente para no cargar las tintas con su temperamento picante, inquieto y excitante.
Reflexionando, su soledad no era total, siempre estaba allí su mejor amiga. Y no por que fuera tranquila y simple,  muy por el contrario, en realidad nadie sabía muy bien qué guardaba en su interior. Como compuesta por miles, jamás era la misma, cada día una faceta nueva, cada momento una nueva capa salía a la luz. Capaz de hacerte llorar, o de congraciarse con los más dulces, combinaba a la perfección con su ardiente humor, convirtiéndose ambas en el alma de la mayoría de las reuniones.
Tristemente, lejos de su amiga  que la suavizaba, tendía a excederse y por eso cada dos por tres se hallaba sola reflexionando sobre su triste destino.
Una tarde de invierno, de esas que invitan a estar junto al fuego bebiendo algo caliente, cargado, de cuerpo seductor, ella llegó al límite de su fugaz paciencia. No quiso soportar más la mirada de soslayo, la crítica velada y los ceños fruncidos. Estalló, les cantó las cuarenta y descargó todo su furor en medio de la cálida reunión. Así, arruinó lo que podría haber sido una velada deliciosa, equilibrada, sazonada en partes iguales con la profunda intensidad de su gran amiga y con un puñado del ácido dulzón del «gordo», siempre rojo de tanto viajar de lugares fríos a climas ardientes, y con el toque sabrosón de su compañero igual de rojo pero con distinto temple y sin olvidarnos del pequeñín, tan pícaro y fogoso como necesario  para levantar cualquier reunión. Eso, sin entrar en detalles hablando de Boogie, siempre intentando unir y aceitar las relaciones, o del flaco, con su aroma inconfundible y palmas dispuestas a enfatizar cualquier sensación.
Nada quedó de ese delicado equilibrio, todo fue furia y ardor.
Cuando salió de allí, llorando su cólera, la pobre corrió al viento hasta la plaza más cercana y se sentó  en una banca vacía. Se preguntó por enésima vez si ése sería su destino eterno, como Sísifo arrastrando la enorme roca una y otra vez por toda la eternidad.
En ese momento,  no pudo evitar recordar aquella noche fría, de esas que crujen en el estómago pidiendo más. Esa noche perfecta, cuando  se encontró con él. ¡Le quemaban los recuerdos sólo con su imagen! Era tierno, de carnes firmes, jugosamente voluptuosas, una buena pieza de los de su clase.
Juntos, habían alcanzado una deliciosa combinación, exacta para una fría noche de invierno. No es que se hubiesen convertido en un par digno de un rey, por que eran sencillos, pero capaces de saciar a un león.
¿Dónde estaría él ahora? ¿Volvería a verlo alguna vez?  Extrañaba su textura tierna, más ahora, en esta destemplada jornada. ¡Quiera el destino volverlos a reunir para inundar el aire de delicia!
Para su desgracia, la realidad no era como los recuerdos, y un mar de soledad la esperaba, su mejor amiga poco podría hacer para consolarla, escaso consuelo eran las dos solas.

Caro fue el precio del enojo y la furia, para su desgracia, no le quedó más remedio que admitir que necesitaba de ellos, cada uno con su toque, cada quién con su  particular modo de excitar los sentidos. Pero, después de lo ocurrido,  compañeros y amigos, hartos  de su espíritu de fuego, dejaron de invitarla a las reuniones.
Pasaron las semanas y la barra de amigos se reunía aquí y allá fingiendo no haberla conocido nunca. Cada quién continuó su vida como si nada, semanas enteras de almuerzos, cenas, reuniones casuales y no tanto quedaron atrás sin la furiosa amiga. Ella por su lado, tejía el hastío con un falso optimismo, que se apoyaba en las ventajas de la nueva situación. Pero, los constantes sueños con aquella noche de invierno, atestiguaban el vano intento.
Pasaron infinidad de noches con sueños ansiosos y recordando tardes deliciosas.
Atrás quedaron miles de tardes de charla desabrida, y de amistades sin sustancia.
Insulsa fue la rutina de cada uno de los amigos.
Al tiempo, todos parecían resignados a una vida de colores deslucidos, aromas tenues, sensaciones aguadas. Atrás quedaba la sinrazón y la pasión arrolladora subida a un bocado. Pero atrás había quedado también el sabor de vivir, la sazón de un corazón latiendo sensaciones únicas y que colman.

Bordeando la primavera, la amiga más reciente y menos comprometida del grupo, dijo lo que todos estaban sintiendo y ocultaban en el fondo más oscuro de su alma. Ella, la frívola y poco pensante, la que se sentía especial con su piel tersa, su aroma único, su temple intenso, exótico y su mirada verde, dijo lo que nadie quería admitir.
Fue un mediodía ventoso, con ráfagas que olían a pescado asado haciendo cosquillas que llegaban hasta el estómago. Ese día, prometía ser perfecto, sabores en excelsa armonía, colores invitando sensualmente a ser tocados, degustados. Pero ella intuía que sería un fracaso, entonces lo dijo: Hasta que no estemos todos juntos nuevamente, esto será como absorber vitaminas de un vaso de agua. Si quieren realmente volver a paladear un sabor verdadero, deben recuperar a la que falta—.Clavó su mirada verde en cada integrante reforzando la afirmación.

