Revista Viajero Nro. 151 - Abril de 2020


Sembrando unidad


Y sucedió. Por fin sucedió.
Aquel viejo anhelo de la mayoría se concretó finalmente. Sueños y una justificada esperanza, hoy una realidad tangible.
Límites que se esfuman y la unión de destinos sin fronteras. La utopía, como una fruta que tardó milenios en madurar, cae del árbol y nos visita. Y la utopía deja de ser.
...
Reflexivas banderas que, enlazadas, abandonan luchas históricas. Enfrentamientos estériles.
Guerras, por nada. Sangre, por todo.
Por poseer más. Por no ser menos.
Por la ambición de ser el más poderoso. Insaciablemente ambicioso. Hasta aplastar al otro. Dominarlo. Esclavizarlo, de ser posible.
Así, desde siempre. Pasos, siempre fallidos y muchos de ellos, avergonzantes.
Mientras el hombre sigue su tarea autodestructiva, un puñado de seres indispensables sembró semillas de amistad.
Seres que se aliaron a la armonía y buscaron suelo fértil para que prospere la idea.
Y aunando fuerzas torcieron el rumbo ahuyentando el inevitable destino: el abismo....
Y las semillas germinaron.
Y los frutos se sucedieron.
Y los poderosos se pusieron en la piel de los débiles.
Y los débiles se dieron cuenta que unidos eran poderosos, pero ya no había necesidad de usar la fuerza.
...
Y le quitaron las telarañas a la sensatez, a la razón.
Espantados, espantaron el dolor.
Aterrados, se alejaron del terror.
De desalmados a desarmados.
De desesperarse a desperezarse.
Y al remover la tierra del desdén, nuestra maltratada gran aldea se vistió de un manto multicolor. Que cubrió a todos por igual; sin diferencias. Sin indiferencias.
...
Una inmensa granja con fatigados labradores que crearon surcos de paz, parcelas de ilusión.
Semillas frágiles que demandan unidad.
Embanderan el campo.
Lo tapizan con esperanza.
Izan una sola bandera: La de todos, la de la vida.
Y apuestan a ella.
Enaltecen valores.
Los reivindican.
...
Y creen en un fruto posible: el futuro.
Y la cosecha jamás fue tan fructífera.

Alejandro Costas
Ig: ale_costas1









Bosquejo de un encuentro


_Cuánta ansiedad me produce pensar en que pronto te habré de ver, para así en tus orillas mis nostalgias más grandes verter; disfrutándote, como en los viejos tiempos que posando en tus bordes habrán de volver.
_Sos magia, encanto y el hechizo que me hace contener, en la vasija de mis sensaciones la alegría más soberana que no puedo esconder.
_Te pienso y te sueño en la lejanía, esa que me quita el poder, que me hace fuerte para dejar de extrañar lo que no puedo tener: el abrigo cálido del sol que en tus parajes sale en cada amanecer.
_Cuento los días del año que habrán de nacer,  para partir con las valijas repletas de poesías que te habré de leer... porque han sido muchas que he tenido la fortuna de poder componer.
_Es el encuentro más efusivo que con anticipación me pongo a tejer; esperando que por todas las puertas de tus riberas pueda  acceder.
_Habrás de darme lo que ningún otro firmamento lo podrá hacer: "los recuerdos aquellos" que en el baúl de tus latidos los guardás con placer.

Claudia Ortiz
formosita1983@gmail.com









Un mundo pequeño


El mundo se hizo más pequeño,
se redujo a los confines de tu casa,
te confronta con las limitaciones del cuerpo,
está cada vez más cerca de tu espíritu,
pretende hacernos tomar conciencia de que
no somos tan "eternos", ni tan grandes, ni tan superiores, ...
Tomó el control de nuestras vidas a través de una
de sus más pequeñas creaciones.
¡Qué imbéciles los acumuladores de poder y riqueza,
los soberbios, etc!
¡Qué pequeños todos!
¡Velando por vivir un momento qué, además de prestado,
ya se acabó, sin que nos demos cuenta!

Dojo









El perro milagroso de la calle Moyano


Corría el año 1985 en Río Grande.
Los chicos del barrio nos dedicábamos al fútbol y a las bicicletas.
En ese tiempo, casi en la esquina de Moyano y Brown, se mudó una familia chaqueña. El matrimonio tenía dos hijos: uno de nuestra edad (más o menos seis años) y un bebé de brazos. Con ellos vivía también la abuela, que era muy anciana. La madre de los chicos era una morocha muy simpática, y el padre era policía.
En la misma semana que ellos se mudaron, apareció por las calles del barrio, un perro grandote, totalmente negro y con el pelo corto, huraño con los adultos y cariñoso con los niños. Obviamente fue bautizado como el negro.
Todos los chicos del barrio le llevábamos comida a escondidas. Las madres no querían que nos acercáramos a él por su feroz aspecto.
El chaqueño estaba poco en su casa y cuando estaba, no estaba sobrio.
El muchacho se sumó a nuestros partidos de fútbol y demostró tener mucha habilidad para diseñar las casitas que hacíamos con pallets y otras basuras de las fábricas. Rápidamente se ganó la amistad de todo el barrio.
Cuando la abuela se dejaba ver, siempre con un rosario entre las manos, toda la familia se apuraba a meterla nuevamente en la casa porque se notaba que tenía el cráneo un poco demente.
Una tarde ventosa de verano, mientras el matrimonio discutía acaloradamente en la vereda, vimos que el negro olfateó algo, cambió la expresión de su rostro, y como un tiro saltó rompiendo una ventana para meterse en el interior de la casa. El padre, desesperado, salió atrás del perro. Al llegar a la habitación del más pequeño, vio al canino con el hocico lleno de sangre y espuma, respirando con furia sobre la cuna del bebé. No sabemos si llegó a imaginar los pequeños miembros del infante despedazados o el rostro arrancado por los colmillos. Sacó el revólver y le disparó en la cabeza.
En ese momento ya todos habíamos entrado en la casa y el aire se congeló cuando escuchamos el llanto del bebé que se había despertado por la detonación. Al mirar la cuna vimos al pequeño sano y salvo, y a su costado, una enorme rata destripada por nuestro buen amigo. El padre se agarró los pocos pelos que le quedaban y dejó el arma en el suelo cuando se percató del error.
Los esposos, para estar seguros, decidieron llevar al bebé al hospital, por si era necesario vacunarlo o tomar ciertas precauciones en caso de que la rata lo hubiera mordido.
En el apuro se olvidaron de la abuela o no les importó. Ella salió de la casa y volvió, a la media hora, con una botella de agua bendita, unas hostias y una especie de mantel (luego supimos que lo había robado del altar de la Capilla Virgen del Carmen). Nos pidió ayuda y envolvió al perro con el mantel como si fuera una mortaja, lo bautizó y le colocó en la boca ¨el cuerpo de Cristo¨. Para ese momento, por el estruendo del disparo, ya hacía un rato largo que varias madres se habían acercado a la casilla, pero ninguna pudo disuadir a la anciana de que abandone la extraña ceremonia.
Guiados por la vieja, entre cuatro muchachos lo cargamos para llevarlo al patio. Al llegar, comenzamos a cavar un pozo para darle cristiana sepultura a los restos del héroe.
Unos meses después, la madre murió de cáncer y la abuela terminó en un hogar de ancianos, totalmente ida. Al padre lo despidieron de la policía por corrupto, y se volvió con sus hijos al Chaco.
Sobre la tumba del perro crecieron flores y durante años fue un lugar que visitaron madres desesperadas con sus hijos enfermos. Varios chicos, después de que los acostaron sobre la tierra que tapaba los restos del perro, se curaron.
Muchos inviernos después, construyeron una casa sobre la tumba y hoy casi nadie se acuerda de la historia del perro.
A veces, cuando salgo de los bares pateando piedras y camino por Moyano, escucho los aullidos y sé que está bien, que el negro sigue ahí, para cuidar a los más indefensos.

Fede Rodríguez
Publicado en el portal El Rompehielos, 2018










La amante


Marguerite Duras nació el 4 de abril de 1914 en Indochina.
En 1932 se trasladó a París, para estudiar derecho, matemáticas y ciencias políticas.
A su primera obra, “La impudicia”, le siguieron más de veinte novelas, guiones cinematográficos y otros textos dramáticos.  Entre ellos,  “Moderato cantábile”,  “El vicecónsul”,  “Los ojos azules pelo negro”,  “Los caballitos de Tarquinia”,  “El amor”,  “Destruir, dice” y “Un dique contra el Pacífico”.
Tras una profunda crisis psíquica marcada por el alcoholismo, escribió tres obras fundamentales, “El hombre sentado en el pasillo”, “El mal de la muerte” y “El amante”, célebre novela con la que obtuvo el Premio Goncourt,  y llegó al cine para convertirse en éxito mundial.

Ella dijo: 
“No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos.”

La lectura de su obra nos permite comprender esta sentencia, advertir el concepto de libro.
Marguerite es una escritora de historias extrañas.   Secretos y demás distorsiones. 
Sin explicarnos nada, impone el suspenso necesario para que ignoremos qué será capaz de escribir acto seguido.
Nos enseñó a respirar con la ligereza de sus oraciones, donde el silencio pesa tanto como la palabra.
Marguerite Duras hizo estallar secuencias para morir un 3 de marzo.  Ocurrió en 1996.  En París.  A sus 81 años.

