Revista Viajero Nro. 11 - Junio 2006






Alicia país de maravillas

Alicia
país de  maravillas
nubes bordadas
al croché.
Mil fotos antiguas,
un cielo en la mirada,
y la piel papel maché.

Alicia
miniaturas naíf,
el Sol bajo la puerta.
y en el balcón
un jardín.
Alicia
una niña
de pelo gris
bajando el telón.

Alicia
pajarones y bólidos
en tu alma de pebeta.
Un tango y un grito de gol
anunciando la partida
hacia tu mundo de vainillas
y zapatos de charol.

Un país de maravillas
Alicia
nos dejó.

Néstor Carlos Córdova
Dedicado a Alicia De Bodt de Cerviche
Mayo de 2005 













El Viaje

Miraba a través de la ventanilla lateral del auto que trepaba por el paisaje mara­villoso de la cordillera pero solo veía reflejada su cara en el vidrio y conversaba melancólico consigo mismo y escuchaba, como a lo lejos, la conversación del resto de sus compañeros de viaje. María lo miraba de reojo como preguntando: - Qué estás pensando, mi amor. Estaba perdidamente enamorada, sentía un amor, que nunca había sentido, por nadie, ni siquiera por su esposo que con llenarla de rega­los materiales, ya se daba por satisfecho. Marcelo, en cambio le daba amor. Intuía sus necesidades, tenía la palabra y la caricia justa para hacerla feliz y a su vez él, era tan transparente, que ella adivinaba los deseos que demandaba Marcelo, a los cuales respondía con todo su amor.
Aprovechando que el marido de María estaba de viaje, habían programado juntos el viaje a la ciudad, y para disimular ante la sociedad pueblerina, invitaron a unos primos de ella, pensando que pasarían un fin de semana inolvidable. Habían pre­visto que al llegar a la ciudad tomarían dos habitaciones, una para las mujeres y otra para los hombres, siempre también, para guardar las apariencias ante sus pri­mos. Comenzaron con preparativos para salir a cenar y luego bailar, hasta altas horas de la noche. Allí cantaron, saltaron y se divirtieron hasta quedar exhaustos. Cuando podían, se separaban del grupo para besarse, con mucho disimulo, para no ser descubiertos. Mientras estaban en la fiesta, planearon que al llegar de regreso al hotel, hallarían la forma de encontrarse en el pasillo y así poder estar solos toda la noche. Sigilosamente se levantaron en sus respectivas habitaciones, ya en el pasillo, oyeron ruidos de pasos, entonces rápidamente se metieron en la primera puerta que encontraron. Al trasponer la puerta, el lugar estaba tan oscuro que no veían nada a su alrededor, tanteando concluyeron que estaban en el cuarto de los elementos de limpieza. No les quedaba otra cosa que hacer, que esperar que todo se acallara y pudieran salir a buscar el refugio pensado. Era tan pequeño el cuarto que no podían hacer otra cosa que estar muy juntos, y entonces comenzaron a abra­zarse y besarse, lo hicieron con tanto entusiasmo, que en un momento dado descol­garon una repisa en donde estaban colocados los desodorantes, la cera para pisos y demás envases con otros contenidos, que al caer, hicieron tal estruendo que se des­pertó todo el hotel, incluidos los primos, todos salieron a los pasillos preguntando que pasaba, y que había provocado semejante estruendo. Entonces abrieron la pri­mer puerta que encontraron, que justamente era la del cuarto en donde estaban escondidos María y Marcelo que salieron a medio vestir, ensayando toda clase de argumentos para justificar su presencia en el lugar. Querían justificar lo injustifica­ble. Marcelo mudo, asentía y se reía, ponía cara de inocente y solo lograba poner­se mas colorado de vergüenza, María, más decidida, lo tomó de un brazo y lo sacó rápidamente de la escena diciendo: - Bueno che, creíamos que era la cocina, por­que estábamos buscando algo fresco para tomar.
Mientras duró la estadía en el hotel, fueron la comidilla de todos los pasajeros, que comentaban el episodio cada vez que los veían.
En el viaje de vuelta nadie acertaba con la conversación, parecía que no podían salir de sus pensamientos y tenían miedo de hablar y se sentía que el tema ronda­ba en el aire. Marcelo quería que se lo tragara la tierra. No quería dejarla sola en la encrucijada no podía hacerse el desentendido y mirar para otro lado. Entonces María hablo claro y muy firmemente con todos sus primos y les dijo que estaba muy enamorada de Marcelo y les pedía que guardaran el secreto, que el tema era una cuestión suya, con su marido y que solamente ella lo podía solucionar, La son­risa volvió a los rostros de los preocupados primos que prometieron guardar celo­samente lo acontecido, que desde ese momento pasó a convertirse en una anécdo­ta para todos, menos para Marcelo, que como en el viaje de ida, volvía a mirarse reflejado en el vidrio de la ventanilla lateral, preguntándose, porqué el episodio vivido en aquel hotel, había desnudado su corazón. Porque María, a quien sentía tan suya, no lo era en la realidad. Sabía que tenía que compartir su amor, aunque supiera - estaba seguro de ello - que solo lo amaba a él. De cualquier manera sen­tía la angustia de saber que estaba compartiendo a María aunque fuera solamente en una mirada.

Mario Cano













Guerra

la guerra quieta
los soldados se mueven
los soldados quietos
la guerra se mueve
¿y si alguno dispara?

Piano en un pasillo

la sala iluminada
silencio doblado en una de sus puntas enloquezco
plano
pasillo
transición hacia otro presente

Sus ojos

sus ojos ambiguos
sus ojos contraídos
sus ojos bicolores
sus ojos antiguos
sus ojos rasgados
sus ojos inquietos
el jarrón de las caderas
se angosta en la cintura
vientre marrón
rostro plano bello