Ignorando lo que ocurría, la marginada compañera, pasaba el tiempo templando su soledad con amistades superficiales que quisieran aceptarla. Pero estos paliativos ya no funcionaban, ansiaba desesperadamente  recuperar la fiesta de colores y sensaciones que les daban sus compañeros. 
 Dolorosamente había aprendido la lección
¿Sería tarde para cambiar las cosas? ¿Habría oportunidad de reparar los lazos?
El sol que entraba por la ventana le traía recuerdos de aromas infinitos vividos con sus amigos, una piedra pesada cayó en el fondo de su alma, entonces, llegando al límite de la desesperación dejó a un lado el tonto orgullo y tomó el teléfono. Éste, aparentando estar unido telepáticamente a sus deseos, sonó al apenas apoyar la palma en el auricular. La voz de Boogie hizo que su corazón latiera feliz, la estaba invitando a comer asado de pescado.
Sin disimular su felicidad, tal como era su estilo, partió rápidamente hacia el lugar de reunión. Al verla, los amigos soltaron los rencores que volaron muy lejos llevados por las ráfagas de primavera.

Tibias  resultan las palabras para describir la intensidad de las sensaciones de ese día, usar vocablos fantásticos como “pantagruélica”, “colosal”, “magnífica”, “ciclópea”, “apoteósica”, no son capaces de transmitir esa mezcla exacta entre el aroma lesivo del humo y a la vez estimulante con sus ráfagas llenas de carne casi a punto. No podemos sentir con ellas esa explosión de colores que penetran por los ojos y por la nariz al traernos la suavidad del aceite, la intensa y exótica presencia de las aceitunas, la justa combinación entre lo ácido y dulce del tomate o la tajante sensación del morrón, recostado todo en un colchón de deliciosa cebolla transparente y jugosa, con una lluvia del aromático e indispensable perejil y el infaltable toque aromático del ajo.
Difícil se hace provocar esa inmensidad de sensaciones donde no hay órgano sensorial que quede sin ser acariciado, llevándonos a un éxtasis. ¿Hay otra creación del ingenio humano capaz de provocar tanta cantidad de placeres a la vez?
Por eso, ese mediodía de inicios de primavera, quedó grabado en todos los amigos con la indescriptible esencia de la comida, recuerdos regados por la salsa, aromatizado por la mezcla de humos, carne dorada, verduras y frutas de inconfundible presencia, y prendida a la vista con sus verdes fulgurantes, rojos deliciosos, jugosas transparencias.

Nuevamente, fue la compañera más frívola la que pudo ponerle palabras a esa magnífica jornada. Sirviéndose un delicioso vino blanco con un dejo de uvas frescas, alzó su copa y dijo: Brindo por nosotros, que, como esta sabrosa salsa criolla con aceitunas, necesita todos los ingredientes para transportarnos su esencia única. Cada componente tiene alma propia: picaresca, aromática como la del ajo, dual y sabrosa como la del tomate, jugosa y  compleja como la de la cebolla... decía señalando divertida a sus amigos ...picante, fogosa y pasional como la de la pimienta  agregó señalando a la recién llegada. Luego bebió un nuevo sorbo y continuó su brindis: —Esencia única, pero nueva creación al unirse a otros; única y fundamental por que sin esa salsa que formamos todos, este pescado sería un ejemplo del aburrimiento y lo insulso. Pero, con salsa y todo, aún sigue siendo algo soso y rutinario sin la pimienta, esa gota de pasión y sinrazón, piedra filosofal de la creación—. Ella dirigió sus ojos a la alocada amiga y con un gesto la invitó a beber. —Brindo por cada uno, y por el mundo nuevo, pleno de sensaciones que se abre cuando integramos nuestras esencias.

Maria Claudia Machelett








Entre Penumbras


Entre penumbras
Veo arder tu reflejo
En el frío líquido desparramado
De las paredes aterciopeladas
En una habitación redundante.

En el reflejo de sombras ardientes
Descubro tu mirada encendida
Que descifra el fuego incontenible
De figuras que se enredan,
Mezclan aliento y saliva,
Se transforman divisándose levemente
Entre paredes espejadas,
Anudan respiraciones entrecortadas,
Se unifican en diversas formas.

Un desbordante rayo desorbitado
Quiebra la noche
Por uno de sus costados.

Momento culmine,
Brota la sensación de embriaguez
Colmada de alocada pasión,
 Y tu alma destila centellas de luz
En esta noche imperfecta
Dentro de este entorno vacilante
Me lleno de lumbre de tus estrellas.

Después de nuestras voces,
La lluvia comienza a desalojar
El silencio de la habitación,
Y tu sombra se encadena
Al sentir inagotable de mi fantasma
Por el resto de las noches y los días
De la vida entera.