Edité un libro que cierra con una cita suya:

“la muerte, también bautiza”











Ten paciencia


Mañana, solo mañana
Encontraras la dicha
y encontraras la calma
cuando los tuyos comprendan
que los amas con el alma
mas necesitas apoyo 
y necesitas palabras.
Muchos abrazos y besos
Que no comparas con nada 
un ratito de sus tiempos
para escuchar sus andadas.
De una mesa bien completa
donde ninguno faltara,
que el tiempo allí se detenga,
el reloj no caminara, 
que cada uno contara
sus sueños, sus esperanzas,
sus metas, aun tan lejanas,
ni siquiera es importante que las 
Cambiaran mañana,
porque el hoy también existe
y vos también te escucharan
porque estas llena de sueños
de metas y de esperanzas,
ellos crecen, aun no escuchan
ten paciencia.
Mañana, solo mañana.

Stella Maris López










Preludio 


Estoy en el trabajo
con sueño,
no puedo agarrar un legajo
porque quiero escribirte:
dedicarte versos,
describirte con tinta,
ahogarme en estrofas.
Tuyas

Me resisto a quedar muda,
nula, estática
para regalarte un soneto,
reinventarte en un terceto,
reclamarte besos en una cuarteta.
“Ya que voy a reclamar".

Abandóname una tarde
y que surja una oda
o una décima quizás.
Tal vez durante la noche
errante en la soledad,
no logre contener al lápiz

y verás que mi prosa te convierte en deidad.

Marina Aguirre










Existencia


Hacía mucho tiempo que me sentía apenado.
No recuerdo cuándo, ni dónde sucedió, solo confirmo que mi alma buscaba sentimientos, emoción. Una mañana la vi y mis latidos, aquellos que provienen de estar vivo, sonaban como campanadas.
 Ella era estudiante, la conocí al salir de la universidad.
Se pasaba horas en la biblioteca del Congreso o charlando sobre las clases con sus compañeras en la plaza. Fui testigo de cada recorrido, en el ferrocarril y colectivo, hasta en el subte.
Cierto día ella estaba sentada en el muelle, angustiada; de eso sabía porque antes de conocerla había invadido todo mi Ser.
Intenté levantarle el ánimo, quise detener sus lágrimas. Recordé el pañuelo de mi abuelo, estaba en el bolsillo derecho, no pude sacarlo.
 Le dije tantas cosas, busqué su mirada sin éxito. Somos seres humanos, sentimos la energía por ser biológicos. Comprendió, se levantó dando un salto de felicidad, de superación. A lo lejos venían caminando una madre con su niño (tomados de la mano), el nene saludo, devolví la amabilidad. En cuando pasaron al lado mío el pequeño dijo “chau”. Pude observar el rostro aterrorizado de la mujer, preguntó -¿Con quién hablas?

Nahuel Nasgho Gómez










El amor en tiempos de coronavirus.


Él no dejaba de pensar en el último día que se vieron. Volvía una y otra vez a recordar cuando se despidieron en aquella calle cortada. Sin embargo, ahora que reflexionaba, aquella levedad del beso algo le indicaba que estaba acorde con lo que pasaba en estos tiempos de contagios. Claro, era así. Más tarde ella no expresó muy crudamente. De todos modos, él ya lo tenía decidido: era el momento de recluirse por vaya a saberse cuanto tiempo. Y era mejor así, porque aunque hubieran optado por verse, se hubiesen visto ridículos saludándose con los codos y distanciados a un metros el uno del otro; cuando cada encuentro llevaba una carga emocional que hacia apretados los abrazos e intensos los besos. No, era mejor no encontrarse. Solo largas charlas a través del audio, y besos y abrazos "virtuales", hasta que pasen estos tiempos del coronavirus.

Jorge Omar Alonso
La Plata










¿Sueño o realidad?


Eran las nueve de la noche y Malu se estaba acostando. Muy temprano para lo que ella acostumbraba, pero al mediodía siguiente jugaría un partido de hockey en Barra al Viento, una localidad bastante alejada.
Esta era la primera vez que Malu jugaba un partido por el campeonato regional; el entrenador, que era un tipo muy duro y exigente, confió en ella y la designó titular.
De tan emocionada que estaba, Malu no podía dormir, daba vueltas y vueltas en la cama pensando en partido.
Finalmente el cansancio la venció y los sueños se sucedieron unos a otros en una rara mezcla que a la mañana no pudo comprender. Solamente recordaba una larga cabellera rubia envolviéndola y transportándola a través del espacio.
El domingo amaneció lluvioso. El equipo completo de las “Camisetas Rojas”se bajó del bus en el club de Barra al Viento; se cambiaron rapidito, tomaron los palos y salieron al campo, que estaba muy mojado aunque había dejado de llover.
El pequeño estadio estaba lleno de familia y amigos de los 2 bandos; las banderas abundaban y Malu vió una pancarta con su nombre. La sostenían sus compañeros de colegio que al mismo tiempo le gritaban:
¡¡¡¡Vamos Malu!!!!!, y ella emocionada, levantó el brazo para saludarlos.
Comenzó el partido y entre corrida y corrida, golpe y golpe y muchos resbalones ,Malu cortó dos avances del contrario y asistió a una compañera que la metió en el arco.
El primer tiempo termino 1 a 0 , ganando las Camisetas Rojas.
Ya desde el comienzo de la segunda etapa, las rivales empezaron a pegar fuerte porque se veían superadas. Voló un palazo dado con saña y Malu cayó al suelo. No podía levantarse, estaba mareada por el dolor. Pero entonces apareció una hermosa mujer de larga cabellera rubia y alas desplegadas que la envolvió, igual que en su sueño. Se le acercó y con una voz muy dulce le dijo : - Vamos Malu, vos podés hacerlo…..Tomá mi mano y levántate. Y la rozó con su mano muy delicadamente,entonces, un inmenso calor se apoderó del cuerpo de Malu que se puso de pié y le hizo al entrenador  la seña de que continuaba.
Y en la jugada final, le llegó la bocha y de un golpe la metió en el arco.
¡¡Estaban 2 a 0 y eran visitantes!!. La tribuna aplaudía a rabiar y sus compañeras de equipo la abrazaban….
Así terminó el partido. En el vestuario de las Camisetas Rojas todo era alegría. Las chicas no paraban de hablar, algunas reían y otras lloraban de felicidad.
Malu abrió su bolso para guardar el conjunto rojo que había usado durante el partido, y allí vio la cara de la hermosa mujer que le había tendido la mano en el campo de juego. La miraba sonriendo desde lo profundo del bolso y la escuchó diciéndole, como en un sueño nuevamente, que estaría acompañándola en todos los partidos.
Malu estaba segura que se había ganado el puesto de titular y que de ahora en más tendría un hada madrina junto a ella.

Susana Stazzone










Porque sos el amor de mi vida


Porque sos el amor de mi vida
En ella siempre tendrás cabida
Porque nunca te daré salida

Porque sos el amor de mi vida
Te seduciré de por vida
Porque sé que lo nuestro se selló con la simpatía

Porque te elegí para toda la vida
Quiero que nuestra vida perviva
Porque si acaba, lo nuestro termina

Daría mi vida por la tuya
Porque al no darla
Seria perder la mía

Porque sos el amor de mi vida
Te elegí como si no hubiera nadie a quien elegir, la única opción
Como si fueras la única en esta vida

Porque sos el amor de mi vida
Soy uno con vos
Porque siendo dos
Soy un puro desahucio

Porque sos el amor de mi vida
Tu expresión amorosa embalsamaría
Para que perdure y sirva de ejemplo
Hasta el final de los días