sus ojos contraídos
otra vez
sus ojos

Expresión

la garganta
la puerta
el grito
la manija

después serpientes
espejo

Gastón
Poemas de Yugoslavia












... Último momento, en la placita de Palermo viejo (que por desgracia sigue amo­dernándose). Envuelto en aire a plaza urbana me propuse intentar escribir unas palabras desde el alma. El marco: Un paseaperros tomando Fanta, promotoras repartiendo chicles, un stone malabarista que se ilusiona por los aires. Hacia la esquina de Nicaragua un grupo de gente filma algo que no sé porqué intuyo comer­cial publicitario. Más acá, bajo los árboles, unos oficinistas se clavan un porrito. Sobre un banco a mi derecha una acalorada parejita de estudiantes se entrelaza raramente en un no muy bien disimulado pseudo-coito ilusionado. Hace un rato vino un pibe a ofrecerme unos collares y terminó él comprándome dos libros (¡ !). Cosa rara, así que rolando sigo, empujado por la sincronía. Posta que no sé qué está pasando pero algo está pasando. Siento que estamos ampliando poderes. La Tierra está aumentando su energía y nos afecta, para bien o para mal depende el caso. Aquello que sea lo que va creando el ensueño de la vida revisa sin equivocarse todas las pisadas, por eso hay que tratar de no errarle, de elegir todo el tiempo nues­tro camino verdadero, porque solo en él nos veremos beneficiados por ésa súbita subida de energía. Eso es así y no me lo discute nadie: La vibración de cada uno modifica el potencial a materializar la situación en la que estemos, y podemos com­probarlo fácilmente, en cualquier reunión, en una tiesta. Hay un montón de situa­ciones en las que todo va notoriamente modificándose en conjunto a nuestros cam­bios mentales, emocionales, sensoriales, perceptuales, espirituales y/o sentimenta­les. La realidad toda camina de la mano. A veces se puede llegar a percibir clarita la conexión, conexión que por supuesto la razón intenta camuflar tras la cortina de temores, pensamientos, rebusques y especulaciones nacidos en la confusión del ego interno. Pero bueno, no era mi intención ponerme tan en serio. Yo sólo quería escribir unas palabras desde el alma. Así que allá me voy. Atardece. Salto adentro…Si actuás desde el alma, el alma emana magia por tus poros. Y las irracionales partí­culas se esparcen por el aire (también irracional). Y el entorno, digamos, como que se te acomoda. Conectás con esa parte de la vida que danza. Tan simple que es muy loco, no? Para actuar desde el alma te hace falta fundamentalmente una cosita, que hasta suena casi idéntica, calma. Solo así los poros, boquiabiertos, comienzan a emanar aquella rara sustancia...

Diego Rojas, de Temporal








Para vos...y algo de mí

Cuan sabia es la ignorancia,
Más aun cuando busco ser feliz.
Solo necesito la esencia,
El olor, ese perfume,
Que tan etéreo como sublime,
Llena todo a la perfección.
No necesito detalles de ningún tipo
Y vos...
Necesitas saber tan poco de lo mío,
Que por eso te dejo ver solamente lo que es tuyo,
Lo que hice para vos.
Lo demás no existe en tu mundo,
Y claro que es mejor así.
Yo quiero verte sonreír,
Verte bailar junto a mí.
Jamas te mostraría el oleaje que rompe dentro de mi pecho.
Las tormentas, las tempestades que me acechan son mías,
las quiero para mí,
alguien, algún día, podrá navegar allí
pero vos...
sos una playa hermosa desierta,
virgen, sin problemas ni alturas,
sos planicie, sos descanso, sos plenitud
y así quiero conservarte.
Llena de virtudes, sin problemas,
una divinidad fugaz
que planea al ras
de mi cuerpo
si, así...

Leandro O. Silvay













Memorias de un golem

Me desperté, estaba parado (o más bien erguido) sobre mis grandes piernas entumecidas. Lo primero que hice fue mirarme las manos, tenían un tamaño considerablemente grande, y luego a mi amo, que se frotaba sus guantes enérgicamente con una expresión de triunfo. Cualquier humano lo hubiera descripto como un científico loco. Yo no lo podría definir.
En mi cabeza brilló una frase escrita en rúnico: “Matar a la traidora “. Supe que debía obedecer. No tenía otra opción. en ese momento, escuché a mi amo decir:
— Sí, al fin esa serpiente traidora va a sufrir mi venganza —. Al tiempo que decía esto se retorcía los poblados bigotes con una increíble rapidez. 
Mientras me dirigía hacia la salida del laboratorio, divisé unas extrañas criaturas. A la primera logré distinguirla con facilidad: era un elfo, una criatura noble y bella, digna de respeto entre humanos y demás. La segunda criatura, al principio creí que era un duende robusto, por su extraño comportamiento, pero luego descubrí que se trataba de un enano. El comportamiento de ambos individuos me sorprendió: El elfo parecía demasiado despreocupado (algo realmente atípico de un elfo), pues estaba tranquilamente acostado balanceándose en una hamaca, leyendo un libro. Por su parte el enano, se veía demasiado, demasiado, amable (algo imposible viniendo de un enano). Era obvio que éste, al igual que el elfo, eran experimentos fallidos de mi amo.
En ese momento me di cuenta de que, incluso yo, me comportaba de un modo muy extraño: estaba pensando demasiado, y los golem no pueden pensar aunque se los ordenara su amo. Éramos capaces de entregar respuestas que requieren meditación, pero no podíamos pensar por nuestra cuenta. En ese momento mi cuerpo albergó una pena: ¡Yo también era un experimento fallido! pero luego descubrí que esto no era una maldición, sino más bien una... no pude terminar de pensar, pues la puerta de salida se me venía encima. Me encontraba tan ensimismado en mis pensamientos que no me había concentrado en mi misión.
No me detuve, pues los golem no sentimos dolor, a menos que así nos lo ordenara nuestro amo. Entonces, al chocar contra la puerta, (para mi gran sorpresa) tuve  la sensación de que me aplastaban el vientre con un mazo de tormentas (...), así advertí que yo podía sentir dolor físico, y eso lo consideraba una grave maldición.
Mientras salía del cuarto a rastras a causa de mi fuerte dolor, alcancé a  oír la voz de mi amo refunfuñando, que se quejaba de los daños irreparables que le había causado  a su laboratorio.
A pesar de los gritos de mi creador, salí rápidamente (rápidamente para un golem, pero no para un humano) de la casa.
En ese momento, me di cuenta de que los humanos, (que según me decían mis instintos, estaban ciegos y sordos ante la presencia de la magia) se sorprenderían mucho al verme, y podrían destruirme o aprisionarme hasta que les confesara lo que yo era en realidad. A pesar de mis dudas, debía de obedecer a mi creador, por lo que saqué la cabeza por la puerta. Para mi gran sorpresa, era de noche. Entonces, comprendí la artimaña de mi amo: me había fabricado de noche, para que ningún otro humano me viera cuando fuera a cumplir mi misión.
Mientras caminaba hacia la calle donde se encontraba la casa de la traidora que debía eliminar, comencé a decirme a  mí mismo: “Si yo puedo pensar, también puedo oponerme a las decisiones de mi amo” Pero a la vez, otra parte de mí decía: “No, yo fui creado para obedecer las órdenes implantadas por mi creador” De ese modo comencé a generar una conversación conmigo mismo:
— No, tal vez mis pares tuvieron que sufrir esa maldición, ¡pero yo puedo resistirme!  — decía yo, o, mejor dicho, “pensaba”.
— ¡Yo, al igual que todos los golem, fui creado para obedecer las órdenes de mi creador! — decía Yo, pero el Yo que alguna vez había sido, aquél del que sacaba toda la información, que el otro yo utilizaba para hacer sus análisis.
— Pero... si yo puedo pensar, imaginar, sentir, también puedo oponerme a las órdenes de mi am... ¡a ese loco que pretende ser mi dueño! — pensé yo, encolerizado al límite.
— Ese... “loco”, como le digo, es mi creador, y estoy en deuda eterna con él  — pensé Yo, el Yo que me había informado las características de los elfos, enanos y demás.
Eso que dije me hizo dudar mucho, pero luego se me ocurrió una manera de convencerme.
— Si, tengo razón, tengo una deuda con él, y la deuda la pagaré comportándome como humano, siendo su ayudante, su aprendiz.
A partir de ese momento, mi Yo obediente, mi Yo malvado, desapareció para siempre; Sólo quedé yo, el yo listo, el yo pensador.
Luego de mi conversación conmigo mismo, volví al laboratorio de mi... creador. Él me reprendió al principio por mi rebeldía, pero luego se rindió,
Traté de disuadirlo de crear seres, él decía que se debía tener mucha experiencia para hacerlas bien, y acordó conmigo no hacerlas. Pero yo, en el fondo, sabía que él lo volvería a intentar, aunque juró, por los dioses vikingos, que no intentaría de nuevo matar a alguien.
Mis esperanzas se cumplieron cuando, luego de unos meses, el doctor conjuró una nueva criatura, una criatura muy pequeña, y realmente muy traviesa: ... Un Duende.