Roxana Contreras













Ahora me has dejado


Ahora que me has dejado,
es cuando más pienso en ti,
Ahora que ya no te tengo
a mi lado es
cuando más te deseo
junto a mí.

Y aunque tú te hayas ido,
yo nunca te he dejado
de querer,
por eso hoy te ruego
que regreses junto a mí.

He intentado olvidarte,
pero no lo eh podido lograr,
porque cuanto más lo intento,
mas sufre mi corazón.

Te recuerdo cada noche
ahora que no estás,
y a oscuras siempre estoy
esperándote llegar.

Te busco en mis sueños,
y nunca tú estás,
no sé como hacer para
retenerte junto a mí.

Regresa vida mía,
no puedo ya seguir así,
no dejes que mi corazón,
sufra más por este amor.

Regresa amado mío,
no me dejes sola así,
no ves que mi corazón
se está muriendo,
al verte a ti partir,
y si tú no regresas pronto,
él dejara de latir

Romina Contreras
romi_lh@hotmail.com

Revista Viajero Nro. 15 - Abril 2007




“El silencio es tan dulce
Perdiéndose libremente en el aire,
Derritiendo los oídos de quienes
Lo escuchan,
Perdidos, derrotados
Por el insomnio Infernal
de estar hablando
Frente a frente
Con el que está del otro lado,
Que después de todo
Es uno mismo
Llevándose a la locura.”

Roxana Contreras













La Rosa Blanca


Blanca corona. Un mundo
opalino de frágiles pétalos.
Pétalos, palabras vivas.
Un sinfín de pensamientos
que se abren por completo,
a la búsqueda de los versos
etéreos y alados. Pálidas,
e inquietas mariposas vuelan
al encuentro de la brisa
cálida, de la lluvia fresca.
Un sugestivo y encantador
efluvio de primavera.
Magia que todo lo envuelve
sin temor, sin reservas.
Se mueve, en silencio
transcurre. Sutil, errante
da paso a la estrofa,
donde nace la poesía.    

Claudia Mercante
Escritora y Artista Plástica













Simplemente sí

Si amar fuera fácil.
Si tenerte fuera tan sencillo.
Si acariciarte me costara esfuerzo.
Si en la victoria no hubiese vencedor.
Si el sacrificio fuese necesario.
Si el primer beso me fuera robado.
Si al decirme adiós, me mataras de poco.
Si la risa me llevara al llanto.
Si una flor curara todas mis heridas.
Si con perdonarte sanaras las llagas,
que quema mi alma de niña mujer.
Si fuera capaz de aliviarme las penas.
Si la traición un día pudiera olvidarse.
Y si los problemas pudieran borrarse.
Si pudiera arreglarlo todo,
qué fácil sería, entonces la vida
¿De qué serviría?

Baby













Equilibrio


Perfume de mis horas,   
aliento de mis fuerzas,      
miel de mi cotidianeidad,
carcajada de mis torpezas.

Motor de mis sueños,
torbellino eterno de mi pasión,
remolino de caricias,                
de cada poro de mí ser.

Estrella en mi tristeza,        
cosquilla de mi alegría,        
garúa de azúcares dorados,   
mecedor de mi intolerancia.

Columpio de mis risas,    
suspiro de mi inspiración       
eterno amor de mi vida      
equilibrio en mi rutina…     
mí amor.

Liliana Araya













Fines de enero


La rosa se abrió para darnos su mano.
El cielo puso cuota de talento,
para unir dos almas libres.

Los gritos se hicieron silencio,
las aguas amansaron su bravura,
las agujas suspendidas esperaban,
y nosotros,
nos vimos.

Nos vimos y sentimos;
dejamos las piedras a un lado del camino y
las hicimos arena que paseamos descalzos.

La magia vislumbró tu figura,
que a fines de enero me hechizó.
Las calles estaban vacías,
solo, quedamos los dos.

Se translució un corazón suave que:
a flor de piel era un manantial  de sentimientos,
a flor de piel iluminaba la luz,
a flor de piel,
me iluminó.