Porque sos el amor de mi vida 
Cuantas cosas, amada mía…











Un domingo en el río


Espero con ansiedad llegue el domingo, así como casi todos los domingos en verano, nos íbamos con mi papá, mi mamá y mi hermanita Elena a pasar todo el día en el río, escapando  un poco de los terribles calores, íbamos  en bicicleta, mi  papá muy cargado, mi  mamá llevaba a mi hermanita y yo en otra bicicleta, tomábamos  por el camino blanco, rumbo al río, el camino era de tierra. A medida que pasaban los camiones, camionetas, motos, que pasaban raudamente, terrible polvareda nos iba cubriendo el cuerpo, todos iban a pasar el día al río.
Íbamos muy cargados, con todo para la ensalada ya limpia y lista para condimentar, fruta, pan, agua, lonas para tirarse en el piso, todo para el mate, infaltable, mi papá tenía un calentadorcito a alcohol, en cuanto llegáramos era lo primero que hacía, calentar el agua para el mate que yo le cebaría, por supuesto el me enseño a cebarle mate,una pequeña carpita,como el era maestro Boy Scout tenía varias para cuando se iba de campamento con el grupo de los  chicos, la parrilla, carbón.            
Al llegar íbamos al fondo, o sea pasando El Pejerrey Club, pasando el murallón, muy cerca de lo Sabaleros, acomodábamos todo con mi mamá, mientras yo le cebaba unos mates a mi papá, no se serian muy buenos, pero hacia lo posible para que fueran los mejores mates, luego de haberle cebado muchos mates a mi papá, mi mamá, mi hermanita y yo nos metíamos al agua, cuando todavía se podía, no estaba tan contaminada el agua como ahora, mientras mi papá iba más al fondo, a comprar un sábalo para hacerlo asado a la parrilla, el lugar era con muchos yuyales, casi un bañado, donde viven los pescadores o le dicen también Los Sabaleros, un lugar casi desconocido para la mayoría de las personas, a media mañana ya habían regresado de pescar, sábalos, surubíes, luego de haber estado desde la madrugada pescando, con todos los riesgos que corrían río adentro, por las tormentas y las crecidas, si los llegaba a encontrar un poco desprevenidos, era su pelea diaria para ganarse la vida, el pan para su familia, normalmente muy numerosa, vivían muy precariamente en esa zona del rió, con mucha dignidad y luchadores.
La barca en que salían todos los días cargadas con las redes para pescar, no siempre estaban en buenas condiciones, las mantenían arregladas por ellos mismos como podían, al volver por la mañana con su preciosa pesca, iban en los carros tirados por caballos, para vender los pescados por los barrios, al regresar se dedicaban a poner en condiciones sus redes y sus barcas para el día siguiente, así es la vida de los Sabaleros.
Al regresar mi papa con el pescado ya limpio, lo rociaba con el jugo de varios limones, le ponía sal gruesa dejándolo reposar un buen rato para suavizar su sabor y luego lo colgaba con un gancho de un sauce para que se escurriera un poco, y ya quedaba listo para ponerlo en la parrilla, que se iría asando lentamente, mientras tanto, preparaba la salsa para ponerle al darlo vuelta, con tomate, cebolla, perejil, todo picado chiquito sal, aceite, vinagre, bien mezclado y cuando le ponía encima la salsa se sentía un aroma exquisito, cuando lo hacía en mi casa, no salía ese aroma tan rico tal vez sería por el aire del río y el entorno de la vegetación, y ya se nos habría el apetito a todos, mientras mi mama condimentaba la ensalada   y a comer, así pasábamos el domingo, comiendo, tomando sol, yendo al agua, tomando mate con bizcochuelo que mi mama había hecho con tanto amor, al atardecer a juntar todo y volver a nuestra casa, que hermoso día habíamos pasado y con tan poco éramos felices.
A mis años todavía al recordar esos domingos en río, y mi papá cerca de la parrilla, cuidando el pescado no se quemara, me llega ese aroma tan especial, me dan muchas ganas de volver a saborearlo como entonces, junto al río, recordando esos tiempos tan hermosos, de haber compartido con mi familia en mi niñez, mientras contemplaba como llegaban los Sabaleros, a la orilla de mi río querido, con sus barcas repletas de sábalos.

Marta María Nastaly










Tercermundista…


¿Usted, se ha puesto a pensar que hubiera ocurrido, si esta “Pandemia” (de público conocimiento en el cual nos encontramos en cuarentena) no comenzaba en los países de primer mundo subdesarrollados?
La respuesta más que sencilla. 
Si hubiera sido al revés de ninguna manera estamos preparado, obviamente económicamente, científicamente, tecnológicamente, ni en el área de salud, pero algo mucho más allá de todo eso… socialmente. ¿Si a ellos los sobrepaso en todos sentidos, se imaginan a nosotros?
Como se dice en la jerga callejera: “somos cabezas de termos” y es verdad, lo somos llevando la terquedad a flor de piel. Uno no comprende porque no le paso y piensa que es inmune a todo lo que pase en las películas, pero no, no es una película de Stephen king con Tarantino, es la vida misma y corremos peligros. Somos unos unos lindos y tiernos corderitos en la boca del lobo que no se ve a simple vista, pero esta, se hace sentir.
Por eso, no se acatan las ordenes que nos impone el estado, porque jamás nos importó ni mucho menos nos gustó que nos digan lo que tenemos que hacer, y aparece en primera persona “hago lo que se me dé la gana” pero no entendés que es un riego para vos y para los que te rodean. O también el dicho popular: “aun no nació quien me mande” y lamentablemente si nació hace cientos de años y es un librito que una persona se tomó la molestia de anotar todas las leyes de orden público que receptan los principios sociales, políticos, económicos, morales y religiosos cardinales de una comunidad jurídica cuya existencia prima sobre los intereses individuales o sectoriales. Ósea, que no podés hacer lo que se te de las ganas, si te dicen quédate en tu casa… tienes que cumplirlo.
Ahora bien, muchos más de una vez cometimos errores, a quien no se le quemo alguna vez las tostadas o tomo la última botella de agua de la heladera y no la lleno, o se le hirvió el agua para el mate. Eso son factores vulgares de que no estamos preparados como sociedad y somos las verdaderas pestes, el verdadero veneno de este mundo.
Aplaudo de pie a todas aquellas personas, que si acataron las ordenes y se quedaron en sus casas, a quienes si se preocupan por la integridad humana de los demás. (deseo, que nadie mire crecer las flores desde abajo)
Y a los que vagabundean tomen conciencia, respeten y valoren. Tenemos el diario del lunes en nuestras manos, no desaprovechemos esa oportunidad que Dios nos dio. 

Quédate en casa!!











Encuentra la llave, esta en la palma de los que quieren ver
Bebí de golpe aquellos días de paz
y morí de sed
El deseo después fue simplemente desear poco
y venir otro poco a dejar de pedir
e ir yendo y yendo para dar
Así colme la sed del abismo
y descreí del hombre milagroso
Fui a buscar el bien por
sobre una balumba de sombras
Sin ganarle a ningún otro de por medio
para justificarme
Entonces, encontré una llave

             como nací desnudo
como lo tanto que tengo que hacer conmigo 
mientras tanto y animó a saber quién soy

-No te diré jamás cual es la llave, es tu trabajo-
Solo diré que no necesité distracción después de la distracción
pero sí el afán del hombre del océano
De aquel barco surcando la tormenta
del que corre por correr
del que enciende todas la luces del pensamiento
del espacio justo cuando el alma deja el cuerpo de repente
Alimenté los errores
justo porque nada es en vano
Y sentado en un café
que de esa esquina
hace un universo
usé la llave
            a mis cuarenta y tantos
Así como quien prende un pipa
de un tabaco que sabe al del abuelo
de un pan caliente que recuerda las caricias de mi madre
usé la llave sin temer a los gigantes espectros del disgusto
una osa mayor de navegante,
en curiosidad, que es a quien me debo con todo el tiempo que hay


Allí entendí
entendí lo más importante
entendí de una vez
de que se trata todo esto.

Luciano Calzada

Revista Viajero Nro. 150 - Marzo de 2020



Yo soy; el que soy


Hace tiempo, mucho tiempo
Conocí a un gran Señor
Me hablaba con dulzura
Que impacto mi corazón.

Yo pregunte:
Quien eres señor?
Y él me respondió
Yo soy, el que soy
Que nació y murió
Para darte salvación.

No te olvides nunca de mí
Yo siempre estaré a tu lado
Para darte protección
Y en mis brazos tú estarás
Y siempre te amaré.

Llamame nunca dejes de llamarme, yo soy el
Que soy jesus de nazaret…Jeremías 33:3  33:11

Coca Inchauste
Ezpeleta,quilmes








¿Quién te dice?


No esperés hasta mañana
en el loco mundo de hoy
todo aquello que sentís
no lo calles “gritalo”.
No esperés hasta mañana
prefiero escucharlo hoy
desprolijo y como salga,
mañana quizás no estoy.
Besame siempre, abrazame,
discutamos ¿Por qué no?
y aunque no estemos de acuerdo
acordemos, que es mejor
el seguirlo conversando
pero no mañana ¡hoy!.
Despertame con un beso
un llamado o una flor
no importa cual sea el día
pero si es el de hoy, mejor.
Y esto hacelo con todos.
Mirá siempre alrededor.
Todos esperamos lo mismo
¿O acaso pensás que no?
Con esto quiero decirte
que no seas remolón,
porque antes que el mañana
siempre tenemos el hoy
Y mañana ¿quién te dice?
mañana tal vez no estoy.