Nahuel Melis
10 años

 










Intensidades

Si una mirada fuera potencia,
la tuya sería un rayo.
Si acaso se tratara de un aroma,
me llevaría hasta ti como un esclavo.

Pero no pienso en ti como grilletes,
creo en ti como en un sueño hermoso.
Quiero llegar hasta allí para perderme.
Quiero estar en ti como un embrión.

Y  tal vez no pueda ser sin ti,
y entonces vuelven los grilletes,
con un metal que no hace sangrar de dolor
a menos que sea la agonía de estar sin ti.

Aroma poderoso que me atrae como a un perro.
Energía ominosa, me arrastra, me quiebra,
transformándome en lo peor de mí,
alzándome hasta lo majestuoso.

Arcilla en tus manos
Arcilla en tus piernas.
Es el deseo
Eres tú.

María Claudia Machelett








 

Cuesta levantarse a la mañana

Me había acostado relativamente tarde, eran las siete menos diez de la mañana la sabana estaba arrancada del colchón y había dormido sin almohada porque se le estaba saliendo el relleno y me daba asco, mi papá me despertó para ir al colegio.
Otro día desperdiciado.
Yo estaba durmiendo en la cama de mi hermana, porque se había ido a vivir con su novio, estudiaban ambos medicina y  vivían por Belgrano,
Dormía ahí, porque en mi cama dormía mal, ahí descansaba un poco mejor, pero mi columna seguía con su escoliosis.
Siempre me fijaba  que las sabanas estuviesen limpias, no quería mancharme de su sexo.
Lo primero que hice al levantarme fue lavarme los dientes para sacarme el gusto horrible del sueño.
Me saque mi piyama, un buzo gris, con las magas rotas de mi hermana cuando era chica, tendría unos dieciocho años ese buzo, estaba comido por las polillas y por mi perro.
Mis ojeras seguían ahí, los granos también.
Mi cepillo de dientes estaba destrozado, ni intenté peinarme, era inútil e imposible.
Tenia los dientes muy amarillos y chuecos.
La encía me sangraba bastante, las muelas de juicio me dolían, de cierta forma me gustaba.
El espejo estaba con manchas de oxido, nunca pude entender como se mancha de oxido un espejo, pensé que solo pasaba con el metal, el lavabo estaba ensangrentado no entendía porque, y la manija del agua caliente no funcionaba, hacia un ruido espantoso, agudo chirriante.
Mee con la puerta abierta, por fin había tabla para cagar; me mee el calzón.
Me vestí con el mismo jean de la ultima semana, la remera de ayer estaba hecha un bollo así que agarre otra, me di cuenta que no había en mi placard, así que tuve que ir a la habitación de mi mama, y revolver en el suelo con la luz apagada haber si encontraba alguna remera mía que no me hayan dado todavía para que ponga en mi estante.
Tenia que bañarme, no me quedaba desodorante.
Fui a revisar mails, cosa que hago religiosamente todas las mañanas, no se para que.
Pero siempre tengo la esperanza de que me llegue un mail de Europa o estados unidos ofreciéndome trabajo y pueda salir de este agujero.
Solo propaganda.
Mi papa me grito para que vaya a desayunar.
-Ariel... ¿Podés venir a desayunar de una vez?, ya son las siete y cuarto.
Era imposible que llegase temprano, no me importó demasiado, solo quería “cinco minutos más”.
Mucha luz, las paredes ya no estaban tan blancas, el papel era arrancado por mi perro, pero ahora el dormía en el sillón, me acerque a acariciarlo, lo quiero mucho.
Había una torta dura que ya iba a cumplir una semana, tenia un glasé amarillento, no entendía de que se trataba esa torta; no parecía muy buena, aunque sea por le hecho de haber estado ahí estática casi una semana.
Me hice un mate cocido, el agua de la pava estaba helada y no quedaba azúcar, lo tome igual.
La torta fue difícil de pasar, parecía rancia o algo así.
Salude a mi papá y me desplome en la silla.
Me apuro para que me vaya, iba a llegar tarde, ya eran las siete y media, entraba en media hora y vivió a veinticinco kilómetros, tenia que estar llegando en quince minutos.
Me acorde que no había armado la mochila, mi papa ya me estaba puteando.
Metí las primeras hojas que encontré en el cajón y mi birome negra.
Me fui.
Estaba llegando tarde.
Lo único que tenia en mi cabeza era terminar el tercer número de mi revista, pretendía sacar un compilado de bandas con ella pero nunca salió, ni el compilado ni la revista.
Otro proyecto abandonado, otro sueño roto.
Espere quince minutos el colectivo, un viaje de media hora, y luego caminar quince cuadras mas.
En el colectivo luego de un largo rato encontré un asiento en el cual desplomarme para ir a un lugar al que no me interesa ir, relacionarme gente con la que no me interesa estar, y obedecer estupideces a estúpidos.
El hollín me mataba, tenía los pulmones más dañados que un fumador, tenia proto cáncer por culpa de los colectivos; pero bueno, es la desventaja de vivir en una ciudad, no me imagino como debe ser vivir en Nueva York.
Una vez en el colectivo, eructé, eructé con gusto a naranja aunque había comido torta.
Me genero una acidez terrible esa torta de mierda.
Una vez que llegué, era tarde, decidí entrar igual.
El profesor me miro mal, tenia media falta, no me importó, era el primer día de clases.
Seguí durmiendo hasta el bloque siguiente. No me interesaba saludar a mis compañeritos, no los extrañaba.
Esperaba que Columbine o Carmen de Patagones pasara algún día en mi colegio, pero no, nunca paso, me egrese con todos alegres, vivitos y coleando.
Yo era el tonto por no ser superficial. Por no estar pensando todo el día en ir a bailar el viernes, en que ropita comprar con la plata de mis papas y en consumir sintéticos o su natural hierba, patéticos ellos.
Prefería cualquier cosa a estar en ese lugar, prefería tener que trabajar doce horas de lo que sea.
Necesitaba terminar...
Quería que me saquen de este agujero.
Solo quería dormir cinco minutos más.