Jonatan













Ilusión

La niña dormía plácidamente en su cama, mientras el libro que había estado leyendo reposaba abierto sobre sus piernas. La vela había quedado encendida, iluminando parte de la habitación. Cerrada estaba la ventana y corridas, las cortinas; sus padres se habían encargado de hacerlo antes de partir. Los minutos transcurrían sin que la pequeña pudiera notarlo. Su mente se encontraba sumergida en otra realidad, SU realidad ahora.
La tenue luz de la vela disminuía poco a poco. Pronto se extinguiría por completo. Los últimos hilitos de claridad se los adueñó la imagen del difuso arbusto del libro. Finalmente, la luz desapareció. La liviana hoja, en la que se encontraba la figura, se sacudió. De su inexistente interior, pareció surgir una especie de rama, como una enredadera.
La planta se arrastró lentamente por el brazo de la niña que aferraba con entusiasmo el libro, pese a su ensueño. Rozó su hombro y luego acarició tiernamente su mejilla. La pequeña, emocionada, la tocó. Abrió los ojos, una insignificante hojita verdosa revoloteó y cayó al suelo, pero ella no alcanzó a verla; la planta ya no estaba allí, había vuelto a ser una imagen plana en el papel.
Se sintió sola, extrañaba a su padre, sus dulces caricias y su beso antes de dormir. Intentó volver a soñar, retomar sus hermosos pensamientos inconscientes para no sufrir la momentánea ausencia de su progenitor. Haciendo un gran esfuerzo mental, logró sosegarse, una vez más. Oyó, muy a lo lejos, como proveniente de un mundo ajeno al suyo, el sonido de la puerta de la habitación abriéndose. Percibió una lucecita en su cara, aunque sus ojos no quisieron despegarse. Algo volvió a rozar su mejilla, pero ni aún así pudo regresar de su letargo. Se aferró con ansias a lo que la estaba acariciando y soñó que su padre le daba un fuerte abrazo. Sintió que aquello comenzaba a rodearla completa y pensó que su padre tenía grandes brazos que la hacían sentirse protegida. Se sujetó con más fuerzas y más ganas que antes, no quería que su dulce papito se alejara de ella, ni siquiera por un instante. Lo que la sostenía la acorraló y empezó a apretarla, aprisionarla, ahogarla, asfixiarla. Cuando por fin quiso abrir sus ojos, ya era tarde, su frágil cuerpito ya no era capaz de continuar.

Natalia Soledad Rotelo














Que quisieras tú de mí

Que quisieras tú de mí
un horizonte tallado con anhelos
un jardín plantado de consuelos
o cortar mis alas para no alzar mi vuelo.

Que quisieras tú de mí,
una mañana iluminada por sonrisas
un cortejo de infinitas caricias
o cerrar la ventana para no poderme hacer brisa.

Qué quisieras tú de mí,
un mar con olas de ilusión
la piedad de un amor más grande que el corazón
o que disfrace mi rechazo en una falsa aceptación.

Que quisieras tú de mí,
que te bese hasta llevarte a las nubes
que te haga sentir que te acompaño mientras subes
o que mi partida deje de ser lo que tu realidad siempre elude.

Romina Contreras













Sin luz se ve mejor


El viernes por la noche nuestra casa se vio afectada por un corte de luz, los primeros perjudicados fueron los chicos, porque automáticamente sintieron miedo.
El corte me sirvió para descubrir que hay una palabra mágica, que puede ser empleada para cualquier tipo de emergencias, esa palabra es: MAMAaaa!!!. Eso fue lo primero que dijeron ante el apagón. Mi reacción fue inmediata, correr a buscarlos, abrazarlos,
contenerlos, demostrarles que todo estaba bien y llevarlos en tren hasta la cocina para encender las velas.
Pasado el primer susto, nos sentamos en la alfombra del living, a la espera de que “se hiciera la luz”, cosa que no ocurriría hasta el día siguiente.
Pensando en cómo entretenerlos, vino a mi mente la frase tan usada por mi abuela: SIN LUZ SE VE MEJOR, y rápidamente mi memoria  recreó todos los sucesos que habían dado origen a la frase y de los cuales, yo, había sido parte activa. Sin duda alguna, era una buena historia para entretener a los chicos.

Nací en la pequeña localidad de Tréboles, allí transcurrió mi bella infancia, en el campo de mis abuelos, que albergaba a todos los Rocha en diferentes casas, construidas en torno a la casa grande. Era maravilloso vivir allí, rodeados de naturaleza pura y en una increíble armonía familiar. Esto tal vez se haya dado porque todos los mayores compartían su trabajo en el campo, y todos los chicos nacíamos y crecíamos juntos, y lo hacíamos todo juntos.
Al cerrar los ojos, tengo guardadas vivas las imágenes del campo siempre verde y de las flores de manzanilla, que lo convertían en un perfumado desierto dorado. Los recuerdos se agolpan ahora en mi mente y brotan dulces, tal como los viví en ese momento.
Los más chicos  salíamos del campo, nada más que para ir a la escuela, o en el caso de estar enfermos, para ir hasta el hospital del pueblo. En realidad, no necesitábamos salir porque todo estaba allí, en casa, hasta la felicidad. No por ello desperdiciábamos la oportunidad de hacerlo, como aquella vez en la que nos avisaron de la muerte de un tío que vivía en Campanares, a ciento ochenta km .
La abuela Rosa reunió a todos en la casa grande y fue muy clara en sus conceptos: “el tío Eusebio ha muerto y quiero que toda mi familia esté allí para el último adiós”.
La palabra de la abuela era sagrada, y nunca se le había discutido. De inmediato se organizó un viaje para los treinta y dos Rocha, ese número nos incluía a los chicos. Estábamos desbordados de felicidad, aunque no era el sentimiento adecuado para la ocasión; después de todo, los chicos no conocíamos al tío Eusebio. En verdad, los grandes tampoco, porque escuché que mamá y papá se preguntaban quién era el tío Eusebio. Más tarde me enteré de que mis abuelos lo habían visto sólo una vez en un casamiento, y que era un concuñado del abuelo José. En resumen, no se sabía quién era,
pero nos bañaron, nos perfumaron y allá partimos todos en el viejo colectivo del tío Pepe. Nos esperaban ciento ochenta km de aventuras y el velatorio de alguien a quién jamás habíamos visto.