Stella Maris López









Por un juego de niños


Eran las 5 de la tarde cuando Federica entró al bar.
Todas las mesas estaban vacías. Sin embargo se quedó parada, buscando donde sentarse. Finalmente, eligió la mesa de siempre; sobre la derecha, al lado de la ventana. Era la mesa que más le gustaba porque a esa hora daba el sol de costado y podía leer sin problemas.
Pero también era la misma mesa que había compartido todas las tardes con Ramiro unos meses atrás, cuando entre café y café hablaban de sus proyectos de vida y él aún no pensaba marcharse hacia nuevos horizontes.
Con su partida, Federica quedó con el corazón helado, los pensamientos vacíos y una gran tristeza.
A pesar de todo, seguía tomando el mismo café, en la misma mesa y en el mismo bar.
Sin embargo algo pasaba esa tarde. No se podía concentrar. Su mente vagaba y recordaba…hasta que las voces de unos niños la sacaron de su letargo.
Los miró de soslayo. Eran dos chiquillos idénticos y atrás de ellos, un hombre joven. Faltaba la mamá.
El bochinche que hacían los mellizos se volvió terrible; corrían entre las mesas y trataban de alcanzarse mientras gritaban y se reían. Fede recordó a sus sobrinos, y sonrió.
El más rubio que usaba lentes, corría hacia ella, mirando hacia atrás para que su hermano no lo alcanzara, y entonces pasó lo inevitable: tropezó con la mesa de Fede. El niño cayó a su lado y los lentes volaron contra la ventana… Y por supuesto, comenzó el llanto, ese llanto que siempre sigue a las grandes diversiones de los chiquilines.
El padre, que había elegido una mesa en las antípodas de la suya, se acercó a grandes trancos llevando de la mano al otro mellizo, más bien arrastrándolo para que no escapara.
Estaba rojo, pero Fede no sabía si era de enojo o de vergüenza.
El rubio de los lentes se abrazó a Federica, mientras seguía llorando con desconsuelo. Era una imagen caótica pero a la cual ella estaba acostumbrada; esto era moneda corriente en su familia.
El padre no sabía como disculparse mientras balbuceaba sobre la falta de la mamá que había muerto cuando nacieron los mellizos.
Después de unos instantes, se recompuso.
-Voy a tener que arreglarlos rápido si no mañana no podrá ir a la escuela.
-Hay una óptica en la mitad de la otra cuadra- le dijo Fede.
-Puedo invitarla con un café para que perdone tantas molestias?
En ese momento Fede clavó la vista en el padre y sintió su mirada sincera y preocupada. El papá y los niños se sentaron en su mesa. El rubio seguía abrazado a Federica, pero ahora mostraba apenas un sollozo, que desapareció cuando llegó el helado de chocolate .
Y la charla fluyó como si fueran viejos conocidos.
Ya eran las 19.30 y el papá debía apurarse para llegar a la óptica . ¿Qué pasó con la hora? ¿Voló?
-¿Tenés tiempo para acompañarnos? le preguntó a Fede.
Ella miró su amplia sonrisa y sus ojos profundos ….
-Sí, vamos  le dijo.
Salieron del bar; él la tomó del brazo para cruzar; el rubio se aferró a su mano y el otro de la mano del padre.
Y Federica después de tanto tiempo sintió que algo nuevo iba a empezar en su vida.

Susana Stazzone
susariv@gmail.com








Supe ver en la naciente luz
cuellos cansados, ojos tenues condensando horas
viajando en trenes,
de aquí para allá
pequeños autómatas.
Hay tanta confusión entre la gente ¿por qué se tratan así?
Sin movimiento, esperan desplazarse,
con labios profanos no llegan ni a un grito que les vacíe la rabia.

No hay arcos triunfales,
-ojalá en eso estemos de acuerdo-
los humanos se pierden, se someten a la televisión y al vicio;
lloran por una serie, pero no por el mendigo en su puerta porque les repugna.

Hay batallas eternas, pero en general,
son con uno mismo.
Hay muertos sin rostro,
mucha pompa, demasiadas caretas, poco esfuerzo,
torpe optimismo, todo es moneda corriente.

Las calles se abren para caminarlas, eso dicen y la suerte
la bendita suerte sólo existe si la convoco ( no justamente con dinero),
la idiotez abunda, creo que es un patrimonio de la humanidad ,
¡muchas gracias por eso!
- hay que aprender a agradecer-

Tantas sombras sobre el asfalto puedo contar
armaduras del sol, son tan poco transparentes ,
alzando la bandera del amor mientras
entre dientes los prejuicios se riegan como veneno
sobre sus hijos y vecinos.

Por real suerte, quedan las ventanas, los idilios nocturnos,
los amores de primavera que te sacan de quicio,
los cigarrillos  y los secretos para estremecer .

Allí la luz naciente de nuevo
mientras me saco el traje de los sueños
 y empiezo a contar sombras , aunque con las mías ya tenga para rato
sumido en mi más pretenciosa estupidez ,
Que es escribir.

Luciano Calzada
lucianoquilmes@yahoo.com.ar








Sin voz


El ocio, permitió que me asomara a un escenario de ficción. Sumergirme en la extrañeza de la atmósfera literaria, para vislumbrar una realidad distinta, más bella, recóndita y cruel: la relectura de “La revolución es un sueño eterno”.
Cuando se intuye el borde del abismo, el círculo parece cerrarse y adentro, no hay casi nada. Solo las palabras que el autor elige para ofrecer verdad a un mundo casi imaginario.  

“Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla.
¿Yo escribí eso, aquí, en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche? Escribí: mi lengua se pudre. ¿Yo escribí eso, hoy, un día de junio, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche?
Y ahora escribo: me llamaron -¿importa cuándo?- el orador de la Revolución.  Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La podredumbre prohíbe, a mi boca,  la risa.
Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio,  y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?”

Andrés Rivera, el autor, nació en Buenos Aires en 1928, y falleció el 23 de diciembre de 2016. Ejerció diversos oficios, pero ser escritor, lo convirtió en alguien que conoce como pocos el peso de la palabra, lo que vale una pausa o un silencio. Tuvo dos etapas de trabajo, pero al retomar la escritura en 1982 con “Una lectura de la historia”,  da comienzo a un segundo tiempo de creatividad, el consagratorio.
En 1985 obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela por “En esta dulce tierra”,  y en 1992,  el Premio Nacional de Literatura por “La revolución es un sueño eterno”.
En esta novela, el protagonista es Juan José Castelli, el gran orador de la revolución,  en aquellos días de mayo de 1810. Pero el tiempo transcurre, la enfermedad se instala,  y él,  ya sin voz, queda confinado en su casa, derrotado como político y en el umbral de una muerte segura.
Andrés Rivera aporta un lenguaje de movimiento tan propio, lleno de expresividad y sentido, que su texto establece un código en el que el lector navega, con placidez absoluta.
Bajo un título tan fuerte, tan existencial y doloroso, intrigante, es imposible no hacerse diversas preguntas. Por tal motivo, “La revolución es un sueño eterno”,  merece ser leída y releída. Merece la lectura recurrente, sin culpa, porque refleja parte de nuestra historia. Remite al pasado, pero podría también, ser un objeto futurista.
Cuando se intuye el borde del abismo, el círculo parece cerrarse y adentro, no hay casi nada. Solo las palabras que el autor elige para ofrecer verdad a un mundo casi imaginario.
Porque Andrés Rivera, entre un duelo verbal y un concierto de fragilidades, estudia lo lejano y lo próximo.
Al menos,  pareciera que él,  puede con el desafío.

Liliana Souza
ls.lilianasouza@gmail.com








La vez, que he visto el cielo caer.


En tu ojos, he visto mi alma llorar
Dejando huérfano un paraíso hundido
En un lodoso fango, libre de opresión.

Es clave creer, que una vez me deslumbré
con tu voz suave, antes de conocer tu piel
Pero hay veces, que soy débil en mi mente
y fantasmas desolados se apoderan de mi ser.

Recuerdos que son reliquias.
Y ventanas que mienten un poco
con lujurias, que eran un montón de nada.
No comprometan tu mente y tu alma.

Fuego criollo que despierta tu camposanto
no será mi voluntad quien pueda calmarlo.
Mientras sigo siendo el anfitrión del calvario
Tu caldera estará hirviendo entre papel picado.
(aunque quieras negarlo)

Pero cuando los pájaros se vuelen - allá a lo lejos-
Y el árbol al fin quede quieto…
Sabrás el verdadero valor del viento.

Victor Salinas
victorsalinasliterario8@gmail.com
Fb: Víctor Salinas
Ig: poeta.paranoico

Revista Viajero Nro. 149 - Febrero de 2020



Julieta y su diente perdido


Había una vez una chica, de 7 años que vivía en una granja. A ella se le había caído un diente.  Lo buscó pero solo encontró un mapa que decía “Para recuperarlo hay que pasar a otro mundo”. El portal era un lago mágico que se encontraba en un bosque cercano. Dejó una carta a su familia, y se fue con su gatito. Tomó una bicicleta y partió al bosque.
Al llegar al bosque se puso a llover muy fuerte (por suerte llevaba paraguas). Buscó el lago mágico, y al encontrarlo se metió en el. Desde aquel momento todo fue muy raro.
Había dejado de llover. Al pisar en el fondo del lago se dio cuenta que era muy espeso. Se resbaló intentando salir. Al caerse se manchó las manos y la cara. Entonces se dio cuenta que el lago era de chocolate.
Cuando miró su alrededor vio que todo era diferente. Los árboles eran de chupetines de colores, las ranas que salían del lago, tenían alas de mariposa y podían volar.
De repente observó que un pajarito se comía un chupetín del piso, y cuando se lo terminó, el chupetín volvió a crecer.
La niña jugó con el chocolate, y se dio cuenta que su dedo podía dibujar cosas y todo lo que dibujaba se hacía realidad. Boca arriba en el lago, dibujando en el aire corazones, vio el cielo. El sol era acaramelado (relleno de caramelos), tomó una rama larga, se estiró y tocó el sol que estaba cerca. Al probar un poco de sol dijo “¡Qué rico! ¡Está acaramelado!”.
Un ruido la asustó y pensó “¿Qué es eso?” y vio pasar a un ciervo super veloz. Después vio a un oso y le dijo “¡Hola oso!, ¿Porqué en este mundo no está lloviendo?”. El oso le respondió “En este mundo mágico nunca llueve. Solo cuando…” y se quedó callado.  Julieta dijo “Que raro es este mundo”.
En un momento la niña se dio cuenta que estaba despeinada por caerse en el lago. Sacó su peine de un bolsillo y se puso coqueta. Después se levantó del charco y dijo “¿Dónde está mi gatito?”, miró para todos lados y se puso triste al no encontrarlo. Y automáticamente una nube de lluvia apareció sobre su cabeza. El oso le explicó “Solo llueve cuando estás triste. Para que la lluvia se vaya debes animarte. Yo te ayudaré a buscar a tu gatito”. Esa ayuda del oso puso muy contenta a la niña y la lluvia se fue.
Mientras tanto, en la casa de Julieta, su mamá había despertado y encontró una carta que decía, “Madre, se me ha caído un diente esta noche, encontré un mapa y fui a un lago mágico a buscarlo. Te amo madre. Besitos para todos. Julieta”.
Mientras Julieta y el oso buscaban al gatito vieron pasar a un mapache bebé que les señaló un rastro de pelos de gato. Siguieron las pistas. Al parecer un águila se había comido al gato, pero no le gustó y lo escupió. El oso le dijo a Julieta que mirara hacia arriba. Vio que su gatito venía cayendo por el aire. La niña abrió los brazos y lo atrapó. El oso desapareció de repente. 
La niña se encontró perdida, sola y asustada. Entonces decidió volver al lago. Se metió, pero ya no podía pasar a su mundo otra vez. El mapache bebe le señaló un cartel que decía “Para volver adivina la contraseña”.  La niña vio en el lago un dibujo de una gota gigante. Después de mucho pensar, descubrió que el dibujo era una lágrima, entonces entendió que para volver debía llorar. 
Al llorar se hundió en el lago de chocolate y apareció en su mundo. Allí la esperaban alrededor del lago sus padres rezando. Y vio su diente flotando a su lado. Así descubrió que todos los niños tienen un lago donde quedan los dientes que se les caen. 
Sus padres la abrazaron y todos se pusieron a llorar de felicidad, pero en ese instante…. los tres comenzaron a hundirse y volvieron al mundo mágico. 