Arii Gnosis













El sonido del otoño

Frío es el cielo en otoño,
o mi cielo,
no puedo distinguir si las hojas
son mías o del pasado,
de los árboles o del sol.

Todo pasa rápido cuando duermo,
y no pasa tranquilo,
acá el viento se parece a un volcán,
todo por dentro parece desbordar
en una lluvia de cenizas.

Ya no queda sol,
dentro de mi alma todavía
quedan algunos minutos de luz,
que se acabarán y que en definitiva
se volverán a encender.

Una canción que rodea la tarde
habla de la vida y yo le respondo,
ella me pregunta y yo que casi desolado
no logro conformarme,
le digo: si amas a la vida,
déjala ser,
y puedes soportar mucho,
pero volveremos a recibir.

Nunca me olvido cuando camino
del sonido del otoño,
mas tampoco puedo dejar de lado
el sonido de mis sueños
cuando camino por la vida,
el sonido de mi mente confundida,
que ahora me hace temblar,
y con frío les digo
que nos volveremos a encontrar,
no todo puede ser tan normal.
Libertad














Sin Razón

Solo podía preguntarme “¿De donde salió?”,
no había en el aire nada distinto a ayer.
Solo sus ojos, que eran cielo, que eran mar…
donde se ahogaba mi pasado y mi futuro,
donde el presente existía para ser adorado, para ser vivido
Solo se oía a lo lejos la voz dormida de mi alma
¡Ternura!… (gritaba desesperada)... ¡aún existes!
Mis adentros no cabían en mí, porque yo ya no era la misma…
pero tal vez seguía siendo yo, solo que el reloj mandó a dormir a mi soledad.

Se perdía en mis ojos… y yo no encontraba la razón.
Parecía de mentira… y solo fue realidad en dos lunas,
que no brillaban con luz propia… sencillamente era su luz…
¿Dónde estaba hace años, hace meses, hace semanas...?
¿Donde está hoy? ¿Porque no estoy a su lado?...
… A veces pienso que pensar no hace bien al alma,
y que vivir el hoy es soñar sabiendo que se ha de despertar…

¿De donde saliste esa noche… mezclado entre tantos ojos?
¿Cómo es que eres?, ¿Cómo eres? ¿Eres, ó solo te soñé?...
¿Qué fue lo que dejaste en mis ojos que aun te veo frente a mí?
No entiendo que me llama, pero escucho tu voz.
Tal vez es mi silencio, o mi deseo de ser tu duda.
No se quien eres, y te llevo conmigo, sin permiso
en los bolsillos de mis manos, de mis dedos…
Y te espero, sin saber que espero…
si tus palabras… o tu válido silencio.
Me trepo a mi impaciencia, para aplastar sus ansiedades,
y caigo, a ojos cerrados, con el cielo de tus ojos sobre mi soledad

Liliana Araya

Revista Viajero Nro. 10 - Abril 2006




Es por ti

Si te amas, quítate la máscara
No para que te vean,
sino para sentir el sol,
la lluvia, el calor, el frío,
un beso, un abrazo,
el roce de una pluma sobre tu mejilla;
para ver mejor el sol
y los ojos de tus hijos,
y el “te amo” que se dibuja en los labios del que está a tu lado.
Si te amas, no odies,
No por que el otro se lo merezca,
sino por que tú te lo mereces.
Si te han herido, no son dignos para que le dediques los minutos de tu vida que usas para odiarlo.
Ellos deben recibir algo peor: que no existan para ti.
El odio te hace esclavo de los peores sentimientos:
la venganza, la traición, la envidia, la intolerancia.
Si te amas, suéltate el cabello
o aflójate la corbata.
Deja las cosas de todos los días  para ver lo que ocurre sólo una vez,
Ese pájaro volará allí sólo esa vez:
el sol iluminará las flores de esa manera sólo por esta vez;
esa mano tendrá esa tibieza sólo por hoy;
esa idea genial sólo surgirá ese día.
TU TE MERECES VIVIRLO.
Porque sólo podemos tener lo que hemos vivido.
Y si sólo hemos cumplido con las obligaciones,
estaremos vacíos a la hora de irnos.
Si sólo hemos odiado, negras sensaciones nos habrán colmado.
Si hemos sentido el amor, la pasión, el dolor, la risa,
¡entonces estaremos llenos!
No te pierdas a ti mismo.
Por que te amas.

María Claudia Machelett












Sin permiso

"Para un amor que cambio mi vida..."

Lentamente vas guardando secretos en mi corazón,
sin pedir permiso vas entrando sutilmente en mis sueños.
Te robas los suspiros que mis latidos desatan
y sin saberlo perfilas mis sonrisas cada mañana.

Relato dichas por el regalo jamás soñado,
y doy gracias de haber esperado tanto en la soledad,
porque hoy tengo tu risa baña mis horas de felicidad
y varias copas de la ternura de tus manos.

No comprendo el tiempo, la carrera de los días.
No termino de conocer las carcajadas de un sentimiento que llega a la vida.
Desconocía tantas maravillas que hoy me regala tu mirada
que a mis miedos ya les cuesta vivir cuando tus ojos me atrapan.

Me brotan sentires sin nombre y sin números.
Mis silencios piensan buscando una explicación.
Todos mis gritos se quedan mudos…
Y el corazón habla… sin palabras… sin respuestas…

Voy aceptando mi realidad mas real, mas mía…
y pisando con mas eco para escuchar mi presencia en tus días.
He dejado de preguntar al cielo por tu nombre,
Hoy solo endulzo mis oídos con tu voz.

Valientemente vas conquistando colonias rendidas,
algunas abandonadas a la nostalgia y al desamor…,
y vas rescatando confianzas desterradas,
que temerosamente regresan a cantarle al amor.

Liliana Araya













Opresión


Libertad, tu nombre es tan inmenso que a veces inalcanzable estás.
¿Qué se sentirá estar en tu cúspide? Desde aquí abajo se siente todo comprimido, la opresión te deja casi sin respiro, aunque a veces lográs rescatar algo de aire que trae el Viento.
- ¡¡ LIBERTAD!! - Grito tu nombre en vano, nunca escucharás mi dolor y si acaso lo haces ¿Es posible que logres ver lo miserable que me siento en este espacio?
- Destino, dame una señal para poder encontrar el camino hacia ella.
Veces y risas escucho provenientes de la cima, algunas queriendo aconsejarme; solo que el guardián (me observa atentamente deseoso de ver mi sufrimiento) cie­rra las puertas impidiéndome poder oírlas.
LIBERTAD ¿Cuántas guerras tendremos que atravesar para poder conseguir tu gloria?
Meditaré un plan, una estrategia para poder escapar del encierro en el que vivo y así emprender hacia ese lugar que anhelo.