El viaje resultó toda una aventura, tal como lo habíamos pensado. El colectivo parecía una vaca cansada desplazándose de un lado a otro por las calles de tierra y ripio; entraba y salía de los pozos haciendo unos ruidos extraños que parecían quejidos. Los chicos nos reíamos de todo, pero la abuela nos pedía silencio por respeto al difunto.
Podría relatar cientos de episodios ocurridos a lo largo del camino, pero el que más gracia me causó fue cuando el colectivo se encajó y todos se bajaron a empujar, sin contar con que el tío Osvaldo  aceleraría en el momento equivocado y los llenaría de barro. Fue una catástrofe porque nadie tenía ropa para cambiarse. Todos pensaron en volver, pero la abuela insistió en continuar, alegando que la ropa se secaría, y como era sabido, su palabra era sagrada para los Rocha.
La abuela no se equivocó, la ropa se secó, pero quedaron todos con un olor a perro mojado que nos obligó a abrir las ventanillas. Así en ese estado, y ya entrada la noche, llegamos a Campanares, que era un pueblo, pequeño, pero pueblo al fin. Nos bajaron del colectivo en fila india y cuando nos disponíamos a entrar, sobrevino la catástrofe: se cortó la luz.
Se hizo un gran silencio y nadie supo qué hacer, nos sentaron en el suelo en fila, tal como habíamos quedado, en espera de nuevas órdenes. La abuela entró presentándose en voz alta, palpando a los presentes con el fin de reconocer a alguien. No sé a quién, si no conocía a nadie, pero así era ella. Como ya se había puesto pesada con el manoseo, una voz pidió una silla y allí la dejaron embutida.
Alguien pasó cerca nuestro y dijo: ¡qué lindos chicos!, sin duda alguna tenía mucha imaginación, era tal la oscuridad que ni siquiera se divisaban las figuras.
Lo peor de todo fue, que después de tantos km, todavía no habíamos podido conocer al difunto tío Eusebio. Los que lo conocían bien eran unos vecinos que entraron palpando al estilo de mi abuela y comentaron refiriéndose al muerto: ¡está igualito!. Yo me preguntaba igualito a quién.
Una luz tenue interrumpió mis pensamientos, alguien traía unas velas, que lo único que hicieron fue empeorar la situación, porque esa luz tenue deformaba las caras de los presentes y esto ya se estaba pareciendo a esas historias de terror que nos contaban los grandes.
Todos pensaban que la luz volvería pronto, nadie sabía que eso estaba muy lejano.
Como los chicos teníamos hambre, nos alcanzaron una canasta con galletas, tan duras, que aún hoy me pregunto si eran galletas o pedazos de madera; no importaba, a esa hora era tal el hambre que hasta un pedazo de madera podía resultar sabroso. Así nos dormimos un rato, unos arriba de otros, como si se tratara de ganado.
Repentinamente, unos gritos desgarradores se clavaron como lanzas en medio del silencio; era un hombre que recién enterado del deceso, llegaba con todo su dolor diciendo: “¿Por qué me abandonaste ingrato?, necesito de tu amistad...”. La poca luz del cuarto en penumbras me permitió ver que el hombre se arrojaba sobre el cajón, con tal mala suerte que se resbaló y cayó sobre mi tía Marta, arrastrándola hasta el suelo. Cuando la levantaron gritaba como una loca y se agarraba las costillas. La vendaron como pudieron, al parecer tenía varias rotas.
Conforme pasaba la noche, la luz no aparecía, se estaba consumiendo la última vela y yo todavía no había podido ver al muerto.
La noche fue muy extraña porque pasaban cosas que yo no entendía. Como por ejemplo, escuchar a dos  tías diciendo que tía Marta siempre fue medio idiota y por eso se fracturó. Era muy raro escucharlas hablar así, porque ellas tres estaban siempre juntas, parecían quererse, tal vez sólo lo parecían.
También me extrañó que tío Enrique y tío Carlos se agarraran a las trompadas, por el simple hecho de que uno encontró al otro, con su mujer, descansando en la parte de atrás del colectivo. Los grandes hacen cosas raras que los chicos no entendemos.
A esa altura de la noche, el velorio era un descontrol. El hombre que se arrojó sobre la tía Marta se dio cuenta de que estaba en el velorio equivocado, porque el difunto que él buscaba se llamaba Rodolfo, no Eusebio; era entendible, cualquiera se confundiría de muerto con aquella oscuridad. Así que se disculpó con la fracturada y salió de la casa, no sin antes caer en las manos de mi abuela que lo volvió a palpar por las dudas.
Mis tías no paraban de criticar a los parientes, y mis dos tíos, que ya no se golpeaban, seguían insultándose a más no poder.
Los que hablaron maravillas del muerto durante toda la noche, empezaron a cambiar su postura con el correr de las horas, y así pasó de ser una gran persona a ser un viejo mezquino, gruñón, mal vecino y quién sabe cuántas cosas más. ¡Pobre Eusebio!.
Mi abuela ya no palpaba a nadie y desde afuera me divertía identificando sus ronquidos  entre todos los ronquidos de los presentes.
Creo que no dormí en toda la noche esperando por los rayos de sol que iluminarían, por fin, el rostro desconocido del tío Eusebio; hasta ya lo estaba empezando a querer, aunque fuera un gran tipo y un mal nacido a la vez.
Para mi sorpresa, antes del alba, llegó un extraño personaje, vestido de negro, que ingresó en la casa y dijo: “señores, esto no da para más”; no sé lo que quiso decir, pero escuché unos ruidos de maderas y para cuando me asomé, el cajón había sido cerrado herméticamente.
Quedé como un pollo mojado frente al coloso marrón  brillante y pensé: cuánto sacrificio para nada, tantos km, hambre, una noche sin dormir, peleas familiares, para terminar así de ese modo, sin conocer al muerto. Después de todo era un mal tipo. Según la versión de las cinco AM, de las vecinas.
A las once de la mañana, acompañamos al tío hasta su última morada. Ya nadie lloraba, y todos pusieron cara de alivio cuando lo enterraron y pudieron irse a sus casas. Yo fui la única que estaba triste y pensé: qué feo que es morirse sin luz.
El regreso a casa fue muy silencioso y mi familia jamás volvió a ser la misma, porque entre todos habían pasado muchas cosas feas.
Mi abuela sacó de esto una enseñanza que jamás olvidé: SIN LUZ SE VE MEJOR; porque ella decía que: “sin luz nos mostramos tal como somos, porque no se nos ve el cuerpo y escuchamos nuestras almas”.