Autora: Emma Agustina Galdeman
(7 años)
Ayudante: Madre








El cantar de los eternos


En memoria de mi madre,
Rosa Johana

El Viento que sopla...
y que trae tu recuerdo.
¡Oh, Viento Santo que envuelves este día,
este tiempo en desvelo!

La noche que llega
y tu Presencia aquí está...
El sol que brilla,
el día que se nubla,
y no importa ni como ni cuando
porque vos siempre a mi lado caminás.
Y la LUZ DEL AMOR que nos une,
la ESENCIA que pensó en nosotros
y nuestro INFINITO ABRAZO EN LA ETERNIDAD.

Hoy,
que en mi corazón vuelvo a escuchar tu voz,
vuelvo a ver tu figura...
puedo escuchar las Divinas Melodías
que brotan de tu ALMA,
el Canto Divino que brota de tu SER...
que pasa y traspasa mi vigilia,
mi desvelo,
la noche onírica de cada sueño,
y el latido único de mis ensueños.
¡Es una Melodía Sagrada, Mágica, Eterna!
que llama,
que cuenta,
y que también tiene sus reservas.
Porque quiere que sepa y que comprenda
sobre lo efímero, lo sagrado y lo eterno,
sobre que hay una Vida Nueva
que en UNIDAD DIVINA nos espera.

Erika Luz de Dios
erkabd2008@hotmail.com








Artista


Que es sino
una manera diferente
de percibir la realidad
en algunos.

Otros pueden observar
la belleza de las cosas
y transformarlas
en infinidad de formas.

Están los creativos
Intérpretes, imitadores,
transgresores, idealistas,
activistas y científicos

¿Y por qué no los últimos?
Si quien inventó el by pass
salva más vidas
que las poesías de Alfonsina.

Que injusta es la sociedad
al reconocer a los artistas como tal.
Admirarlos y halagarlos
Poner bandera estética como derecho.

¿Quien puede ser más especial?
Aquel que dedicó su vida
a alimentar pobres
o quien solo dejo óleo seco en un lienzo.

Yo sólo soy poeta
qué puedo decir
Ninguna vida salvo
con estas palabras.

Si, puedo sentirme artista
por estos versos y más
¿pero a quién doy paz?
más que a mí alma.

Nada me hace especial
por descomprimir mi mente
y liberar mis pensamientos
Que destilan con tinta la ansiedad.

Artistas visuales, musicales y de las letras... Gracias por su talento!
Pero especial fue María Teresa
Los demás somos pura vanidad!

Marina Aguirre
anira90@hotmail.com








Elemgasem


En la cultura Tehuelche, Elemgasem es el padre de los animales y de la vida. Mientras soñaba con la cacería perfecta, con sus propias manos pintaba guanacos, choiques y espirales de colores, con sangre y grasa, en las paredes de la cueva donde vivía. Era de gran tamaño, tenía rostro humano, y su piel estaba recubierta por una cáscara muy gruesa, como la coraza de los armadillos, que ningún tehuelche podía romper. En una de esas largas y solitarias noches de invierno, cuando el viento hace que las personas no se entiendan, un grupo de chamanes pensó que Elemgasem había secuestrado una mujer para matarla. Él solo quería mostrarle las hermosas figuras que pintaba con la sangre de los zorrinos. Pidieron al Rayo que los ayude a atravesar su duro cuero. El Rayo, al golpearlo para castigarlo, lo desintegró en el aire, esparciendo sus restos por toda la Patagonia. Los ancianos hablaron con la mujer y, llenos de culpa, comprendieron su error. Por eso, cuando los tehuelches encuentran en sus tierras huesos grandes, los raspan para volverlos polvo, le agregan agua, y se lo dan a beber a los niños para que crezcan sanos, fuertes y buenos como Elemgasem.

Fede Rodríguez
federo23@hotmail.com
Del libro Bestiario de América de Jorge Bernard 
(Editora Cultural Tierra del Fuego, 2017)








Maestro de Yoga


Era una mañana soleada, el pasto rebosante de la humedad matutina, insectos que volaban de aquí hacia allá. Y entre todo esto, el anciano maestro Hogner se movía con la lentitud y solidez de un roble en crecimiento.
Estirando y retrayendo sus extremidades en una danza perfecta, que había repetido ya miles de veces.
Al pasar veinte minutos, el anciano estaba cubierto de pequeñas gotas de sudor, que chocaban unas con otras al resbalar por su cuerpo. A su vez, unas minúsculas perlas comenzaban a aparecer, demostrando su presencia con un débil fulgor anaranjado.
Mientras está danza continuaba, mayores se hacían las perlas naranjas y con mayor cadencia caían las perlas de sudor.
Sin embargo, el maestro no se detenía, continuando segundo a segundo con todos sus movimientos. Cada uno único, pero todos relacionados.
Al pasar la primera hora, apenas sentía ya los músculos, había entrado en un estado en el que era pura voluntad. Con sus ojos cerrados sentía los colores que lo rodeaban apenas como sombras de la luz que parecía surgir de su interior.
El verde brillante que antes lo rodeaba, reflejado en cada planta del lugar, ahora respondía ante él.
El celeste puro del día sin nubes apenas llegaba a resistir para no perder su suave serenidad.
Las tranquilas brisas que transportaban noticias desde lejos, evadían con toda su fuerza el cuerpo del anciano, antes de huir rápidamente, aterrorizadas de que su naturaleza juguetona se viese alterada por aquel anciano, que ya brillaba con una luz propia.
Por fortuna para ellas, este anciano estaba acercándose al final de su danza, mostrando pasos cada vez más fluidos, reservando y soltando energía, dividiéndola, transmitiendo sus movimientos hacia el mundo que lo rodeaba.
En el final llegó con la delicadeza de una gota de agua que resbala por una montaña, de una manera inocente, casi como si no supiera que formaba parte de las pioneras que marcarían el curso de un devastador río.
Tan pronto como dejó de moverse, aquellas perlas naranjas que se habían formado desaparecieron en el aire, esparciendo toda la energía que el anciano había depositado en ellas.
Luego, abrió los ojos, con una calidez similar a la del Sol, quien no solo da calor, sino que nos desvela el mundo con su luz. De esta manera le devolvió los colores a la naturaleza.
El celeste cielo volvió a su serenidad, simulando ser imperturbable, pero cubriéndose de nubes ahora para huir de la escena.
El verde lleno de vida volvió a brillar, ahora más luminoso luego de haberse sentido desaparecer.
La única que no estaba era la brisa, reemplazada por su hermano mayor, el viento, quien ahora corría con velocidad, chocando todo a su paso y llevándose más de un insecto en el aire.

Juan Pablo
juanpabloiaconis@gmail.com

Revista Viajero Nro. 148 - Enero de 2020



Blanca y pura


Blanca y pura exhalas tu fragancia sin pudor
despojándote lentamente
desde tus entrañas olorosas como luz interior
te alzas hacia los cielos
esparciendo tu aroma seductor
tu belleza vas perdiendo lentamente
dejando tu vida, tus recuerdos encendidos
al placer de la noche infiel e incondicional.

Marta Maria Nastaly
nastalymartamaria@hotmail.com








Bello recuerdo se revela
guarida en mis ojos el seno de tu amor
las tardes de siesta
sonidos frescos de esa voz
tacto que eriza la piel
después el disparo levantó un silencio hostigante
y no pude deshacer tu aroma entre mis pellejos
los jazmines marchitaron en lo del florista
el mate, las mañanas entre sábanas, el vaivén de las sombras,
la estampida de besos, el te necesito

al jornal sobre la puerta sin noticias y las musas que se duermen
demasiado tarde después del disparo

mis ojos llenos de secretos tan míos como tuyos -esa es la excepción-
no aceptan excusas
no aceptan desdichas
y aquí las leyes del amor -igual que las de la muerte -
robándonos un poco
un poco tanto como el fuego abrasante sobre un bosque

hay un bello recuerdo, un resumen
que usurero intenta escaparse
del asfalto caliente y el sol de las madrugadas que despiertan
Sin tu imagen sobre un cocktail
dejando marca en mi mesita nocturna
como un canalla
jugando por jugar
En un cementerio
de besos.