El tiempo


Dicen que el tiempo lo dice todo, que el tiempo pasa volando, que el tiempo apa­cigua las aguas, que el tiempo borra 1as heridas, etc...
Cuanto significado que tiene el tiempo en nuestras vidas, ¿qué tan importante y tan insignificante puede ser en momentos?
Para mí, es un tiempo importante para hacer cambios. No cambiar, ser la misma pero con un toque de valentía y confianza en mí misma.
Para otras personas quizás es tiempo de animarse, tiempo de concretar aquello inconcreto, tiempo de estar más unido a las personas que descuidan tanto, tiempo de darse cuenta quien es más importante, de tomar decisiones, de no dar vueltas, de dejar de ser tan sensible, de demostrar lo que lleva adentro sin sentirse menos y de demostrarse a sí mismo cuanto puede valer.
Estas son las cosas más importantes que puede lograr el tiempo. Cambios que vie­nen de adentro y siempre para bien. Y es insignificante cuando perdés el tiempo en explicarle estos cambios a las personas que son muy obstinadas, que están encerra­das en su mundo y no quieren mejorar.

Carolina Villalba












El Visitante

Serían las doce y cuatro de la noche. El viento había cesado. Nada más se oían unos grillos en las afueras. Yo estaba acostado en la cama durmiendo al lado de Beatriz. Me desperté al oir unos pasos en el techo, me exalté; sentí un impulso en el corazón. Cerré los ojos, pero seguía con los sentidos en alerta. Abrazé a Beatriz que dormía profundamente, le recitaba versos sin que me oiga. Y otra vez los pasos ya más firmes y contundentes; pero provenían ahora del living. Noté que caminaba nada más. Busqué en el ropero la linterna y el bat de béisbol y con cautela salí en busca del intruso. Entreabrí la puerta del dormitorio y a un tiempo escuché un  gruñido de gato o pantera. Fue entonces que encendí la luz sujetando fuerte el palo y ví hechado a un gato negro enorme. El animal me miró y gruñó. Nos mirábamos los dos como conociéndonos. Era bastante grande y su pelaje brillaba reverberando en lãs paredes. Me acerqué hacia él y traté de espantarlo pero no tuve suerte: el gato en su postura felina no se hacía a un lado siquiera. Sus ojos cumplían una impresión casi mágica; sus uñas eran tan grandes que se podrían confundir con las de un trigre de bengala.
Habían pasado como cinco o diez minutos  y el maldito gato seguía mirándome. Ya
para  fastidiarme y en cuanto alcé el palo para darle en la cabeza dijo unas palabras: "- Nemo me impune lacessit."  Sentí un acto de descubrimiento.
Beatriz seguía durmiendo y la llamé: repetí su nombre unas cuantas veces. No me oía. La situación era única y relacioné con tanta facilidad la imagen de "Plutón". Pero no entendía que tenía que ver yo con el gato.
El animal se erigió completamente y formuló otras palabras: "- This suspicion is, actually, awful...! But, what is still more awful is the sentence!." No comprendí su idioma nuevamente, pero resolví que él conocía mi idioma  y hablamos un poco en castellano. Le pedí que se alejara, que tenía que seguir durmiendo; que este sueño se había cumplido y se hacía
demasiado extenso y tedioso el encuentro para ser realmente un sueño. Esta invención mía cumplía su fin. Pero el gato en su postura cuadrúpeda parecía burlarse y mi estado invulnerable se tornaba irrascible. Un odio por el pecho corría dentro mío. Fuí hacia la cocina y alcé el hacha que estaba al lado; me dirigí al dormitorio donde se encontraba mi mujer; mis manos apretaban fuertemente el mango. Mi propósito era asesinarla.
Entré a la habitación  y no encendí la luz, ella dormía plácidamente; el brillo de la luna la divisaba infinitamente. Me acerqué con cautela; levanté los brazos sujetando el hacha, fijé el destino que darían mis manos. Cerré los ojos y al cerrarlos un temblor en mi pecho hizo que soltara el arma. Abrí los ojos y Poe me miraba con el gato negro echado sobre su pecho. Toda esa imagen junta representaba un acto sublime. Poe se levantó alzando al animal y me dijo que la historia había fracasado; pero declaró que el relato estaría inconcluso por ahora.
Pasó al costado mío; posó su mano sobre mi hombro y me miró de reojo. Abrió la puerta del dormitorio y cerró muy bien al irse; escuché sus pasos enormes, alejándose.

Cristian Navarro













            Slade

El mercenario profesor


Slade, el hábil hechicero de magia blanca, tenía la piel curtida por causa de los hechizos de sus adversarios, las garras de una gárgola, la maldad del Lechi y un maleficio malvado que él mismo se lanzó (por venganza a la gárgola que mató a su amigo, y no por locura). De su nuca caía una larga  cabellera blanca.  Llevaba una túnica negra y de tela de jade mágico, que caía arrastrándose por el suelo.
Nuestro héroe se disponía ahora a vivir otra aventura, pues recibió nuevamente una encomienda: la de vencer al Pazuzu, una deidad babilónica cuyo cuerpo delgado  tenía una cabeza monstruosa, cuernos de cabra en la frente, cuatro alas y patas de ave rapaz.
Esta bestia habitaba en el castillo de Valencia, una ciudad hermosa y pacífica,  que anteriormente había sido habitada por el famoso Cid Campeador. Allí, según rumoraban  los magos,  el Pazuzu le trajo desgracias al Cid y su esposa, llamada Doña Jimena Díaz.
Una vez en Valencia, Slade se introdujo en una escuela de magos llamada “La princesa druida” donde, no solo se hospedó allí para pasar  las noches, sino que también le permitieron dar clases.
El primer día de maestro, Slade entró a una sala recubierta de mármoles negros, con numerosas jaulas mágicas. En el interior había un olor como a huevos podridos, sudor, madera rancia y quemada y otro olor muy diferente, como de jazmines. El hedor era tanto, que Slade lanzó un hechizo para eliminarlo. Las mesas del salón estaban un tanto chamuscadas por las pociones ácidas que allí se fabricaban, una de ellas, ubicada en la zona más oscura,  tenía un tajo que la atravesaba por el medio.
Entonces, la puerta se abrió  con un chirrido y  por ella  entraron  como  una quincena de muchachos, que, al ver a Slade, empezaron a gritar cosas como “¡Blade el negro!” u “¡oh por dios! ¡Es Slade!”.
Ya restablecida la calma, el gran mago se pasó toda la tarde enseñando hechizos como el Gigitfili o el Armagedon (usado para convocar al Vagadonnaego, Dios infernal al que se invoca para que se cumplan los acuerdos y promesas).
Mientras estaba tomando lección, uno de sus alumnos le nombró un hechizo maligno para conjurar cualquier deidad demoníaca poderosa. Slade se preguntó para que podría servirle un Hechizo  como ese. Luego de eso se encaminó al castillo del Cid, donde habitaba el Pazuzu, dispuesto a acabar con las amenazas que causaba.
Al entrar en el humilde hogar del Cid Campeador, encontró un pasillo muy largo que conducía a una escalera, Slade la subió hasta que oyó un crujido detrás de él. Cuando volteó su rostro, se encontró cara a cara con el Pazuzu, entonces, Slade intentó derribarlo con un rayo violeta, pero este atravesó al Pazuzu como si fuera una nube de humo. Volvió a intentarlo, esta vez con una llama de fuego azul, pero ocurrió lo mismo que con el rayo.
—No puedes hacerme daño —decía—. Yo soy el Pazuzu, hijo de Anu, el  rey de los espíritus malignos del aire, que descienden huracanadamente desde las montañas causando estragos como un tornado a la montaña de naipes creada por la tranquilidad de la humanidad.
—Yo no, pero si podría...—decía Slade mientras conjuraba un Hechizo—. ¡Tu padre, Anu! —terminó Slade lanzando el Hechizo de conjuración.
Entonces, una nube de humo apareció, y todo el suelo se estremeció. Los candelabros se encendieron y unos volcanes grandes como estalagmitas brotaron del suelo. Entonces, de la gran nube de humo salió una figura monstruosa, muy similar a la del Pazuzu, pero mucho mas grande... era Anu, el padre del Pazuzu.
— ¡Es el colmo! —le gritó Anu a su hijo.- ¡Has torturado y maltratado al dios Ra, al Cernunnos (dios de la mitología celta), al Ilia (dios de mitología Rusa), al Ahura-Mazda ( Dios mas importante en la mitología Persa) ... y como si fuera poco  ¡ Y ahora me encuentro que molestas también a los mortales! ¡Se acabó! ¡Ahora mismo vendrás conmigo y te enseñaré  algo para que aprendas a meterte en tus propios asuntos...! Una vez dicho esto, padre e hijo se esfumaron en una nube de humo.
Aquí se presenta otro efecto del Serpenta Mentí: aprender a usar las armas del enemigo, porque, tal vez no lo hayan notado, pero Slade usó el hechizo maléfico que le enseñó su alumno para conjurar al dios Anu.