Cuando terminé el relato, los chicos se habían dormido sin escucharlo, pero no me importó porque era yo la que quería oírlo otra vez. En ese mismo instante volvió la luz y la apagué porque: SIN LUZ SE VE MEJOR.
                                                     
Liliana Rita Álvarez

Revista Viajero Nro. 14 - Diciembre 2006




Las palabras son parte del sol


El atardecer se esconde dentro de un mar de dudas,
yo lo salgo a buscar para no quedarme asustado,
no quiero pertenecer al mundo de los que no viven,
pues ya me he aburrido de su idiotez.

La tarde es esperanza sin serlo,
todo es contradictorio si se trata del amor
y si acaso nadie me escuchara,
seguiría siendo lo que las flores son en el invierno.

Y si puedes verte feliz
entonces hazlo y disfruta del mundo así como es,
y si no puedes hacerlo,
entonces lucha porque siempre podremos sonreír.

La vida es una vuelta por el río,
su corriente nos arrastra pero también es suave su imaginación,
su color nos disuelve pero es tan dulce verlo al sol
que si quieres a la risa reirás,
y si quieres al llanto, alguna lluvia se encargará de ti.

Un día en el tiempo puede ser una sombra en el pasado,
y el pasado a veces es lo que tenemos para soñar,
y si de repente un nuevo silencio te interrumpe,
entonces dejaras de volver y comenzarás a viajar...

Esteban











Puertas abiertas dan a mágicos crepúsculos desde tiempos inmemorables. Qué manos. Qué manijas. Por qué pregunto. Mis preguntas son fantasmas disueltos en un sin respuesta; mis respuestas fantasmas inexistentes.
Miro el crepúsculo (soy el crepúsculo). Y digo, ríos. Ríos yo digo, corrientes adversas. Peces locos y ávidos de memoria y espinas. Un viento funesto arrastra objetos invisibles de colores no identificados. ¡Es nuestro rey, el único y más arcano! Y van, vienen, se mueven en direcciones delirantes; no es que vayan hacia abajo, no es que vayan hacia arriba…no es que se muevan. Se comportan de modos nuevos que mueren en su nacimiento. (“Lo que se ve, lo que se va, es indecible. Las palabras cierran todas las puertas”).

Proclama de mí mismo


Aquí los parpados de la razón se desmoronan brusca y crónicamente, para que las bellas y azules pupilas del absurdo y lo maravilloso se propaguen y reinen reivindicando su condición de elementales, su espacio derrocado por el enemigo: el asesino de niños y de locos.

                                                            

Reivindicación y comprobación


Recuerdo el miedo sin estribos; una propagación ilimitada de monstruos en la noche fantástica. Exageración alucinada y paranoica con espejos sicodélicos. Y recuerdo personajes anónimos aparentemente inexistentes, multiplicándose a mis espaldas, lejos de mi reconocimiento.