Luciano Calzada
lucianoquilmes@yahoo.com.ar








Mes de diciembre, 8 de la mañana, don Agustín llegó a la Oficina de Correos de Sauce Azul, levantó la persiana y se dispuso a iniciar su día de trabajo, esperaba ansioso que entrara la gente a enviar sus tarjetas de navidad, pero había un problema, internet había llegado al pueblo y poco a poco todos los habitantes compraron computadoras, celulares, usaban whatsapp para saludarse y el correo cada vez trabajaba menos, nadie mandaba cartas ni tarjetas de navidad.
Don Agustín soñaba con aquellos años en que las colas daban vuelta la esquina, todos querían despachar sus cartas para que llegaran a tiempo el día de navidad.
En eso unos golpes lo despertaron de sus sueños, era Alfonso, el inspector de correos. -Buenos días, dijo, vengo a notificarle que el correo va a cerrar por falta de trabajo, la modernidad nos invadió. -¡No puede ser!, exclamó Don Agustín desesperado, hace cuarenta años que trabajo acá, por favor, le pido un tiempo más. 
-No Agustín, el tiempo se terminó, contestó el inspector, las cosas ya no son como antes, la gente no usa más el correo. -Bueno, pero... alguna solución tiene que haber, dijo don Agustín, no puede desaparecer así como así, y se puso a llorar amargamente.
Don Agustín, don Agustín, ¿qué pasa, por qué llora?, preguntó Alberto, el policía que paraba en la esquina. -Vamos a cerrar el correo, contestó el inspector. -No, ¡no puede ser! gritó Alberto y salió corriendo. No se preocupe don Agustín, ¡esto no va a pasar! gritó.
Pasaron las horas y llegó el momento, Don Agustín bajó la persiana por última vez y muy triste se fue a su casa, apagó todas las luces y se acostó sin comer.
A la mañana siguiente lo despertaron los golpes en la puerta, -¿Quién es, qué pasa?,  gritó asustado. -¡Abra don Agustín!. Era Alberto. -Venga, ¡tiene que abrir el correo ya! -¿Pero cómo? preguntó don Agustín, si se cerró para siempre. -No, no sabe lo que pasó, gritó Alberto.
Don Agustín abrió y salieron corriendo. Cuando llegaron al correo, no lo podían creer, la cola ocupaba toda la manzana. Don Agustín abrió y comenzó a atender mientras preguntaba:  -¿Qué pasó, qué pasó?. Entonce Alberto muy serio le contestó: -¿Sabe qué pasa? se cortó la luz, se rompió un transformador y hasta enero no lo arreglan, ¿qué me dice? Sin electricidad internet no funciona.

Desde ese día el correo retomó sus actividades y nunca más cerró. Y...lo más increíble: nadie supo por qué se rompió el transformador.

Cristina Quarella
cristinaquarella@hotmail.com.ar








El tesoro más preciado


Era una tarde calurosa en la pequeña ciudad cordobesa de Melizán. El sol había dado de pleno todo el día y recién ahora estaba aflojando.
A las 5 en punto llegó el Lichu.
Tocó el timbre en la casa del Juan y esperó. Esperó un rato largo porque el Juan todavía no se había calzado los botines y tenía que buscar la pelota en el garage.
El Juan era el dueño de la pelota y por lo tanto hasta que él no llegara al campito vecino al colegio, no podían empezar el partido.
El Lichu y el Juan eran compañeros de las prácticas de fútbol que hacían los chicos del colegio todos los martes y sábados. No eran grandes amigos porque estaban en grados distintos, pero se llevaban muy bien. El Lichu estaba ya en sexto y el Juan a pesar de ser muy alto para su edad y parecer mayor, cursaba el quinto.
Al final, el Juan salió y juntos rumbearon hacia la canchita.
Ese sábado jugaban los “grandes”: la 1ra de Melizán y la de Salvequia. Los dos estaban luchando por la punta del campeonato y el ascenso a la “C”.
Se sabía que la hinchada del visitante era brava, muy conocidos por ser revoltosos y bravucones, pero como jugaban lejos del campito, nadie estaba preocupado.
Los chicos ya estaban a tres cuadras de la canchita; iban charlando de los lesionados que tenían, de cómo iba a formar el equipo el maestro Ramirez, que era el entrenador… cuando vieron parar en la esquina un camión lleno de hinchas de Salvequia con banderas y bombos. 
Y entonces uno les gritó:
-¡Che, ustedes mocosos, a que les sacamos la pelota y nos la llevamos!-
El Juan agarró fuerte la bolsa de red que contenía el preciado tesoro y lo apretó junto a su cuerpo.
-Estamos fritos, qué hacemos?- le dijo el Lichu.
No tuvieron tiempo para nada porque les vinieron los hinchas de Salvequia de frente.
El Juan trató de defender la pelota escondiéndola debajo de la camiseta, pero los vándalos se acercaron rápido y empezó la pelea. El Lichu se le puso adelante del Juan tratando de cubrirlo. 
¡Qué pelea tan despareja! Los muchachos fueron golpeados y pateados, sin embargo el Juan seguía con la pelota debajo de la remera y no la largaba y el Lichu repartía los golpes que podía pero era mucho más lo que recibía que lo que daba.
Cuando ya casi estaban vencidos, se escuchó la sirena de la policía.
Los de Salvequia corrieron hacia el camión y huyeron con la policía detrás.
Los dos muchachitos quedaron magullados, con algunas marcas y chichones, pero los dos miraron la bolsa de red con la pelota.
La habían defendido con el cuerpo y con el alma. Y se sentían orgullosos.
Ahí llegaban corriendo los otros integrantes del equipo que se habían enterado de lo que estaba pasando.
Al Juan y al Lichu los levantaron en andas mientras todos reían, aplaudían y se abrazaban.
La pelota seguía con ellos; era el trofeo más grande y querido que podían tener.
Y así llegaron al campito, con los chicos aún en andas.
El Juan y el Lichu se miraron y sonrieron.
Había nacido entre ellos un lazo tan fuerte que perduraría a través de los años, porque ahora estarían unidos no sólo por la amistad, sino por el amor a la pelota.
Y eso era lo máximo.

Susana Stazzone
susariv@gmail.com









Son apenas las 6 de la mañana, de un día que se anuncia como un típico dia otoñal. Ella hubiera querido seguir en la cama y así acortar su ansiedad, de la que no podía desprenderse, y que tampoco la dejaba pensar en otra cosa, desde el momento en que acordó con él, fijar el primer encuentro ese día. Pasaron muchos años de la última vez aquella en que se vieron. Ella lo seguía recordando y en su pensamiento, se hacían presentes los momentos vividos en sus años juveniles; hasta que el destino dispuso separarlos. Todo ajeno a sus sueños y su sentir. Pero aquella separación no fue sinónimo de olvido. Por eso la inquietud, ante el hecho de volver a verse no la abandonaba. Se preguntaba si él la reconocería, si volvería a ver aquella sonrisa que nunca olvidó. Como tampoco había olvidado el amor que la unió a él.  Ese encuentro será como traer al presente, los momentos de aquel idilio. Fue hacia la cita en aquel café, con la incógnita del encuentro. Qué le diría al verlo, y cómo le hablaría él. En un momento pensó el volverse, pero ya era tarde. Apuró el tiempo de encontrarse. Al entrar en la cafetería lo buscó con la mirada. No estaba y la angustia fue enorme. Buscó una mesa en un lugar apartado. De pronto se abrió la puerta. Era él, que la buscaba recorriendo el salón con la mirada. Cuando estuvo frente a ella, y vió su sonrisa, sintió que no la había olvidado. Lo mismo que yo, pensó. Las palabras trajeron recuerdos, momentos felices, pero algunos silencios dijeron mucho más. El tiempo transcurrió. Pensó en un nuevo encuentro para decirle cuanto lo esperó. Al final se sentía feliz de saber que el olvido no había podido con aquel amor de juventud.

Jorge Omar Alonso
jorgeomar_alonso@yahoo.com.ar
La plata

Revista Viajero Nro. 147 - Diciembre de 2019



Las Fiestas se aproximan. Época en que todos hacemos un ejercicio de reflexión, no me gusta hablar de "balance", mirando los días para atrás al tratar de recordar hechos, situaciones, horas pasadas. Es que el tiempo es irreversible. Hay que recoger el crédito que a cada uno nos da la vida ahora. En esta época los lazos humanos están divididos en diferentes encuentros, las identidades en máscaras que uno lleva sucesivamente y nuestra historia, en episodios que solo duran en la memoria.