Nahuel Melis
10 años













El lado de adentro de mis ojos


La casa está en silencio
dentro de mi alma
que la alberga,
pero el silencio es ruido
en mis recuerdos,
futuros recuerdos ...

Los años que pasan
proyectan una película
en el lado de adentro
de mis ojos,
y entre tanta escenografía
yo me escurro en la noche,
como si fuese la última.

Si pudiera decir basta
creo que tampoco lo diría,
a veces soy la nostalgia que me enreda,
a veces, solo el dolor
es quien me esculpe,
y entre tantas formas
que refleja la luna,
se esconde mi soledad.

Por qué todo es tan frágil,
el mar es un cristal líquido
y yo soy la espuma que lo acompaña,
y entre tanta desintegración
puede que empiece a comprender
algo de lo que me pasa,
lo que le pasa al tiempo,
y a sus cambios, la vida.

A donde iré cuando ya no recuerde
quien soy, en que creía esta noche
como espejo del transcurrir,
mientras todo pasa al lado mío
y mi corazón mira e imagina,
que serán de mis mañanas
cuando deje de recordar,
que será de mi vida,
cuando deje de sentir...

Esteban












Mis pupilas de barro y sangre


Ojos ven
o bien
saben:
Cómo arrancarlos
de allí donde el vacío
esgrime horrores
ateridos
frustraciones
muertes sin sentido.

Oscuros ellos-
Soles negros me circundan
Mi luz es oscura
mis pupilas
de barro y sangre.

Prisión;
Hablo de mis cinco
puertas de percepción.


Sebastián Humberto González














El oro de la tarde

                                                                                  A Cristian Navarro

   El oro de la tarde
cifrado en aires de fuego
lejano, reluciente, infinito,
denota la transparencia
en tus ojos reflejada.

   Delirios de hielo y fuego
vuelan sobre mi alma
como hojas de un otoño
olvidado, desecho.

   Cuando tu ausencia
apaga el brillo de tus ojos,
mi ser colmado de tristeza
se delira en las reminiscencias
de tu perfume impregnado a mi cuerpo.

   La presencia circular del tiempo
reitera cada instante,
y destaca lo elemental de cada jornada:
            lumbre de tu existencia
derramada sobre mi alma.

Roxana Contreras

 







Sintiendo tu nombre


Si desdibujas mi alma saltan los colores,
se pintan las ventanas de estrellas.
Si desdibujas mi alma es para caminar traslúcida,
casi transparente y llena de arco iris.

Si desbordas mis manos de caricias y sabores,
desaparece el mundo en tu figura.
Si desbordas mis manos es para abrigar,
para acariciar como las nubes al cielo.

Tu risa convoca aplausos y silencios:
carcajadas pidiendo otra risa,
ojos silentes que se enamoran de ella;
y ella, contagiosa, canta esperanzas.

Esperando tu boca abrazo tu pecho,
abrazando tu ombligo me siento el mundo.
Tu pecho estalla y se mezclan los colores,
y el mundo colapsa simplemente alcanzando tu risa.

Este poema camina a tu lado sigiloso,
para con cuidado amar sin pausa.
Este poema te quiere a su lado,
porque su sombra no convida tu frescura
y porque sus letras nombran tu nombre.

Jonatan

Revista Voyager N° 9 - Diciembre 2005



Mil perdones


Aunque esto sea lo último,
aunque no quieras interpretarme
ya con entusiasmo,
con alegría,
y aunque sientas el máximo de los odios
hacia mí,
quiero pedirte mil perdones más.

No sirve de nada hablar y no actuar,
no sirve sentir y no ser,
o despiadadamente al revés,
y todo se vuelve oscuro
en esta noche que no recorrerá tu presencia,
y todo será más oscuro aún,
cuando en los días que me asustan
no estarán tus palabras
que eran fuerzas para continuar.

Y tan solo lo he decidido yo,
sin consultarte, sin consultarme,
he dejado de lado esas caricias tuyas
sin ninguna comprensión,
pues el viento a veces me da tantas vueltas que termino girando sin sentido ni ubicación.

Y aunque estés dolida con razón,
aunque pienses que mis confusiones
va más allá de los límites,
que todo el mundo y la primavera
se han incendiado de repente
y sin objeción,
entonces me despido dolorido
y mil perdones
serán mi consuelo en una noche interminable,
y más interminables los días que vendrán,
sin escuchar tu voz.