Sebastian Humberto










Tus ojos


Estoy pensando y de pronto miro el cielo
y me parece ver en ellos tus ojos
ya no se si son celeste si son grises o verdes
pero si son transparentes
como es tu corazón, una se siente
a tu lado como si tocara el cielo
contemplando tus cabello
me parece ver brillar el sol mas fuerte
que de costumbre hasta nublarme la razón
eres hombre y demonio, eres santo eres ángel
y eres toda la ternura y la bondad del amor
y serás siempre mi ángel, guardián de mi placeres
la alegría y la bondad de mi felicidad.

Llagas


Llagas, que el alma me quema por este amor imposible
que va derecho a la sangre, de mi sangre ya impotente
que me lleva por caminos, caminos de soledades.
llagas que queman por dentro como queriendo matarme
¿pues, me has visto ya muy triste o es que quieres probarme
que aun me sobran fuerzas para poder rechazarte?
llagas que desde muy adentro con tanta rabia te siento.
                          
Baby












El horizonte


El horizonte en la pampa,
el pasto, el color al viento que derrama,
todo eso y la dulzura de tu voz en la ciudad,
con el sabor a primavera,
con todo eso que tiene el silencio
cuando quieres hablar ...

Apenas unas horas,
unos minutos y el recuerdo permanece
no es paisaje sino una postal,
la postal del adiós.

De lejos te pregunte sin decirte nada,
tu me regalaste bombones
por anticipado,
y yo que de repente respiraba sin saberlo
no pude regalarte ninguna esperanza ...

Si pudieses escuchar mis palabras
escucharías lo que la tarde no pudo recitar,
solo los libros que deambularon
para seguir en camino,
y algún olvido o recuerdo o futuro,
recorre por momentos a mi atardecer,
pues de repente no es el tiempo quien manda,
sino el destino de volvernos a encontrar ...

Carlos Portillo













Verdades

Mirémonos frente a frente;
espalda a espalda.
Mirémonos con los ojos del amor,
con la luz del alma, a veces caída.

Nada es tan malo, todo se sana.
Alguien sabe de nosotros, ese alguien nos sana:
el dolor es para los felices, para aprender a vivir.
Nada es tan malo, todo se sana.

El espíritu me habla distinto;
mas no soy quién para juzgar
cómo crece la flor en el lodo,
ni quién esta creyendo más en Dios.

Mi fe es sencilla, así como mi amor;
el tiempo es liviano, así como mi corazón.
El amor es puro pues lo creó Dios;.
y eso es lo que Él es.

Las nubes rondarán nuestro cielo;
y será hermoso disiparlas,
para que la luz de tus ojos
contemple el trono que te espera.

Siempre mi vida sin mi vida;
mi no vida con tu vida;
tu vida y mi vida,
juntas.

Jonatan
















Tu nombre me inspira


La otra noche tuve un sueño:
me soñé escribiendo tu nombre en el sol;
junto a tu nombre puse la palabra libertad.

La otra noche tuve un sueño:
soñé que abrazabas mis espaldas;
y mi vuelo de golondrina te mareaba.

La otra noche tuve un sueño:
te soñé inventando primaveras;
y besando mis huesos con tus caricias.

La otra noche tuve un sueño:
nos soñé derrochando el tiempo juntos;
y caminando ríos y horizontes.

La otra noche tuve un sueño:
me soñé escribiendo tu nombre en el sol.

Escribí tu nombre en el sol y la luna;
junto a tu nombre puse la palabra libertad.

Danilo














Ilusión 

La niña dormía plácidamente en su cama, mientras el libro que había estado leyendo reposaba abierto sobre sus piernas. La vela había quedado encendida, iluminando parte de la habitación. Cerrada estaba la ventana y corridas, las cortinas; sus padres se habían encargado de hacerlo antes de partir. Los minutos transcurrían sin que la pequeña pudiera notarlo. Su mente se encontraba sumergida en otra realidad, SU realidad ahora.
La tenue luz de la vela disminuía poco a poco. Pronto se extinguiría por completo. Los últimos hilitos de claridad se los adueñó la imagen del difuso arbusto del libro. Finalmente, la luz desapareció. La liviana hoja, en la que se encontraba la figura, se sacudió. De su inexistente interior, pareció surgir una especie de rama, como una enredadera.
La planta se arrastró lentamente por el brazo de la niña que aferraba con entusiasmo el libro, pese a su ensueño. Rozó su hombro y luego acarició tiernamente su mejilla. La pequeña, emocionada, la tocó. Abrió los ojos, una insignificante hojita verdosa revoloteó y cayó al suelo, pero ella no alcanzó a verla; la planta ya no estaba allí, había vuelto a ser una imagen plana en el papel.
Se sintió sola, extrañaba a su padre, sus dulces caricias y su beso antes de dormir. Intentó volver a soñar, retomar sus hermosos pensamientos inconscientes para no sufrir la momentánea ausencia de su progenitor. Haciendo un gran esfuerzo mental, logró sosegarse, una vez más. Oyó, muy a lo lejos, como proveniente de un mundo ajeno al suyo, el sonido de la puerta de la habitación abriéndose. Percibió una lucecita en su cara, aunque sus ojos no quisieron despegarse. Algo volvió a rozar su mejilla, pero ni aún así pudo regresar de su letargo. Se aferró con ansias a lo que la estaba acariciando y soñó que su padre le daba un fuerte abrazo. Sintió que aquello comenzaba a rodearla completa y pensó que su padre tenía grandes brazos que la hacían sentirse protegida. Se sujetó con más fuerzas y más ganas que antes, no quería que su dulce papito se alejara de ella, ni siquiera por un instante. Lo que la sostenía la acorraló y empezó a apretarla, aprisionarla, ahogarla, asfixiarla. Cuando por fin quiso abrir sus ojos, ya era tarde, su frágil cuerpito ya no era capaz de continuar.