Jorge Omar Alonso
jorgeomar_alonso@yahoo.com.ar
La plata








Otra nueva navidad


José y María van camino a Belén
montada en su burrito, en busca de un establo
cargada de nueva vida en su vientre
donde el Niño Dios nacerá, cobijado y calentito
en su humilde cunita, de suave paja amarilla
con todo el amor, derramado por María
junto a la fortaleza de José, el viene a este mundo
a traernos amor, paz, a todos los hombres
esparciendo su fragancia, en todos los hogares
donde quiera que esté Él, llenando de luz
al mundo, para Bendecirnos en esta
Navidad, a todos por igual en esta
Noche Buena, junto al amor del Señor
Niño Dios cobíjanos con tu luz y amor
no dejes que perdamos la inocencia
de tu amor hacia nosotros, enciende
en todos los corazones, la llama que
nunca debe apagarse. Amén.

Marta Maria Nastaly
nastalymartamaria@hotmail.com








Se aprende a admirar la belleza,
a no querer poseer
su alma, corazón y cuerpo.
Educamos el deseo,
podemos besar en sueños,
acariciar su rostro.
Sentir su piel, perfume
y hasta imaginar un instante
en qué conectan nuestras miradas.
Y contamos este secreto,
todo lo podemos en la fantasía
y ponemos ese amor
con consciencia de perpetuar
este sentir en algo platónico:
Solo miedo ...
A no ser correspondido.

Marina Aguirre
anira90@hotmail.com








Pánico y locura en la colmena


La libertad tiene un alto precio.
Nada es gratis. Compras, compras y compras...
Consumes, consumes y consumes...
Todos esquivan la mirada.
Nadie quiere ver.
¡La abeja reina ha abandonado la colmena!
Ahora la sociedad se desmorona...
Sin un ser superior que los guíe todo se viene abajo...
Su mundo espiritual queda reducido a cenizas...
Su motivo de vida está pendiendo de un hilo muy delgado...
Las abejas siguieron trabajando. ¡Algunas pararon y otras se preguntaron que hacer!

- ¡la reina no está! ¿por qué seguimos trabajando? Otras dijeron: - y ¿qué deberíamos hacer? Estamos tan acostumbrados a nuestras cadenas que se nos es imposible asimilar la libertad. Además... ¡no sabríamos que hacer con tanto tiempo libre!

¡En ese momento la colmena entró en pánico! y la locura se apoderó de sus habitantes.
¡Algunos empezaron a azotarse a si mismos! para sentirse amos.
¡Otros comenzaron a someter violentamente a sus compañeros! para suplir la necesidad de opresión.
¡Enseguida hubo reinas, reyes y caciques por doquier! Todos eran amos, todos eran tiranos.
¡El poder los volvió locos! ¡Los volvió despreciables! ¡Solo acumulan miel! ¡miel! y miel...
La colmena ya no volvió a ser la misma...
¿Dios donde estás...?

Brian Lavedova
nirvano_24@hotmail.com








Natal


El peregrino acudió a la ciudad de los doscientos,
su pensamiento asentó,
caminó, pataleó.

Supo dónde estaba,
conoció qué pisaba,
necesito noción,
abdico decepcionado.

Deambuló malintencionado,
asistió enojado
al templo de la compasión:
fui aquel viajante.

Pedí aliento,
necesité impulso,
supliqué,
te vi.

Acompañada con quién sabe
tus pasos seguí,
guiaste, conduje
hacia mi Ser.

Serguei Nahuel Nasgho
snahuelgomez@gmail.com








El amor de la familia


Se acercaba la Navidad y como siempre los mellizos estaban ansiosos. La llegada de Papá Noel era un acontecimiento esperado con ansias por los pequeños, que siempre en las últimas semanas de diciembre hacían caso a los papás y ayudaban en las tareas hogareñas. Y todo para que Papá Noel los viera trabajar duro y portarse muy bien.
Este año no había sido bueno para Leandro y Alicia. El  campo no había rendido los frutos esperados porque el vaivén entre los períodos de sequía y las fuertes lluvias  estropearon las cosechas que se habían perdido por lo menos en un cincuenta por ciento.
La cena de Navidad sería más sencilla este año. Solo vendrían los abuelos de la ciudad que siempre colaboraban con algún plato especial.
Pero el problema principal eran los regalos para los niños, que habían escrito sus cartitas y esperaban ansiosos por lo menos algo de la larga lista que habían pedido.
Pero cada una de esas cosas excedían con creces las posibilidades económicas que tenían este año.
Sin embargo los papás no querían que los mellizos se sintieran defraudados y recurrieron a los remedios caseros. Revisando la larga lista de cada uno de ellos encontraron algunas posibilidades. Debían apurarse porque faltaban pocos días para el 24 y el trabajo sería arduo.
Leandro hizo gala de sus habilidades con la madera y construyó un tren con máquina, cinco vagones con ventanitas y pequeños escalones para subir. Alicia abrió la máquina de coser y a la noche, mientras los niños dormían dió vida a una Pepona de patas largas casi tal alta como Juanita.
Ya era el 24 y después de la cena Alicia, los abuelos y los niños salieron a mirar el cielo buscando la figura de Papá Noel y sus renos. Y para la felicidad de todos, los pudieron ver en el cielo estrellado entre las copas de los altos árboles.
Los niños corrieron hacia el pino navideño. Y allí encontraron dos grandes paquetes .
Los ojitos les brillaban como nunca. 
Y otra vez se hizo el milagro; la felicidad y el nacimiento del niño Jesús bendijo a la familia tan solo por amar y creer.

Susana Stazzone
susariv@gmail.com








Oh, si supieras despertar el alma
dormida en cada célula
acunada de penas y mentiras
Si supieras entrar en ese chiquito lugar
donde mi inocencia era cierta y permitida
arropada de cantos en lunas llenas
Si supieras
como ahonda en cada átomo vacío
una historia, otra historia y otra más
¡Tu me dices no! ¡no es! nunca ES
Pero Si supieras...
mirar dentro de mi segundo incierto
mi intuición sin rumbo
mi extrañar inquieto abandonado....
cambiarías
Si supieras entender
mi cada día añoso y desprevenido
doliente de un amor vacío
un decir callado y un grito que no fue
Si pudieras
aún hoy hablarías
porque la verdad siempre fue Mía
Tu mentira no la quiero
Mi camino empieza hoy
Porque recién he nacido
sin nombre ni apellido

Lirey







Es inevitable tu amor,
es inevitable tu dolor.
Es inevitable tenerte siempre
encendido, como una pequeña
llama incandescente.
Me das alegría, me das placer
No sé qué hacer sin vos
Si algún día te dejara,
sería imposible, no volver a tenerte
¡No puedo! ¡no puedo! ¡fuera de mi
vida, por favor!
Aunque sea, hasta mi último día.

Patricia Batiluschi

Revista Viajero Nro. 146 - Noviembre de 2019




La música

La música, un arte que transmite sentimientos, una gran compañera, el placer de escucharla, de sentirla, de apreciarla.
Enriquecedora del alma, espíritu y corazón, da alegría y sanación a aquellas almas perdidas que vagabundean por el mundo con pena y dolor.
La música al oírla agudiza mis oídos, mi cuerpo se siente jovial, sonrío con total felicidad por que la siento de tal manera que no puedo vivir sin ella.
Es mi musa inspiradora cuando tengo que escribir poesías y versos de amor, la música alivia y sana enfermedades, es un arte de apreciar, de valorar, porque así es como la siento, la música suple la soledad por companía.  

Gabriela Gargiulo
gabrielagargiulo77@gmail.com









La alfombra

Catalina era una joven muy particular, vivía sola, no se relacionaba con su familia y tampoco tenía amigos. Su casa era muy antigua, se encontraba en el barrio de San Telmo, tenía muchas habitaciones desocupadas, vacías. Ella usaba solo una, en la cual tenía pocos muebles, solo un ropero, su cama y una mesita de luz sobre la cual estaba la única lámpara que alumbraba el ambiente.
Catalina trabajaba nueve horas por día en una oficina, llevaba la contabilidad de una fábrica situada en la ciudad de Lanús, todos los días viajaba desde San Telmo pasando por Constitución dónde tomaba el colectivo 45 que la dejaba en la puerta de su trabajo. Nunca caminaba, no miraba vidrieras, no iba al cine o al teatro, su vida transcurría en el trabajo donde no compartía nada con nadie, y las pocas horas que pasaba en su casa las utilizaba para cenar, pues volvía tarde, y dormir para levantarse temprano y otra vez a trabajar. Y asi pasaban los días, su rutina era agobiante, pero ella parecía no darse cuenta, seguía y seguía sin cambiar nada.
Un día justo antes de salir golpean la puerta, Catalina se sorprendió y preguntó -¿Quién es?- De la casa de alfombras señorita, le contestó una voz agradable. -Yo no encargué ninguna alfombra-, replicó Catalina. -Bueno no sé, yo tengo ésta para usted-, dijo el joven. Muy extrañada abrió la puerta y se encontró con un apuesto joven que cargaba un rollo inmenso. -¡Bueno, por fin!-, exclamó Alejandro, asi se llamaba el joven, -¡se la entro y la acomodamos! -Pero, protestó Catalina, yo no quiero ninguna alfombra, además se me hace tarde para ir a trabajar-. Alejandro sin esperar más, entró, caminaba como si buscara algo en especial, Catalina lo seguía enfurecida. De pronto se detuvo ante una puerta, -¡Allí no!, gritó Catalina. Sin escuchar, el joven abrió la puerta. La habitación estaba totalmente vacía, entró, estiró la alfombra en el piso y comenzó a abrir las ventanas. Los rayos del sol no tardaron en iluminar todo, las paredes eran blancas, inmaculadas, y la alfombra era hermosa, fuera de lo común, muy colorida. Catalina quedó muda, nunca había visto tanta iluminación. Alejandro satisfecho con su trabajo, se despidió y se fue.
Eran casi las diez de la mañana, tarde para el trabajo. ¿Qué hago ahora? pensó Catalina, ¡con todo lo que tengo que hacer hoy! Resignada miró la alfombra y vio que sus flecos se movían. Qué extraño,¿qué estará pasando?, se preguntó a sí misma. Cuando iba a cerrar la puerta para salir no pudo, se había trabado, entonces como si algo hubiera cambiado en ella entró en la habitación y se acostó sobre la alfombra a disfrutar de ese magnífico sol.
Se durmió y soñó que era otra persona, que podía salir, tener amigos, estudiar, no todo en la vida era trabajo. De pronto se despertó y sintió una fuerza que la empujaba hacia la calle, salio y...allí estaba Alejandro, esperándola con un ramo de flores. ¿Salimos?, le preguntó. -Si vamos-, contestó. Y juntos caminaron por San Telmo decididos a comenzar a vivir una nueva vida a partir de ese momento, y todo gracias a una alfombra que nunca se supo quien la envió.