Esteban











Criaturas Nocturnas


Rodeado de calaveras en la noche de halloween, pisando máscaras ajenas voy abriéndome paso entre la multitud fervorosa que se agita al compás de una música hostil. Todos parecen sonreír, como si un payaso estuviera jugando con sus mentes. Indecentes pensamientos me surcan, tuerzo los ojos al ver dulces doncellas aparearse con reptiles de lenguas bífidas. Pero es noche de brujas, todo está permitido, la pócima surte su efecto en mí, me dejo llevar por el espasmo de los movimientos, adornando el momento, formando parte de un ritual pagano.
Algo rompe el encanto, dejándome al descubierto, mostrándome inseguro e insensato. Trato de volcarme al dialecto, siendo cortés, ubicado, pero torpes palabras pronuncian mis labios. Decido callar, dirigirme a algún jugador que entienda mis contradicciones y vuelvo a hablar, ahora con firmeza como un sabio en alta mar. Subo al bote y comienzo a remar. Lástima que resultó ser un pantano, que ya estaba seco.
Hoy luzco un buen disfraz apropiado para la situación, voy pálido, gélido, ojeroso. Con todo el look de un muerto recién resucitado, chocando mi cuerpo moribundo contra todos ellos que me sonríen, complacidos al verme. Seguramente se preguntaran si lucen infernalmente bien como yo, pero nunca les diré que sus caras aparentan haber salido de algún circo de feria berreta.
Llego a destino, amistades perdidas se encuentran nuevamente, palabras repetidas en alguna otra reunión se enuncian, provocando cada vez menos gracia. Igual nos miramos, compartimos el pasado que nos une nuevamente y para siempre. El grupo es cada vez más florido, nuevas máscaras se acercan tratando de hacerse amigas. Algunos se quitan el absurdo disfraz, lo dejan caer, viendo realmente seres humanos llenos de tristezas, deseos, esperanzas, alegrías.
Alguien me parece interesante, le presto realmente toda mi atención, me alejo del grupo para fusionarme a éste otro ser, comprenderlo, aunque sabiendo no poder hacerlo, el intento es legítimo y bien intencionado. Concluida la conexión verbal, me dirijo al lenguaje del cuerpo, donde estelas de placer estallan, salen chispas de nuestras lenguas como espadas recién afiladas, penetrando en lo más profundo del ser.

Algo se corta. Un cambio en la música, un cambio en el clima, algo esta pasando.
Cuando miro, veo que ya no está, pero eso no me preocupa, hay infinidad de realidades alrededor mío. Todas tienen algo para admirar, aunque a simple vista no lo parezca. Me quedo solo por un momento, sintiendo el calor que se concentra, húmedo, impuro, viciado. Sofocado salgo a la calle, algunos se me habían anticipado. Todo el mundo esta poblado de cuerpos en constante movimiento, parlantes, cabezas. Retazos de conversaciones se entremezclan con el rugir de los automotores que circulan. Un vehículo frena, sale una mano que hace una seña, inmediatamente me dirijo allí. Abro la puerta y me introduzco. Éramos cinco personas allí adentro, todas en silencio, mirando por las ventanas la realidad que pasaba a toda velocidad, el stereo retumbaba como el latir de todos nuestros corazones juntos, veloces y graves...pum...pum...pum.
La entrada al templo nocturno era inmensa, entregamos el vehículo a toda prisa, dirigiéndonos al infame santuario. En la puerta dos primates nos inspeccionaban con mirada de desconfianza. Hay que ignorarlos me dijo uno que estaba a mi lado, por supuesto yo no tenia otra idea en mente, para ver gorilas solo hace falta ir al zoológico, pensé. Aquí el asunto era otro, aunque no sabíamos bien cual.
Adentro los zombis se movían lentamente, sin dirección alguna. El espectáculo era absorbente, las mujeres parecían derretirse empapadas en sudor, como un helado de crema en verano a pleno sol, en cambio, yo me sentía fresco, liviano como una pluma, flotando a través de éstas dulzuras. Los hombres parecían tiesos mirando a esas chicas, mas con ganas de matarlas que de amarlas.
Me postré en la barra, pedí cualquier cosa para sostener en mi mano y sorber de cuando en cuando. Un cigarrillo da comienzo a una conversación, el juego está en la mesa, las piezas, son dos personas que se dedican pequeñas sonrisas, invitándose mutuamente. Juntos, de espaldas al delirio, mirándonos a los ojos, sin cruzar palabra alguna, porque la música lo decía todo, hasta la mañana donde la fiesta termino y el encanto se rompió.

Leandro O. Szilvay













Retrato

Cecilia llora
junto a la resplandeciente ventana del desván

las cavidades de su rostro
tanto como las cavidades de su alma
me obsesionan

afuera
el cielo
rosas amarillentas y espejos y huesos blancos
derramándose
sobre el escarpado horizonte de la ciudad

Cecilia no me mira
quizás le baste con recordarme
y odiarme

sus párpados se desmoronan lentamente
sobre las abultadas columnas de agua
deshaciéndolas 

Cecilia
esta tarde con aroma a tilo
se ha puesto para mí la máscara del llanto

la luz que convoca la ventana
aclara su sien
y las ondas de sus cabellos

siempre me pregunté cómo lloraría
no solloza como lo había imaginado
no solloza como yo
cuando lloro

tarde de angustia
                           silencio
                                        belleza

Gastón











Hay un niño en la calle

Don Armando era un paisano buenazo que había vivido toda su vida en campos que no eran suyos, pero que los había sentido como propios. Siempre había sido respetado por sus patrones, que veían su calidez y hombría de bien, para nombrarlo capataz general de la estancia. Hombre rudo para las tareas del campo, pero sus horas de descanso las usaba para cultivarse leyendo o escuchando buena música. Todo medio era bueno para enriquecer su espíritu. En cierta ocasión, leyendo a su “tocayo” Armando Tejada Gómez se le habían quedado pegadas estas tres frases:

A esta hora exactamente hay un niño en la calle

De nada vale, si hay un niño en la calle
El amor se ha perdido, si hay un niño en la calle.
Ellas  forman parte de un poema,  que se llama precisamente “Hay un niño en la calle”.
Todas estas lecturas  le agregaron a su  filosofía de vida, propia de la gente campera, ese sentimiento hacia la niñez desvalida y abandonada existente en todo el mundo. Las tardes de lectura, charlas y mates servidos por Marta, su compañera de toda la vida,  habían hecho de aquel hombre una especie de sabio, humilde y profundo, capaz de comprender las más complicadas conductas humanas.
Un día le dijo a su mujer, que lo seguía en todo lo que Don Armando emprendiera o dispusiese - “Martita” (así la nombraba) "Nos vamos para la ciudad, a visitar a los nietos” Y allá fueron Marta y Don Armando a Buenos Aires con toda la alegría del mundo.
 Llegaron a la Terminal de Retiro, después de un largo viaje desde el pueblo. Él que podía,  galopar días enteros sin cansarse, las ocho horas de ómnibus le parecieron interminables. Por fin el suplicio terminó cuando el abrazo con sus hijos y nietos le sacaron todo el cansancio acumulado.
Los días siguientes transcurrieron entre paseos y recorridas, por los lugares, que aunque recordados, estaban totalmente renovados por el paso de la “civilización”.
Pero a Don Armando había una cosa que le preocupaba mucho y eso era que   el paisaje de Buenos Aires, estaba plagado de chicos pidiendo una moneda o tratando de vender alguna baratija. Medio sucios y con “cara de pocos amigos” se desplazaban, día y noche por toda la ciudad, sintiéndola como propia, durmiendo en los pasillos o escaleras de los subtes, en las plazas y hasta en el umbral de algún local desocupado.
Estaba acostumbrado a ver a los hijos de los puesteros, que bien temprano a la mañana, ensillaban sus “petisos”. Se ponían sus guardapolvos  y al tranco corto, para hacer mas largo el camino, iban a la escuela muy contentos. A la tarde, después de almorzar, se ponían a hacer los deberes y luego se juntaban para jugar con muñecas y pelotas de trapo.
A estos chicos de la ciudad, se les  notaba la falta de algo, no se le acercaban francamente, era como si tuvieran miedo de ser agredidos. Percibía que el pedir una moneda, les costaba menos que pedir un poco de cariño. No lograba romper esa la barrera invisible que lo separaba de ellos. Estaba acostumbrado a actuar de otra manera con los hijos de Juan o Anselmo, los peones de la estancia.
 De repente se le vinieron encima los versos de Tejada Gómez y comprendió que la mayoría de los hombres y mujeres de las ciudades –que se dicen a sí mismo “muy ocupados”- son capaces de dar cosas materiales, para que las distribuyan otros. Que ha creado supuestas instituciones benéficas, para distribuir el dinero sobrante de sus abultados sueldos, justificando con esas acciones,  las “bondades” de sus helados corazones. Pero no son capaces de  ofrecer un minuto, de su valioso tiempo, para dar un poco de amor.
Cuando volvía en el ómnibus, rumbo a la estancia, pensaba en los niños de Juan, Anselmo y de todos los puesteros, que a pesar de todas sus falencias eran inmensamente felices. Pero  Don Armando seguirá pensando que el corazón de los hombres de las ciudades se  debe entibiar, y deben aprender a poner las acciones donde corresponde, antes de que sea demasiado tarde, porque cuando esos niños dejen de serlo, las lágrimas derramadas no serán suficientes para lavar la sangre de las calles de Buenos Aires.

Mario Cano













          Slade

Peligro en el bosque


Ya se acordarán de Slade, el hechicero, el mismo hombre que mató una gárgola y conjuró el Serpenta metí y se atrevió  a sufrir sus consecuencias.
Resulta que,  María, su jefa, le dio una misión nueva: vencer al Lechi, el duende místico del bosque.
El Lechi, el espíritu del bosque, es prácticamente verde y azul, no tiene sombra y usa los zapatos al revés.
Esta vez, Slade  tuvo que ir a Elk, donde se hospedó en Greta, una posada famosa por su  hospitalidad y su adicción a los gatos.
-          Señor posadero, sírvame unos cuantos vasos de ron verde de Santa María.- Dijo Slade.
-          ¿Unos cuantos qué?- preguntó  el posadero.- Sólo supe de él en libros de Blade el Negro.
-          ¡Adivina quien soy!- Dijo Slade con voz irónica.
-          ¡O, cielos, supongo que esta vez usted vino para matar al Lechi!- Le dijo el posadero- Si es así, solo le diré una cosa, antes de entrar al bosque, póngase los zapatos al revés y cambie la hora de su reloj a las 6:00 pm, o bien puede romper su reloj.
Slade (pensando que el posadero estaba loco) se adentró en el bosque sin modificar su atuendo. Luego de unos cuantos minutos, Slade decidió utilizar su brújula para orientarse en el bosque, pero esta había desaparecido.
Desesperado, Slade intentó hacer una brújula con un palo y una piedra (Además del conjuro gigitfili) pero no lo lograba, algo se lo impedía.
De repente, una voz conocida resonó, era la voz de Nylon Mohan.
-          Snape morpea fallecius centauro ¡Finish! ¡Finish! ¡Finish!.- Resonaba la voz una y otra vez.
-          No, no, Nylon está muerto, la gárgola lo mató, no, yo lo maté, la gárgola me mató a mi, y Nylon mató a la gárgola.- Se dijo Slade, poseído por la locura.
Entonces, Slade  comenzó a correr como un loco, corrió y corrió hasta que una raíz que sobresalía del suelo lo hizo caer de bruces contra el suelo.
La caída fue tan dura que el reloj que Slade se hizo añicos contra la tibieza del suelo.
Aun así, Slade siguió corriendo, de repente, dos rocas aparecieron de la nada y engancharon los Zapatos de Slade, quien salió catapultado hacia el suelo, desmayándose por la potencia de la caída. Cuando despertó, la locura desapareció y apareció la esperanza, surgiendo como por arte de magia, la voz de Nylon se esfumó y, en lugar de ello, la voz del posadero hizo eco en su mente.
- “póngase los zapatos al revés”- Decía la voz del hombre.
Slade comenzó a mover con esperanza la hierba, creyendo que encontraría sus zapatos.
Efectivamente, en medio se la hierva, los dos zapatos estaban enganchados en dos rocas en forma de peñasco.
-          Bien, al Lechi se lo regalo a otro mago loco.- Se dijo Slade mientras se ponía los zapatos al revés.
A propósito, uno de los miles efectos del Serpenta mentí es la cobardía, una cobardía que, en muchos casos, puede salvarte la vida.

Nahuel Melis
10 años














El conocimiento prodigo


y cuando el sol sufrió
partiéndose en mil pedazos
el niño ya había comprendido
la Soledad y el Dolor de las estrellas

Sebastián Humberto






 

Creación

Quise inventar algo,
nunca había intentado siquiera hacerlo;
recorrí mi mente con suave brío.
Algo loco, liviano, transparente debía ser.

El suelo sonó como una gota rompiéndose,
como la saliva que se hace gota en tu boca,
como tus besos que se pegan a mi piel,
como mi cuerpo dividido en dos cuando nos amamos.

Nació lo impensado tantas veces planificado:
los sueños entraron y contagiaron.

Entonces te inventé preciosa;
llena de defectos y amor, sino es lo mismo.
Me desarme para armarnos
y te inventé
                  para amarnos.

Jonatan













Un gato


Allí está el gato posado en la pared del vecino estúpido.La tarde lo registra en número infinito.  No se atreve a mirarme; (porque está de espalda a mí), pues, yo sí lo miro detenidamente. Arroja un estornudo y sigue observando un eucalipto enorme enfrente de el. Posiblemente se pondrá en cuatro patas y lamerá sus afelpadas patas para el rito. Pero no: sigue en su pose perfecta sin mirarme; hago señales para atraer su atención; le tiro  una piedra y le erro. Me pregunto por qué sigo mirándolo. Creo que ya estoy involucrado desde que lo miré por primera vez en calidad de espectador; entonces mis aspiraciones sólo se deben a ese gato: a su pellejo, a sus uñas, a sus ojos, a su mirar de tigres y jardines.

Ahora se erige increiblemente. Voltea su cara y mira que estoy mirándolo también. Nos observamos largamente conociéndonos, interpretamos que somos la misma fábula eterna de un gato en busca de un ratón.

Cristian Navarro