Natalia Soledad Rotelo













Invita al festejado


Como sabrás nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños, todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en el radio, en la televisión y por todas partes no se habla de otra cosa, sino de lo poco que falta para que llegue el día. La verdad, es agradable saber, que al menos, un día al año algunas personas piensan un poco en mí. Como tú sabes hace muchos años que comenzaron a festejar mi cumpleaños, al principio parecían comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero hoy en día nadie sabe para que lo celebran.
La gente se reúne y se divierte mucho pero no saben de qué se trata. Recuerdo el año pasado al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor; pero sabes una cosa, ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme, la fiesta era para mí y cuando llego el gran día me dejaron afuera, me cerraron la puerta. ¡Y yo quería compartir la mesa con ellos! (Apocalipsis 3,20). La verdad no me sorprendió, porque en los últimos años todos me cierran las puertas. Como no me invitaron, se me ocurrió estar sin hacer ruido, entre y me quede en un rincón. Estaban todos bebiendo, había algunos borrachos, contando chistes, carcajeándose. La estaban pasando en grande, para colmo llego un viejo gordo, vestido de rojo, de barba blanca y gritando: "JO JO JO JO", parecía que había bebido de mas, se dejo caer pesadamente en un sillón y todos los niños corrieron hacia el, diciendo " SANTA CLAUS" "SANTA CLAUS" ¡como si la fiesta fuera en su honor! Llegaron las doce de la noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que alguien me abrazara. Y ¿sabes?, nadie me abrazó. Comprendí entonces que yo sobraba en esa fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retire. Tal vez crean que yo nunca lloro, pero esa noche llore, me sentía destruido, como un ser abandonado, triste y olvidado. Me llegó tan hondo que al pasar por tu casa, tu y tu familia me invitaron a pasar, además me trataron como a un rey, tú y tu familia realizaron una verdadera fiesta en la cual yo era el invitado de honor, además me cantaron las mañanitas; hacía tiempo que a nadie se le ocurría hacer eso.
Que DIOS bendiga a todas las familias como la tuya, yo jamás dejo de estar en ellas en ese día y todos los días. También me conmovió el pesebre que pusieron en un rincón de tu casa. ¿Sabías que hay países que se esta prohibiendo poner nacimientos? Hasta lo consideran ilegal. ¿A dónde irá a parar este mundo? Otra cosa que me asombra es que el día de mi cumpleaños en lugar de hacerme regalos a mí, se regalan unos a otros. ¿Tu que sentirías si el día de tu cumpleaños, se hicieran regalos unos a otros y a ti no te regalaran nada?. Una vez alguien me dijo: ¿Cómo te voy a regalar algo si a ti nunca te veo? Ya te imaginaras lo que le dije: Regala comida, ropa y ayuda a los pobres, visita a los enfermos a los que están solos y yo los contare como si me lo hubieran hecho a mí. Cada año que pasa es peor, la gente solo piensa en las compras y los regalos y de mí ni se acuerdan.

Jesucristo













La lluvia


El tiempo es una batalla
los minutos desarman al destino
cuando una lluvia cae desconsolada,
cuando alguien lamenta la ausencia
y cuando ya no quedan tantas lágrimas guardadas.

El tiempo es un amigo que no aparece,
es su lejanía más indeseable,
yo creía que el silencio era demasiado
y hace bastante que me acostumbro
y en realidad no me acostumbro.

Un paso al frente dan los que no temen
y los que perdieron el pudor,
Atrás quedamos a veces los que sentimos demasiado
Los que caemos derrotados solos
y por el infinito misterio del dolor.

¿Acaso el futuro es para todos?
Yo me pregunto para no responderme,
Si al final la lluvia cesa y el misterio continua,
Todo al fin sucede hasta lo que no sucede,

Yo sé que nos encontraremos
Porque a veces un cielo es una excusa
Una palabra, un te quiero,
es un sinónimo de libertad.

La lluvia vomita su ignorancia,
el mundo no es para tanto pero lastima
y hoy el día terminará cuando empiece,
dentro del aire estamos todos
pues yo creo que nadie camina sin caminar.


Elvio Perazo