Una bocanada de aire fresco

Hoy salí a observar la Osa Mayor,
y sentir como los jazmines
colmaban de fragancias el Camino Verde.

Salí...
para contemplar la luna
y ver como las constelaciones se abrían
ante su paso sin estupor.

Salí para recoger,
como los Alquimistas,
el rocío de las plantas
y crear Nuevos Elixires con sus Gotas Sanadoras.

Salí para subir al Pequeño Monte
y desde ahí, observar el Divino Cosmos en expansión.

Salí para echarme en la hierba
y comenzar así, mi Sagrada Meditación.

Hoy salí,
y entre las maravillosas cosas que hice,
tan sólo salí para tomar una bocanada de Aire Fresco.

Erika Luz de Dios









La sabia colaboración de Papá Noel

En las últimas tres semanas, Clarisa había pensado mucho en como pasar las fiestas navideñas. Daba la casualidad que unos días antes del 24 de diciembre cumplía años; esta vez era un número redondo y eso a las mujeres las preocupa siempre.
La familia se había achicado notablemente y de aquellas grandes reuniones que se hacían en su casa ya no quedaba casi nada.
El balance era magro; y dentro de poco tendría que tomar la decisión de donde transcurrirían sus últimos años.
Es verdad que tenía dos hijas, pero cada una hacía su vida y lejos de ella estaba interferir en sus cosas.

La mayor se había establecido en una de las provincias más lindas del país, en la ciudad de Santillán, con su pareja y sus 2 hijos y estaba dicho que no iban a regresar a Bs As. Había organizado allí su vida y estaba bien, era su elección.
 En los últimos años Clarisa iba asiduamente a visitarlos; no quería perderse el crecimiento de sus nietos, que transcurría tan rápido como la vida de una mariposa.
Alguna ciudad cercana a Santillán podría ser la opción que buscaba Clarisa para su futuro.
Ah, olvidé contarles que allí también vivía la familia política de su hija.

La otra hija vivía por ahora a unas cuadras de la casa de Clarisa, pero siempre con la idea de irse del país porque aseguraba que acá no tenía las posibilidades que merecía. Con su pareja tenían decidido partir, si es que conseguían trabajo, al país  que consideraban su lugar en el mundo. En poco tiempo harían las valijas y estarían en Ezeiza.

Las posibilidades de Clarisa de tener una vejez feliz y en compañía, eran  evidentemente escasas; por el contrario, se avecinaba la soledad de los últimos años, y contra eso estaba dispuesta a luchar con espada y con facón.
 
Finalmente decidió pasar las Navidades en Santillán y allá fue con la ilusión de ver a sus nietos que eran el sol de su vida.

Retiro, gente, bus, espera, retrasos, más gente, más retrasos, insomnio, corridas por los retrasos. Y llegó el arribo a Santillán, y todos los inconvenientes se olvidaron.

24 a la noche. Hermosa noche estrellada con la mesa en el jardín.
Para esa ocasión, Clarisa había decidido sentarse junto a Elena. Esa silla estaba vacía porque no muchos querían ese lugar en la mesa. Pero Clarisa tenía decidido hacer el sacrificio de compartir la cena con ella, como ofrenda al Señor.

El nieto pequeño, absolutamente emocionado, esperaba la llegada de Papá Noel, y aunque no lo puedan creer, este generador de ilusiones infantiles, se hizo presente a las 12 en punto, con su traje rojo vivo, su cara de viejito bonachón y una bolsa enorme de regalos. Pero no entró por la chimenea porque hacía mucho calor, sino que bajó por los techos, que era mucho más fresco.
En la bolsa había muchos juguetes para los chicos y algún que otro regalito para los más crecidos.
A Clarisa le dejó dos paquetitos; cositas lindas, que miró y volvió a guardar cuidadosamente en sus bolsitas.
Elena también tenía dos regalitos, con contenido desconocido.

Clarisa se levantó para ir a la cocina en busca del pan dulce y las frutas secas tradicionales, pero mientras regresaba a la mesa con la bandeja, vio a Elena revisando sus paquetes sin ningún pudor ni vergüenza. Seguramente estaba comparando si los regalos eran de la misma calidad y del mismo precio que los suyos.

-Nadie me vio- habrá pensado Elena, pero fue vista justamente por quien no debía verla: la dueña de los regalos.

Y aquí surgió la gran duda de Clarisa: ¿Debía  encararla y dejarla en evidencia frente a todos como una gran entrometida? ¿O sería mejor dejarlo pasar y guardarlo en el olvido como una intromisión más de Elena entre tantas otras que tuvo a lo largo de su larga vida?
La segunda opción fue la elegida. Mejor no generar roces en la mesa navideña. 
Sin embargo Elena no pudo con su genio y la interrogó como un fiscal en un caso policial. ¿Que quién? ¿Por qué la diferencia? Yo quería lo mismo que vos
Clarisa no contestó. Se preocupó por cortar el pan dulce en tajadas casi perfectas, iguales unas a otras, para que esto le diera tiempo para calmarse y dejar correr todas esas preguntas como agua entre las rocas.
Pero Elena era perseverante y continuó con su interrogatorio desgastante: ¿Cuándo te vas? ¿Por qué te quedás tantos días?
Clarisa estaba harta y consideró que era hora de terminar con estas preguntas sin fundamento.
-Me voy a dormir Elena. ¡¡¡Ya tuve bastante por hoy!!!
Y se retiró.

Pero Clarisa tenía una cosa bien clara: la ciudad de Santillán y sus alrededores no eran apropiados para vivir en los próximos años, por lo menos mientras Elena siguiera allí.

Susana Stazzone









Incordurado

El lento peregrinar de espesas nubes de uno de tantos cielos,
haciendo de agrias timias, los dulces días borgoña.
Una mujer lanza una flecha con los ojos profundos,
un crisantemo pierde un pétalo ingrávido,
los autos pasan, con sabor a ráfaga febril,
un ave rapaz grazna en vez de cantar.
El gris del asfalto pinta  melancolía en puro estado
y el aroma a tierra avecina lluvia, crepitantes puntos incoloros.
Se ciernen  alturas celestes ceniza,
hollín de calderas, mina de carbón diamante.
La mujer se encorva en descenso fantasmal,
y llueve con su primer lágrima mercurio.
Un piloto cubre su sien desencadenada,
un ruidajo de humedad colma el circundante,
mis zapatos crujen roídos de cuero y agua.
Observo la escena, fatal fachada de domingo,
contrasto con una sonrisa a medias de principio,
tímida de truenos perspicaces y paraguas.
Pienso en el océano, exacerbante grandeza,
en la espuma salada, aglomerada esfera,
pienso en los que no están.
Voy de rostro descubierto
peregrino de nubes y artimañas,
navegando sin soltar el piso, bergantines anaranjados.
Como así respiro, voy.
Y exhalo
sonriendo de final
Bajo la tibia lluvia de los incordurados.

Luciano Calzada









Pronóstico de tiempos exitosos

Que el diluvio de emociones bonitas no dejen de llover. 
Que sobre la tierra fértil las alegrías no dejen de caer,
porque no hay tormenta que eternamente pueda prevalecer. 
Hay que cruzar las turbulentas aguas primero para luego poder
las inclemencias del clima con acicate vencer... 
Aunque un ciclón caiga, que la calma sea quien pueda contener; 
logrando una cascada que serene al agua que quiere recorrer, 
las hendiduras de la elocuencia, que si no se la logra sostener, 
provocará la inundación más grande que no permitirá absorber
toda esa agua que la adversidad pretende en los bordes verter,
haciendo proclive a menguar la fortaleza y así decaer.
Que si se desata un tornado -con entereza- hacer caber,
la tenacidad... que en cada uno puede crecer;
solo basta ser perseverante y no dejar de creer,
de lo que se es capaz de persuadir ante el granizo que pueda doler.
Hacer que el arcoíris que adorne el cielo ¡sea un deber!
para que el que naufrague sea el infortunio, y así romper
con todo lo que nos impida conquistar y tener.  
Que si la lluvia es impetuosa se pueda sobre ella componer
la poesía más afable que permita hacer ver,
que se es aguerrido con la voluntad de convencer
Que después del vendaval, finalmente deja de llover.

Claudia Ortiz